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Tribuna:

Un palestino

Un amigo me regala un libro y escribe en la carta que lo acompaña: "Parece publicado ahora como para recordarnos que, pese a no disponer de un Estado justo, Palestina es un pueblo como los demás: con sus panaderos, sus poetas y sus intelectuales, cosa que se olvida con demasiada frecuencia".Nunca he estado en Palestina. Conozco mal la geografía de esa tierra de huertos y montes sagrados donde los profetas de las religiones tienen sus tumbas veneradas entre odios igual de antiguos que la fe. De pequeño estudié algo la historia de quienes la poblaron, raramente sin lucha, y recuerdo mi corazón dividido desde la Guerra de los Seis Días hasta las primeras escaramuzas de la intifada; los judíos, un pueblo que admiro tanto por su cultura como por su tragedia, tienen derechos morales y geopolíticos, pero el desplazado muchacho palestino que lanza piedras con una onda de tela a los blindados israelíes es una verdad superior a la retórica de las cumbres de alto nivel. Quiero estar del lado del que lo tiene peor, evitando las trampas maniqueas. No hay artículo o reportaje sobre esta última fase de la contienda en Oriente Próximo que no lea, pregunta que no haga a los que creo mejor informados que yo; qué difícil resulta pensar libremente, ser ecuánime, no caer en lo sentimental. Y de repente, cuando la realidad se empeña en oscurecerse, los telediarios sólo presentan imágenes de resentimiento, y mi cabeza trata de no ir por detrás de mi corazón, llega el libro enviado por el amigo.

No soy un iluso del poder curativo de la palabra poética. El mejor arte abre puertas a la incertidumbre y la incomodidad, por lo que habitualmente desconfío del escritor que pone paños calientes al frío de mis dudas. Pero acabo de leer, mientras los hombres matan con saña a los hombres en la franja de Gaza y sus líderes negocian bajo el cetro imperial de los Estados Unidos, El fénix mortal, de Mahmud Darwix (Poesía / Cátedra, Madrid, 2000), y -más allá de las geografías, las razones políticas y los agravios inmemoriales- he comprendido mejor la palabra exilio, he visto caras de combatientes sin odio, he oído las voces de los que nuncan hablan en la historia.

Me entero por el texto de presentación de su excelente traductora, Luz Gómez, que Darwix, un poeta hasta hoy desconocido para mí, fue comunista clandestino, miembro de la cúpula rectora de la OLP, y que su poesía primera se hizo desde las trincheras. Lo que este deslumbrante libro ofrece es al contrario, una poesía sin banderías ni consignas, por mucho que la materia de la que surja sea la división, la memoria doliente de lo perdido, el deseo de regresar y pertenecer, de ser algo más que una lengua deshabitada.

Por los poemas de El fénix mortal pasan los forasteros y los desposeídos, los paisajes estériles de la chumbera y el pozo seco, los recuerdos del origen, las frases de aliento que una madre le da a su hijo lejano: "Vuelve / cuando en el país quepa tu país". Y en medio de un riquísimo tejido de alusiones bíblicas y coránicas, mitológicas, el fantasma de la difícil identidad. "¿Quién soy?", se pregunta Darwix en uno de los mejores poemas del libro; "Soy mi lengua", "Soy lo que dijeron las palabras". Parece poco, quizá sea mucho. No hay ni un solo verso en El fénix mortal que huela a panfleto o activismo. Por eso estoy seguro de que cualquier lector no-militante ciego de una u otra causa sabrá entender y amar, dejarse convencer por la veracidad y el hermoso, profundo sentimiento de estas lamentaciones de un "eterno ausente".

Un pueblo como cualquier otro, con sus panaderos y sus poetas, decía la carta de mi amigo. No conozco tampoco la literatura árabe-palestina actual, y jamás le desearía a ningún escritor que admiro la incumbencia de ser la voz de toda una comunidad. Sin embargo, releo estos versos del poema Peines de marfil': "Si tuviera otro presente / poseería las llaves de mi pasado, / y dueño de mi pasado / poseería mi mañana al completo" y la turbia realidad que hoy mismo sigue produciendo muertos -muchos más en un lado que en otro- se aclara para mí con el sonido conciliador de las palabras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de octubre de 2000