54º FESTIVAL DE CANNES

Oliveira, Moretti y Rivette son los favoritos para ganar hoy la Palma de Oro

Cierra la competición el veterano japonés Imamura con otra de sus maravillosas rarezas

Hay razones para ver en Agua tibia bajo un puente rojo rasgos de esa fortísima singularidad que emana de las obras maestras del cine. Quizás hay algún apresuramiento en alguna escena de la zona previa al desenlace -que, como siempre en el cine de Imamura, es mágico, inefable e imprevisible-, pero no sería ésta una cojera lo bastante pronunciada para declarar lisiada y menos aún inválida a una película que despliega muchas complejidades con una sencillez y una ligereza asombrosas; y que mueve su secuencia con tanta soltura y dominio del juego entre la pausa y la aceleración que dan ganas de pedir al anciano Imamura que dé a la gente de corta edad de su oficio las claves de acceso al misterio de la agilidad conceptual y de la inventiva rítimica, que él posee a su edad en estado de asombrosa gracia.

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Narra Imamura, como hacía en La anguila y en la prodigiosa Doctor Akagi -que sigue siendo su más perfecta obra-, una historia surreal de amor loco, absolutamente fuera de norma, un amor libre y adornado con una metáfora desconcertante, con sabor a leyenda, a un remoto mito de ahora mismo. Es el mito de la mujer fuente, cuya matriz se llena de agua purísima y, cuando hace el amor, la derrama, la vierte sobre la tierra y limpia a ésta, dando tibieza a los ríos contaminados, que así multiplican sus peces. La incorporación por Imamura de esta remota leyenda de fecundidad y fertilidad a la vida cotidiana de una pequeña ciudad pesquera del Japón de ahora es un prodigio fílmico, una hazaña que sólo pueden alcanzar los artistócratas de su oficio, como este heredero directo del inalcanzable John Ford.

Sin embargo, no es presumible que Imamura se lleve, aunque la merezca, la Palma de Oro. Ya tiene dos en su casa, las que ganó con La balada de Narayama y La anguila, y esto parece aquí más que bastante. Manoel de Oliveira, que sigue haciendo cine a los 94 años, todavía no tiene ninguna, y este año la merece tanto como Imamura, pues en su memorable Vuelvo a casa hay también rasgos de obra maestra, que emergen enérgicamente y se hacen más evidentes si cabe gracias al formidable trabajo interpretativo de Michel Piccoli. Piccoli aspira al premio de interprestación, con el permiso de Jack Nicholson, que está también insuperable en The pledge, dirigido por Sean Penn.

En los paneles de las puntuaciones de los críticos cinematográficos, el filme de Piccoli y Oliveira alcanza la más alta calificación de todos en las revistas Première y Moving Pictures, quedando equilibrado con otras en la página de puntuaciones de Synopsis y siendo sobrepasado por La habitación del hijo en los paneles del Screen International y de Le film française, donde la película de Nanni Moretti alcanza una holgada mayoría.

La casi unanimidad con que los críticos franceses califican a La habitación del hijo como obra maestra convierte obviamente al filme de Moretti en el principal candidato a la Palma de Oro. La presión ambiental que ejerce aquí ver tanta unanimidad en un gremio de gente dispar, cuyos miembros suelen andar a la greña cuando se trata de valorar el cine no francés -aunque luego se pongan de acuerdo a la hora de barrer hacia dentro-, es muy evidente. Si se añade a esto que La habitación del hijo tiene un fuerte gancho sentimental y es un filme que se ve y se llora muy bien, aunque lance anzuelos melodramáticos en los que es fácil picar, la conclusión se ve venir por sí sola.

Pero siempre flotan incertidumbres ante las decisiones de los jurados, que tienen un lado imprevisible. Y esto puede favorecer a la magnífica Va savoir, una maravillosa comedia situada, sin atravesarla nunca, en la frontera de la tragedia; es esta hermosa película obra de otro eminente veterano, el francés Jacques Rivette, que reanuda casi una década después de la plenitud que inició con La bella mentirosa.

Suena también el filme iraní Kandaha, del gran Mohsen Makhmalbaf; y El barbero, obra brillantísima pero sin alma de Joel Coen; y Tierra de nadie, desgarrada y brutal comedia antibelicista bosnia; y suena el estruendoso engendro Moulin Rouge, que cuenta con evidentes padrinos en el jurado. Y se quedan sin sitio las magníficas Elogio del amo, de Jean-Luc Godard, y La pianista, que puede ser para Isabelle Huppert, que actúa con auténtica genialidad, la gran ocasión para repetir su triunfo de hace 24 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 19 de mayo de 2001.

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