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Tribuna:

Malestares

Europa, algunas Europas, está volviendo a caer en un cierto malestar, inducido por la elevación de los precios del petróleo. A diferencia del shock de 1975, esta vez el público no culpabiliza a los Estados productores, ni hay un sentimiento antiárabe. Las críticas de cada cual están dirigidas, ante todo, contra sus propios gobiernos. Es un malestar profundamente político. Las protestas las protagonizan los sectores más afectados, que menos márgenes tienen en unas actividades que dependen mucho del petróleo, como la pesca, los transportes o la agricultura, pero, de país en país, naturalmente con diferencias, se ha ido contagiando a otras partes de las sociedades. Y así dirigentes como Blair y Jospin se han encontrado con que se aceleraba su caída en los sondeos de opinión de una forma dramática, que, de confirmarse, puede tener amplias repercusiones en la construcción europea.¿A qué se deben estos malestares? Sería ilusorio responderlo con certeza. Sólo se trata aquí de especular con algunos elementos que se entremezclan:

-El hartazgo fiscal: Las reducciones en la fiscalidad directa, han ido acompañadas de un aumento de las recaudaciones indirectas. Para mucha gente para la que el automóvil ya no es un lujo, sino un instrumento básico de trabajo y de vida, ver que de la mano del precio del petróleo suben los ingresos de las grandes compañías petroleras, y la recaudación de IVA, causa irritación. Y mucha gente se pregunta: ¿Por qué si pueden bajar unos, no pueden bajar otros impuestos? Es un debate que acaba de empezar y que tiene que ver con la valoración de lo público.

-Orden público: Los desabastecimientos de gasolineras o de supermercados que se han dado en el Reino Unido, y en general el caos creado a pesar de que no había ninguna carencia de productos petroleros, han degenerado en ocasiones en problemas de orden público, sobre todo en Gran Bretaña y Francia, que pueden dar la sensación de que el Estado no ha cumplido con sus obligaciones a tiempo.

-A este descrédito de la política contribuye también la sensación percibida de que, ante los precios del petróleo, no hay nada que hacer, salvo esperar a que cambie el mercado o que EE UU, que sí parece poder hacer, hiciera algo. La intervención concertada de los bancos centrales para apuntalar al euro y el uso de las reservas estratégicas de petróleo por EE UU para abaratar el precio del crudo han venido al punto, aunque está por ver su efectividad a medio plazo. En todo caso, en el malestar puede influir la percepción de una cierta incapacidad política en Europa para alterar el rumbo de la economía, incluso, o más aún, cuando va relativamente bien.

-El distanciamiento entre la clase política y la ciudadanía es patente en varios lugares. El mejor ejemplo estos días es probablemente Dinamarca donde se celebra el jueves un referéndum sobre la entrada en el euro, opción que apoya todo el espectro político, salvo los extremos, y sin embargo, a juzgar por los sondeos, predomina el no.

-Falta dimensión europea. Puede darse una cierta europeización de las protestas, por efecto contagio, pero la europeización de la respuesta ha brillado por su ausencia. No sólo debido a los diversos intereses o situaciones nacionales, sino, ante todo, porque la Unión Europea lleva años arrastrando una intensa crisis de liderazgo que se está agravando, y una falta de orientación. Blair no era precisamente un euroferviente; ahora lo será aún menos. La Comisión Europea está clínicamente muerta en términos políticos. Y Schröder, sí, campa a sus anchas en Alemania; pero sólo allí. Por detrás, y a pesar de la existencia del euro, también hay una tibieza europeista debido, quizá, a que los principales partidos, en el centroizquierda y en el centroderecha, tienen unos electorados que aparecen divididos respecto a la integración. Y esta se discute en unos términos incomprensibles para la ciudadanía, y alejados de sus preocupaciones cotidianas.

Está por ver si el malestar se instala o es coyuntural. Factor sorprendente es que en estos debates sobre el petróleo, casi nadie, hable del modelo de crecimiento y consumo. Todo llegará. O volverá.

aortega@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de septiembre de 2000