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Crítica:

Historia de Carmen

Un repaso al periodo de la transición a través de la voz de Carmen Díez de Rivera, jefa de gabinete de Adolfo Suárez. Nuevas claves e hipótesis sobre ese momento histórico.

Historia de Carmen, memorias de Carmen Díez de Rivera (Planeta Singular) es un libro estupendo. Se lee desde distintos ángulos, como una novela de no ficción, como un documento memorialista de gran densidad emotiva y también como una heterodoxa acta notarial extendida sobre el momento clave de la transición democrática, el que culminó con las primeras elecciones hace ahora 25 años.

Está ágilmente escrito a cuatro manos por su legataria y la periodista Ana Romero (a retener su primer libro de notables entrevistas, Retratos del XXI, Temas de Debate), con materiales de distinto gramaje e interés: anotaciones del propio diario de quien fuera influyente jefa de gabinete de Adolfo Suárez en el decisivo periodo que va de julio de 1976 a mayo de 1977, sus conversaciones con la periodista y testimonios de distintos protagonistas de la época. Romero organiza el texto con delicadeza y la tensión narrativa propia del mejor periodismo. Cuaja buena mayonesa de los distintos ingredientes disponibles. Escribe como se debe, con la mano fría y la sangre caliente. Sólo un 'pero': aplica desigualmente el principio del contraste de fuentes -en unos casos extrema el rigor, como con el médico que atendió a Carmen en su último tramo; en otros, lo olvida, como sucede con parlamentarios y periodistas-, imperativo que es sagrado especialmente cuando se demole al aludido y cuando ella misma confiesa: 'Hoy creo que posiblemente tampoco la historia que nos cuenta Carmen sea del todo ajustada'.

HISTORIA DE CARMEN: MEMORIAS DE CARMEN DÍEZ DE RIVERA

Ana Romero. Planeta. Barcelona, 2002 288 páginas. 19 euros

Carmen Díez de Rivera fue un personaje apasionante y apasionado. De alta cuna y altos puestos, se alineó con los excluidos. Amiga de los príncipes y luego reyes, defendió ante ellos -y ante su jefe directo, cuando aún no había culminado su transformación liberal-, y con abundante descaro, sus ideas democráticas. Poseedora de una lengua venenosa y un corazón grande, su vida íntima se torció para siempre al anunciar su matrimonio y enterarse de súbito que su amor era hijo de su propio padre biológico, el 'cuñadísimo' de Franco, Ramón Serrano Súñer. Cooperante en África 'avant la lettre', fue acusada de espía, agente marxista, masona y promiscua por los jenízaros de la España franquista que entraba en quiebra. Siempre comprometida (con el grupo de Ridruejo, el PSP de Tierno, el CDS de Suárez y al cabo el PSOE y el ecologismo), hizo gala sistemática de una independencia iconoclasta, ese fastidio de todo organismo disciplinado. Murió, seguramente por error, de un cáncer recidivado, y hasta el último instante pugnó por ser digna. Fue 'una gran mujer con una vida triste', como relata una de las personas que testifican en el libro. Una vida de novela.

Para los interesados en la historia reciente, sin embargo, el ángulo y los episodios más sugerentes serán los políticos. El texto documenta el caos, la penuria y casi el rancio olor de las siniestras oficinas de la transición, en Castellana, 3: las fotocopias que sólo funcionaban por la mañana, la escasez de funcionarios, el espionaje a que les sometían, la desfachatez de los guardias que encañonaban al sospechoso -aunque fuera la jefa de gabinete del presidente- a la menor de cambio...

Más allá de esta mirada tecnicolor, lo sustancial es el abrumador detalle con que se documenta la tesis de que la transición no fue 'un proceso fluido con la Constitución como meta', un tópico en boga. Fue un trayecto confuso en que la ciudadanía presionaba a los patrocinadores de una reforma muy lenta (Juan Carlos, Suárez), atrapados entre su propio pasado, el miedo al Ejército y las consejas de gente tan indeseable como Henry Kissinger. Carmen tejió puentes entre los palacios y la calle; llevó las voces de ésta a los despachos de aquéllos. Y sobre todo, se mojó hasta el cuello y la dimisión defendiendo la necesidad de legalizar también a los comunistas, la piedra de toque de aquel cambio democrático. El anecdotario con que se despliega ese hilo conductor es riquísimo. Absorberá la atención de curiosos y aficionados e interesará a historiadores y políticos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de julio de 2002

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