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Reportaje:Mundial 2002 | Brasil se corona por quinta vez

Brasil celebra el 'sueño imposible'

Miles de personas se lanzan a las calles del país tras una noche en vela y un amanecer glorioso

En Japón, en el autobús que le llevaba de regreso al hotel, debidamente sacramentado campeón mundial, Ronaldo se confesó cansado. 'Todavía no me he dado cuenta de lo que pasó', dijo el fenómeno. Todo Brasil lo vio, en una transmisión en directo por la tele. Y, de una manera rara, lo entendió: el país estaba paralizado por la euforia, mientras en Japón, Juninho cantaba sin talento, Rivaldo hacía como si dormiese, Ronaldinho insistía en demostrar dotes musicales que nadie descubrió. El pentacampeonato era una realidad, un sueño palpable, real, confirmado.

Había una mezcla de cansancio y euforia en aquel autobús, en una atmósfera muy similar a la que se registraba en Brasil: multitudes en las calles cantando y vibrando, luego de una noche mal dormida y de un amanecer tenso, nervioso. Todos un poco mareados por lo que vieron, rotos por el esfuerzo de creer.

La primera voz que oyó el presidente Cardoso al otro lado del teléfono fue la del rey Juan Carlos

Pero en el alma de cada uno, tanto de los que estaban en Japón como de los que se derramaban por las calles de todas las ciudades de Brasil, una certeza: campeones una vez más. Los fuegos artificiales estallaban sin cesar celebrando con alegría el alegre juego de los brasileños al otro lado del mundo.

Este domingo ha sido, más que cualquier otro, un día especial: 170 millones de brasileños cansados (acompañar un Mundial exige concentración a horas muy raras) han pasado la jornada comemorando la conquista. A media tarde, había de todo un poco: una multitud reunida en el Pelourinho, en Salvador de Bahía, otra entre Copacabana e Ipanema, en Río de Janeiro, otra en la normalmente burocrática Avenida Paulista, en São Paulo. El país celebraba lo que hasta hace dos meses era considerado imposible: el triunfo en el Mundial.

Se mirase por donde se mirase, en Brasil había gente que había trasnochado -muchos pasaron en vela la noche del sábado, fiesta de San Pedro, al domingo- celebrando lo que en un principio se consideraba intangible, pero que a partir del partido y el juego contra Inglaterra se tornó obsesión.

Hubo perdón para todos, incluido Luis Felipe Scolari, el discutido entrenador. Para una defensa en la que nadie creía, para un medio del campo inexistente. Y principalmente hubo gloria para Ronaldo, el que volvió de las cenizas, para Roberto Carlos, Cafú y el hasta ahora oscuro Kleberson, además de Rivaldo y Ronaldinho. El arquero Marcos se consagró como una especie de símbolo de resistencia y de fortuna.

En un año de Mundial, nada concentra más atenciones que la selección, el esquema del entrenador, el estado físico de uno o de otro jugador. Y cuando el torneo empieza, el país se para y se concentra. Este año, hubo una novedad: la mala racha que se pasó desde las eliminatorias hasta la llegada al Mundial ha sido fuente de desánimo.

A partir del partido frente a Inglaterra, el país cambió. Claro está que la economía entró en un remolino, que la moneda, el real, se desplomó frente al dólar, que la campaña electoral cobró importancia. Pero no hubo nada, ni nadie, capaz de disminuir la tensión motivada por lo que hacían, al otro lado del mundo, los integrantes de la selección brasileña.

Al final de la tarde de ayer, una riada de muchachos y muchachas invadían las playas, todos cansados, todos tensos, todos emocionados. Porque, al fin y al cabo, ganar un Mundial por quinta vez cansa a cualquiera. Mientras, el presidente de Brasil recibía la primera de las múltiples felicitaciones que le llegaron. Al otro lado del teléfono, la voz escuchada era la de Don Juan Carlos, el rey de España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 2002