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COLUMNA

Un vendaval de la inventiva

Siguen sonando, por mucho que el oído de algún purista se vuelva repentinamente sordo ante ellos, los lejanos ecos fundacionales de una antigua llamada del movimiento del free cinema británico, procedente nada menos que de 1964, que anuncia casi todo lo esencial de lo más rico, inteligente y con más brillante barniz de originalidad del juego, o interacción, entre las imágenes y las músicas que se enlazan, conjugan y funden en el videoclip musical, esas desmelenadas, frenéticas y livianas pirotecnias visuales tan en boga ahora y con tantos aires de punta de vanguardia de la evolución del lenguaje de la pantalla.

Es posible encontrar, ciertamente, sobre todo en la escuela neoyorquina, algunos pequeños diamantes de la inventiva tallados con la lógica de este modelo sintético de composición, con expresividad de raíz intuitiva, a veces arbitraria, pero con frecuencia dotada de eficacia sensorial y de instinto para el montaje y la conexión en choque de imágenes inconexas e incluso dispares. Pero, si se mira hacia atrás, hacia los ecos persistentes de aquella lejana llamada de un rincón del free cinema, casi todo lo que de audacia y de singularidad en la destilación del lenguaje visual nos ofrecen las concisas joyas del clip musical de ahora ya estaba, unas veces larvado y otras en el borde de la plenitud, dentro de la loca y maga secuencia de ¡Qué noche la de aquel día!.

Hay en este vivísimo filme, todavía sorprendente después de su casi medio siglo, un veloz giro sin vuelta atrás del cine europeo moderno. Es en lo esencial, aunque hay quien ve dentro de él un afilado susurro de John Lennon a su oído, obra del calvo y larguirucho Richard Lester, músico y psicólogo de Filadelfia instalado en Londres desde 1956 y volcado en un largo y paciente aprendizaje de su oficio en los laboratorios de las alquimias miniaturescas de los pioneros europeos del cine publicitario evolucionado. Y algo, al menos una gota, de su soltura dentro de las apreturas del spot se mueve en el entrelineado de las imágenes de ¡Qué noche la de aquel día! y sus ocultos engarces.

En este vendaval de transgresiones de la ortodoxia escénica, Lester volvió del revés como un saco la sintaxis y la convención de la puesta en pantalla tradicionales y, en un rapto de temeridad, llevó al paroxismo algunas de las audacias mayores de la agitación de formas y de tiempos aportados unos años antes por la pasión innovadora de la nouvelle vague francesa. Instaló Lester dentro de la imagen, en la médula de su secuencia, el poderoso flujo de la música de The Beatles, que no es una banda sonora, una música adosada a la imagen, sino el lado sonoro de una pantalla atrapada e inundada por la dinámica interior de esa música. Si Prokófiev compuso la partitura de Alexandr Nevski viendo la imagen rodada por Eisenstein, Lester invirtió la ecuación y filmó y, sobre todo, montó ¡Qué noche la de aquel día! oyendo las músicas grabadas de The Beatles.

Claudio Guerín escribió en la revista Nuestro Cine, en noviembre de 1964, a raíz del estreno en Madrid de ¡Qué noche la de aquel día!, un insuperable ensayo, en el que se dejó arrastrar por la elocuencia de Richard Lester y extrajo, con gracia y luz - del hilo de su manejo del montaje documental combinado con el montaje surreal, onírico, soñado o cantado- la evidencia de que el filme era un punto sin retorno en el manejo libre, libérrimo, del espacio escénico. Y hoy, la fértil película sobrevive dentro de incontables otras, fundida en centenas de filmes y de clips musicales que sacian de ella su sed de originalidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de diciembre de 2001