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Tribuna:

El conreo del dibujante

A lo mejor alguno de ustedes no conoce la palabra conreo,que a fuerza de decirla ella mucho yo aprendí de mi madre. Hace unos meses escribí en una carta la palabra "leja", y a dos personas muy cercanas a mí, de cultura superior a la media, les sonó a barbarismo; nunca la habían oído. Acudí al diccionario y me tranquilicé: existía, primero en acepciones desconocidas para mí y, en tercer lugar, designando aquello que mi madre quería decir cuando decía "leja": un estante o anaquel. Tanto el de la Real Academia como el Moliner aclaraban, sin embargo, que ese uso de la palabra era murciano.¿Será el conreo maternal otro modismo mediterráneo? Mi madre era de Valencia, apenas pisó Murcia, pero vivimos unos años, siendo yo niño, en Almería; la derivada lingüística es fácil de trazar, aunque lo mejor será que me haga con la flamante edición en dos volúmenes del diccionario de dudas de Seco, a ver si me quita ésta. Hoy por hoy, las autoridades dicen que conrear es preparar una cosa para perfeccionarla, y en mi casa un conreo era un lujo, un placer que se sobreentendía irónicamente como el privilegio de algún miembro agraciado de la familia.

Me vino la palabra viendo un día la pequeña y emocionante retrospectiva de dibujos de Antonio Saura en la galería Marlborough, y al siguiente, en el Reina Sofía, la opulenta y también muy hermosa muestra de obra sobre papel de Miquel Barceló. Había mucha gente en la de Barceló, pero la pude contemplar a gusto. Sólo que tuve un momento de engorrosa rivalidad con dos mujeres que separadamente se pararon frente a la misma obra en la que yo llevaba un buen rato enfrascado. Las vi acercarse, las miré de reojo, me aparté un poco, porque el arte es patrimonio de la humanidad,volví a mi frasco de las esencias pictóricas. No se iban. Tampoco ellas. Entonces me di cuenta. Yo había llegado ante esa obra al estadio amoroso superior, el de la posesión del ente deseado, y estaba claro que cualquiera de las dos visitantes, al menor descuido que yo cometiera, estaban decididas a llevarse a su casa virtualmente (¿y qué es el deseo sino el principio de una realización hipotética?) aquella pieza soberbia que yo robaría en mis sueños. Solamente cuando inicié una retirada (táctica, pero ellas no podían saberlo) consintieron mis contendientes en separarse también de aquel imán.Y ahora viene lo que no me van a creer. La obra en cuestión no era uno de los potentes retratos masculinos cargados de materia, ni El árbol ni el Cristo raíz ni ninguno de esos formidables altares de papel pegado que destacan, no sólo por tamaño, en la exposición. Lo que los tres enamorados parecíamos claramente dispuestos a colgar en un lugar preferente de nuestras entre sí ajenas casas era poco menos que una mancha parda sobre un papel blanco. ¿Era aquella Mujer matando un pollo el estudio de un cuadro posterior, un apunte, una obra terminada en su simplicísima naturaleza? Para sus pretendientes, la pregunta resultaba superflua. A eso le llamo yo el conreo del dibujante.

Porque vamos a ver. Una universidad, o un seminario de posgraduados, podrá prestar atención, y publicar, y hasta comprar los cuadernos preparatorios, las tachaduras y las primeras versiones de una novela o un poemario. Alimento del erudito. También el cine ha descubierto el filón de los borradores; el laser-disc ofrece a menudo, junto a la película, escenas no incluidas en el montaje y las pruebas de algún actor o del vestuario. Se ven una vez, y nunca más. ¿Por qué con la pintura es distinto?

El cine es un arte de multitudes que al espectador le sobran; él quiere ver el depurado de esa gran maquinaria en una pantalla. Por similar motivo, nada menos estéril que compartir el parto de lo que luego será un bello párrafo de Flaubert. El dibujo es la escuela de los pintores, pero a ellos no nos importa seguirles en sus primeros pasos dubitativos, como nos gusta ver crecer torpemente a los niños y vigilar el brote de una planta que al principio no es nada y luego da un fruto apetecible. Un día, una novia griega trazó en la pared con una tea la silueta de su amado, y así nació la pintura. Ella no lo sabía. Pero es justo que del arte más natural de los siete o quizá ya ocho que hay hagamos nuestros incluso los pequeños lujos privados del artista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de octubre de 1999