Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

El Prado

Con la dimisión de Fernando Checa son ya ocho los directores del Museo del Prado consumidos en los últimos 25 años. Algo no funciona en la gestión de nuestro museo más representativo cuando la permanencia media de sus directores es de apenas tres años. En los 75 anteriores del siglo XX, la media de permanencia en el cargo fue de casi una década, periodo más adecuado para desplegar un programa coherente.

Se está pagando que los responsables políticos españoles no reaccionaran adecuadamente cuando, durante los años sesenta del pasado siglo, se inició el cambio internacional de los museos en función de su uso social masivo, y que tampoco lo hicieran, a partir de los ochenta, cuando se replanteó la ampliación y remodelación arquitectónicas de la mayoría de ellos. Ante semejante falta de visión se han producido las prisas de última hora y el correspondiente arbitrismo más irreflexivo. En este sentido, son tantos los avatares recientes en relación a los planes del Museo del Prado que resulta difícil siquiera enumerarlos, además de que afectan a todas las dimensiones de la entidad: ampliación, redefinición administrativa, financiación.

Este confuso panorama alimenta la impresión de que el baile de los directores del museo se parece, desdichadamente, al de los entrenadores de fútbol: se han convertido en chivos expiatorios de la ausencia de unos criterios rectores. A estas alturas, ni el accidentado y polémico plan de ampliación física del museo ni el recientemente retirado diseño administrativo han logrado calmar la justificada ansiedad de los expertos y de la opinión pública.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de noviembre de 2001