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Hambre en Centroamérica

La hambruna provocada por la persistente sequía de este verano en Centroamérica está alcanzando ya proporciones de catástrofe humana. Las organizaciones humanitarias que trabajan en la región han advertido de que Guatemala, Nicaragua, Honduras y El Salvador están sufriendo pérdidas y daños comparables ya a los provocados por el huracán Mitch. A diferencia de lo sucedido tras aquella tragedia, la comunidad internacional se mantiene todavía relativamente indiferente ante esta nueva oleada de desolación y la amenaza de muerte que se cierne sobre un millón y medio de campesinos y braceros. El número de víctimas mortales no alcanza todavía las dimensiones aterradoras para llenar con facilidad los titulares de los grandes medios, pero el hecho de que cerca de medio centenar de personas hayan perdido ya la vida por hambre en Guatemala y de que las calles se estén llenando de cuerpos famélicos debe ser un motivo de alarma y de reflexión en una región en la que hasta hace poco se dirimían grandes intereses estratégicos.

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Centroamérica fue en los años ochenta escenario de dictaduras y guerrillas. Estados Unidos la convirtió en centro vital de preocupación y la abandonó después cuando la sombra del comunismo o de la influencia castrista dejó de ser un problema para Washington. Desde entonces, todos los países de la región han conseguido, con mayor o menor esfuerzo, dotarse de estructuras democráticas y se ha acabado la persecución por razones políticas. Desgraciadamente, ese progreso no se ha visto acompasado de reformas similares para favorecer la justicia social y garantizar sistemas de convivencia con una mínima igualdad de oportunidades. La corrupción campa a sus anchas prácticamente en todos los países del área. El auge del liberalismo económico permitió en los años noventa la creación de algunas fortunas y sirvió para superoponer un cierto maquillaje de prosperidad que ahora se ha demostrado falso. Los viejos grupos de poder rivales vuelven a disputarse el control de las instituciones, y la población, ajena a esa disputa y con escasa esperanza, anda buscando alternativas aquí y allá en bruscos giros electorales. Pero ha bastado una sequía inesperada y una dramática caída del precio del café para que el hambre asome con más crudeza que nunca. Frente a ello, los Gobiernos se declaran impotentes, y a los pobres sólo les queda confiar en un nuevo acto de generosidad internacional. Sólo eso, generosidad. Porque Centroamérica no puede ofrecer a cambio ni un atractivo mercado en el que invertir ni, como ocurría antaño, una estratégica posición que dominar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0008, 08 de septiembre de 2001.

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