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Editorial:

Libro abierto

Siete meses después de la lectura completa del genoma humano -el orden exacto de los 3.000 millones de bases o letras químicas que cada persona hereda de sus padres, y que contienen las instrucciones básicas para construir un ser humano a partir de un simple óvulo fecundado-, los científicos han culminado el siguiente paso en la comprensión de esa mareante cantidad de información: la identificación de los genes, o unidades básicas de sentido, en ese inmenso texto escrito en el críptico lenguaje del ADN. El resultado ha sido una sorpresa científica, pero al mismo tiempo ha puesto a tiro de piedra las primeras aplicaciones clínicas de lo que sin duda alguna constituirá la gran revolución de la medicina en las próximas décadas.

Nuestra especie tiene que conformarse con 30.000 genes, una cifra inesperadamente baja, cuando el más modesto de los gusanos tiene 19.000 genes. Con sólo un tercio más de genes, el embrión humano en desarrollo tiene que construir un cerebro 300 millones de veces más complejo que el del gusano. Nuestra singularidad como especie está en los genes -no otra cosa distingue el óvulo humano del de una rata-, pero es obvio que a la ciencia genética aún le queda mucho trabajo por hacer para lograr explicaciones completas.

El genoma humano se ha revelado también como un gran derrochador de espacio. El 95% del genoma parecen textos absurdos, a veces ruinas de antiguos genes de virus, largos tramos de ADN que parecen haberse acumulado allí sólo porque no estorban demasiado. Estas paradojas mantendrán ocupados durante décadas a los investigadores básicos. Pero la medicina no tendrá que esperar tanto. Las técnicas necesarias para examinar de un golpe la totalidad de los genes de un individuo están ya listas y las aplicaciones de esta metodología -independientemente de cuánto tarden en ofrecerse a los ciudadanos- son potencialmente inmediatas.

El análisis del genoma merece dos reflexiones sociopolíticas. La primera es que las técnicas genómicas van a permitir muy pronto un conocimiento detallado de los riesgos sanitarios de cada persona, y que esos datos se prestan a un evidente abuso por parte de las aseguradoras. Los Gobiernos deben impulsar la legislación necesaria para evitar una personalización de las primas de seguros que acabe con el reparto equitativo del riesgo, y lo deben hacer cuanto antes. La segunda es que la cascada de medidas políticas sobre privacidad y sanidad que las técnicas genómicas están a punto de provocar no deben quedar en manos de los pocos expertos capaces de entender la ciencia que subyace en ellas. La alfabetización científica de los ciudadanos debe pasar a ser parte de los fundamentos democráticos para que ellos mismos puedan tomar las decisiones que les pertenecen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de febrero de 2001