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Crítica:ÓPERA - 'SLY'

El triunfo de un perdedor

Valía la pena concluir esta primera temporada liceísta con un título infrecuente como Sly, ovvero la leggenda del dormiente risvegliato. Hijo de padre alemán y de madre italiana, Ermanno Wolf-Ferrari (Venecia, 1876-1948) representa un caso único, aislado y sin continuidad, de intento de síntesis de las dos tradiciones tras el paso de Wagner y Verdi, dos gigantes que convierten esa operación en poco menos que una utopía. Sin duda esta posición solitaria de Wolf-Ferrari, este empecinamiento en recorrer la propia vía sin atender a influencias externas, es lo que a la postre ha llevado a su obra a desaparecer casi de las programaciones. Eso y cierta mirada nostálgica vuelta al pasado, concretamente al siglo XVIII y más concretamente todavía a lo que él considera sus dos referentes máximos: Mozart, el más italiano de los compositores alemanes, y Goldoni, el más internacional de los dramaturgos italianos. Inspirándose en este último autor, escribió nada menos que cinco comedias musicales que le proporcionaron un importante reconocimiento en su época. Pero si se tiene en cuenta que Strauss hacía ya mucho que había llevado a escena Salomé o que Berg estrenó su Wozzeck un año antes que Wolf-Ferrari Sly (1927), se comprenderá la posición excéntrica, en cierto modo contra corriente, de este músico tremendamente preocupado por el divorcio que observaba entre las obras de la contemporaneidad y el público.Valía la pena, decía, conocer Sly porque en cierto modo es una síntesis de ese recorrido en solitario que constituye toda su trayectoria. El inicio de la obra transcurre en una taberna de los bajos fondos londinenses a la que acude el poeta Sly, un bebedor cargado de deudas, y donde el conde de Westmoreland imaginará la pesada broma que dará lugar al drama: secuestrar a Sly cuando se halle completamente ebrio, llevarlo a su castillo y hacerle creer al despertar que es el señor y dueño de aquellas suntuosas posesiones y que su vida anterior era una mera pesadilla irreal. Descubierto el engaño, el perdedor Sly se suicidará.

Sly

Música de Ermanno Wolf-Ferrari. Libreto de Giovacchino Forzano. Intérpretes: José Carreras, Isabelle Kabatu, Sherrill Milnes, Josep Ruiz, Alfredo Heilbron, Vicenç Esteve Corbacho, Markus Eiche, Cristóbal Viñas, Vicenç Esteve Madrid, Alessandro Guerzoni, David Rubiera y Mireia Pintó. Orquesta y Coro del Teatro del Liceo. Producción del Teatro de Ópera de Zúrich. Dirección de escena: Hans Hollmann. Dirección musical: David Giménez. Teatro del Liceo. Barcelona, 4 de junio.

Pues bien, la música de Wolf-Ferrari sigue con precisión ese camino que parte de la realidad para alejarse progresivamente de ella hasta alcanzar la soledad estética. En efecto, el primer acto está bajo influencia directa del verismo pospucciniano, es decir de la realidad lírica italiana de aquellos años (Puccini murió en 1924): riqueza tímbrica notable en la orquesta y escritura extremadamente atenta a las voces. El segundo acto es un homenaje al añorado siglo XVIII: como en El caballero de la rosa, de Strauss, se produce ahí una nostálgica levée de Sly en un mundo amable que ya no existe. Al final, en esa escena única del suicidio que constituye el tercer acto, es cuando Wolf-Ferrari encuentra su propia verdad, un lenguaje casi camerístico que ya no atiende otras voces más que las derivadas del propio drama.

En este itinerario, ¿dónde queda el elemento germánico? Pues en la propia dialéctica entre el sueño y la realidad, en el esperpento surrealista que por momentos nos sumerge en un clima a lo Kurt Weill, en un pesimismo desesperanzado que no admite redención.

Nervios a flor de piel

En su vuelta al Liceo, José Carreras siguió ese camino con sabia graduación de fuerzas. Si empezó algo agarrotado, posiblemente con los nervios a flor de piel, luego fue ganando empaque y seguridad. El gran dúo del segundo acto con Isabelle Kabatu, espléndida en el papel de Dolly, que juega al engaño amoroso del poeta hasta que acabará rendidamente enamorada de él, fue un tour de force superado limpiamente. Pero aún le quedaba a Carreras su gran escena final. Ahí se dio todo, sacó los mejores recursos dramáticos que tantos años de profesión le han dado y se metió al público en el bolsillo. Un triunfo hecho de experiencia e inteligencia en un papel no demasiado exigente en los extremos, pero que requiere una fuerza notable.

Bien el resto: gran presencia escénica de Sherill Milnes (conde), acertado arrojo de Alessandro Guerzoni (John Plake, actor bohemio amigo de Sly), contundentes intervenciones de Mireia Pintó (encargada de la taberna). Se trata de un reparto que incluye muchas pequeñas partes solistas: quizá este hecho, tan antieconómico, tampoco sea ajeno al olvido de Sly. El joven director David Giménez concertó con habilidad: es un buen director de voces, las conoce y las ayuda. Correcto también el coro.

Por lo que se refiere a la puesta en escena, va de menos a más. Si la escena de la taberna resulta un tanto anodina, el despertar de Sly en el palacio está muy bien resuelto, con un juego de luces que realza el carácter onírico de la situación.

En definitiva, un buen espectáculo. El triunfo de un perdedor. O de dos: de Sly y de Ermanno Wolf-Ferrari, cuyas óperas acaso han dejado las programaciones de los teatros demasiado rápidamente y sin atender a razones críticas fiables.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de junio de 2000