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Tribuna:

La escuela, el gato y la liebre

La creciente afluencia migratoria pone a los docentes, casi exclusivamente los de la escuela pública, en primera línea de un combate moral y práctico para el que apenas disponemos de un bagaje conceptual fiable. De modo que no es raro que esta diversidad sobrevenida, emergente babelia que irrumpe como riqueza y como miseria a un tiempo, inocule algún malestar entre los docentes. La llamada 'atención a la diversidad' es una pauta pedagógica inventada para tratar de dar hospitalidad escolar a la avalancha de diferentes que arriban a nuestras playas, pecios de un hundimiento anunciado. Su objetivo educativo es sencillo: dar más a quien menos tiene. Discriminación positiva se llama también, y nos da una idea aproximada de la admirable desmesura de toda educación que, incluso después de Auschwitz, se pretende humana. Acogida y hospitalidad para que la diferencia, sea cual sea su origen, no cristalice en desigualdad, en discriminación, en marginación. En una aldea desigual, algunos educadores creen que aún es posible alzar un refugio civil contra tanta infamia e ignorancia. Un lugar en el que la diferencia pueda expresarse como riqueza, fertilidad y gozo. Escuela pública era -todavía quiere ser- el nombre que le dimos el siglo pasado a ese sueño laico, racionalista y democrático.

De modo que parece abusivo amén de injusto añadir a la larga lista de pecados con que últimamente se lapida la escuela pública el de practicar un furtivo racismo cultural, aunque sea por omisión. Y eso es lo que sugiere el antropólogo Manuel Delgado en un reciente artículo (Diferencia y desigualdad en la escuela, EL PAÍS, 9 de abril), en el que se propone desenmascarar 'el empleo eufemístico que reciben términos como multiculturalismo, diversidad cultural, etcétera'. Con una finta verbal dicta sentencia: la escuela reproduce y segrega. Nada que objetar a la exigencia de Delgado de denunciar el fetichismo terminológico, tan propio de la frívola epidemia de corrección política; y es muy conveniente precisar el alcance de los términos que usamos, porque hay palabras que las carga el diablo. También la escuela, para narrarse a sí misma y a sus actores, adopta a veces términos de dudosa procedencia. Es pues enteramente razonable detenerse a la orilla del camino, como hace Delgado, a dar el alto a las palabras y a exigirles la documentación: de dónde vienen y qué traen en su interior. Pero esa meritoria exigencia de identificación teórica no garantiza que quien la proclama quede, sin más, exento de aplicarla a sus razonamientos y juicios.

Hay en ese artículo, inteligente y sin duda de un conveniente ánimo polémico, un severo uso del artefacto sociológico de la reproducción cultural, variedad académica y afrancesada del viejo determinismo socioeconómico. Según este prestigioso prejuicio nada ni nadie puede escapar a las poderosas inercias clasistas de las instituciones, puesto que su función real es tanto más inevitable cuanto que es invisible. El origen social se convierte en una suerte de pecado original que adquiere y reproduce su ontológica condición de destino fatal, valga la redundancia. El pobre será siempre pobre, y rico el rico. Así que, cándidos docentes, la escuela no es, no puede ser, democrática porque se las tiene que ver con la desigualdad social, la injusticia y la discriminación. Pero hay más.

El artículo de Manuel Delgado confirma algo que merece ser destacado, puesto que últimamente está adquiriendo estatuto de verdad mediática: la escuela pública se hunde. La obligatoriedad escolar es un interesado velo que encubre una función perversa: reproducir y sancionar pedagógicamente las desigualdades socialmente existentes. Una maquinaria oculta que hace de la cultura una fábrica de estigmas, etiquetado y expulsión de los diferentes. La normalidad sólo es accesible a los normales. El diferente es un delincuente. Así la escuela hace pasar por sabrosa liebre democrática lo que es vulgar gato del segregacionismo clasista, eso sí aderezado con las tiernas patatas de la filantropía. Algo hay sin duda de trampa y cartón en la escuela capitalista, para qué vamos a engañarnos. Pero de ahí a condenar la escuela in toto supone parcialidad manifiesta además de una sentencia injusta. Se ignora que la mayoría de los docentes conocen de sobra el origen efectivo de esa otra diversidad, conviven con ella y muchos se comprometen, con más lucidez de la imaginable en la academia, a combatirla. Otra cosa es alertar que, al calor de la posmodernidad, se está pudriendo el propio concepto burgués de sujeto. Es verdad sin embargo que la trama conceptual de la llamada 'educación compensatoria' es débil y ofrece un bocado fácil para tanto sociólogo hambriento como hay (como sociólogo hambriento, bien sé lo que me digo). Delgado señala acertadamente la precariedad conceptual de algunas expresiones y su resbalosa polisemia, pero deja en la oscuridad el análisis de la diversidad de prácticas educativas que de ellas se derivan. Y eso también es caer en fetichismo conceptual y denota una cansada desgana por verificar hipótesis.

Y así es paradójicamente lo más visible, la acción humana reflexiva, aquello que el sabio no ve, dejando por registrar como significativos los compromisos de muchos docentes insumisos que, desoyendo las inercias institucionales, tratan de enfrentarse a una realidad cruda y brutalmente segregadora. Los habitantes de la escuela pueden negarse a engrasar los ejes de esa máquina institucional, y tratar de convertirla en un lugar sin duda conflictivo pero vivo, palpitante, en donde renace cada día la probabilidad de un fecundo intercambio entre conciencias radicalmente peculiares, sustancialmente iguales. Lugar de fertilidad, de civilidad; también de rabia y abandono. Todo eso quiere ser todavía la escuela democrática en manos de profesionales dotados de inteligencia, pasión y albedrío. No todos, pero basta con pocos en tiempo de desconciertos. La escuela no es esa nave sin rumbo gobernada por un capitán maquiavélico, ni los docentes son esos remeros ciegos encadenados al sotabanco de popa. Por ello, las observaciones críticas de Delgado sobre la educación en la diversidad pierden legitimidad al vararse en la playa teórica, allí donde entregan su espuma inútil las palabras y donde mueren los conceptos boqueando fuera del agua.

Fabricio Caivano, periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de abril de 2001