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Editorial:

Economía con reparos

La reducción de la tasa de desempleo entre abril y junio revela la fortaleza de la economía española. La variación del índice de precios al consumo (IPC), la subida de los carburantes o la marcha del mercado bursátil transmiten, sin embargo, una cierta inquietud. Probablemente ya ha quedado atrás el momento álgido del círculo virtuoso en el que se ha movido la economía últimamente. Que el ritmo de creación de empleo supere al del crecimiento del PIB podría estar expresando una cierta emergencia de economía sumergida. Fueron 269.000 personas las que se emplearon y 210.00 las que abandonaron en el segundo trimestre el censo de parados, que quedó situado en 2.550.700, el 15,6% de la población activa.Aun estando lejos todavía de la media del 10,3% en los países de la zona euro, se trata del mejor registro desde 1982, y cabe esperar que, en ausencia de perturbaciones externas graves, hoy no contempladas, siga su tendencia descendente en los próximos meses. Es verdad que la temporalidad sigue siendo elevada, casi un 33% de los empleados, y que la tasa de crecimiento de ese tipo de contratos es superior a la de los indefinidos. También es cierto que la mejora en el desempleo no afecta a todos por igual: el paro es entre las mujeres del 22,85%, el doble que el 10,88% de los varones. Pero la dinámica es satisfactoria en este campo. Cuestión distinta es que esa paulatina reducción del desempleo encuentre obstáculos, ya sean cíclicos o propios de las sombras que en otros ámbitos proyecta la economía española. La principal dificultad potencial es la resistencia de la tasa de inflación a situarse en niveles similares a los de los principales países de nuestro entorno, con los que compartimos moneda y política monetaria. Al IPC de julio lo ha salvado de un significativo incremento en términos interanuales el comportamiento de los alimentos frescos; los servicios, en especial los de hostelería y turismo, los gastos de vivienda, algunas carnes y, muy especialmente, los combustibles registraron incrementos considerables. La tasa interanual del 2,2% es significativamente superior al promedio de los países que integran el área euro y también al objetivo del Gobierno, del 1,8%. La inflación subyacente, más expresiva de las tendencias de fondo, está en el 2,5%.

La complaciente constatación de que tenemos una tasa de inflación históricamente baja tiene poco sentido: la práctica totalidad de las economías del mundo han reducido la inflación, muy especialmente las europeas. Lo relevante es la diferencia con ellas; y el mayor crecimiento de la economía española no basta para explicar una tasa que cuadruplica la de Alemania o Francia. En ausencia de actuaciones específicas destinadas a su reducción, la persistencia de esa distancia incidirá aún más en la competitividad de nuestros bienes y servicios, y con ello reducirá las posibilidades de corrección del no menos inquietante déficit comercial.

Desde hace meses preocupa la desaceleración de nuestras exportaciones y el aumento de las importaciones. Muy probablemente, los ingresos del turismo no bastarán ya para compensar el déficit comercial, con el resultado de un sector exterior drenando posibilidades de crecimiento de la economía y, en consecuencia, frenando la creación de empleo. A partir de aquí, el Gobierno debe considerar si la pasividad hasta que se convoquen elecciones es la actitud más correcta. Incluso si es rentable -vía impuestos- el laissez faire que mantiene Economía ante el precio de los combustibles, culpable en gran parte del aumento del IPC

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de agosto de 1999