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El artículo más iluso

Javier Marías

Quizá sea éste uno de los artículos más ilusos que uno pueda escribir hoy en día en una sociedad tan autocomplaciente y autoindulgente como la española actual, y eso que tengo conciencia de haber ya publicado unos cuantos de esa índole -ilusa, quiero decir-. Porque si para algo no está la superficialidad ambiente es para atender, a estas alturas, a asuntos que ni siquiera sé cómo calificar si no es con anticuadas palabras, casi arrumbadas; y desde luego no deseo recurrir a la ya vacua -por estrujada- "ética": ¿asuntos que atañen a la rectitud? ¿A lo venial y a lo grave? ¿A las conductas? ¿A la dignidad? Sí, todo suena ya trasnochado. Pero aun así. Porque asimismo reflejan la impunidad ambiente, y eso es más serio. La tendencia a que nada pase tras las calumnias, las difamaciones, las vilezas o las felonías es tan fuerte que parece vano oponerse a esa marea. Pero lo que me llama la atención en los últimos tiempos no es ya el silenciamiento -piadoso o interesado- de los actos indignos y los reprobables dichos, ni su falta de consecuencias, ni su disimulo inmediato, ni su cínica negación por parte de sus autores, sino la manera desnortada o desfachatada -según los casos- de justificarlos; de reconocerlos, para restarles toda importancia o no verlos "tan mal"; de minimizarlos con argumentaciones falsas; de esparcir la idea de que al fin y al cabo todo el mundo se manchó o está manchado, de que nadie puede tirar la primera ni la segunda ni la última piedra.

Por supuesto que el ejemplo perpetuo y máximo es el de los políticos españoles, que se pasan los días justificando sus diversos abusos, exabruptos y tropelías con el ya famoso y pueril "Pues tú más", como si la existencia de los delincuentes fuera un salvoconducto para que delinquiéramos todos. Pero los políticos son a la postre gente tan insustancial y voluble que no vale la pena detenerse mucho en ellos.

Hace poco leí una reseña de una recopilación de artículos. El crítico elogiaba el volumen en su conjunto, si bien no se le escapaba el carácter abiertamente adulatorio de algunas piezas recogidas: "Entre el legítimo entusiasmo juvenil y la coba más descarada", decía, "media un abismo... Y estoy seguro de que hasta el mismo autor se habrá sonrojado al releerlas". Pero quitaba hierro con prontitud: "Comprendo que a tan temprana edad cuesta abrirse camino, y por ello es lógico que no escatimara elogios... a otros escritores coetáneos [supongo que se quería decir "contemporáneos"; las cursivas son mías]... En fin: pecados veniales de juventud ante los que conviene pasar página disimuladamente". ¿Qué edad tendrá el ya antiguo y "descarado" cobista?, se preguntaría uno. Si aún podría sonrojarse -aunque no lo hizo-, obviamente no es un muerto, pero ha de ser alguien muy veterano, cuya costumbre de dorar la píldora resulta ya tan remota que no debe tenérsele en cuenta. Pues no. El autor del volumen aún no ha cumplido los treinta, así que esos "pecados veniales de juventud" son por fuerza muy recientes. Lo más asombroso, con serlo mucho, no era eso, sino que a los ojos del crítico apareciera como algo legítimo -por lo menos no censurable, y nada menos que "lógico"- el hecho de que un joven escritor, para "abrirse camino", recurra a "la coba más descarada". El problema para aceptar semejante exculpación es que, por desgracia para el cobista y para su comprensivo justificador, otros muchos escritores jóvenes no hicieron ni han hecho ni hacen tal cosa, por muy temprana que fuera o sea su edad. Y aún es más: lo propio de los jóvenes autores ha sido casi siempre -en contra de ese ofensivo adjetivo, lógico- justamente lo contrario, y si de algo han solido pecar ha sido de irreverencia, de rebeldía, de ansias iconoclastas, de irrespetuosidad hacia las figuras contemporáneas que los precedían. La coartada no se sostiene, por ningún lado.

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Pero vayamos a cuestiones de mayor trascendencia. Hace unos años, un venerable filósofo ya fallecido contó de viva voz, en una de esas charlas universitarias de verano, que al término de la Guerra Civil, y durante años, sus superiores académicos franquistas "le obligaron" a espiar a sus colegas y a informar de sus "deslealtades" o "desafecciones" al régimen. El filósofo y profesor en cuestión, con su aura izquierdista en los últimos años de su vida, lo relató como una gracieta, como diciendo: "Fíjense qué cosas más chuscas pasaban en la dictadura". Esto es, reconoció sin sonrojo haberse prestado a esa tarea delatora y no le concedió ninguna importancia. La prensa, entonces, contagiada por el tono casi festivo del conferenciante, o quizá obrando como precursora de esta impunidad ya generalizada e instalada del todo en nuestra sociedad, le rió la gracia y se hizo eco sin el menor escándalo y con idéntica ligereza, "Hay que ver qué cosas". Como si el filósofo hubiera podido ser obligado a algo así en modo alguno. A espiar y chivarse nunca se obliga a nadie, a no ser con chantajes y amenazas que -aunque a veces sea muy difícil- uno siempre puede rechazar o desafiar o arrostrar. En todo caso, el profesor podía haber renunciado a su puesto en la Universidad, y así seguro que nadie lo habría "obligado". Claro que ese filósofo, también por los mismos años cuarenta, era delegado de Tabacalera en su provincia natal (una prebenda mayúscula en aquellos tiempos), y en un libro de 1945 (convenientemente expurgado en los ochenta) hablaba del "triunfal alzamiento", llamaba "aquellos días heroicos" a los de la escabechina y tildaba de "jolgorio plebeyo" el advenimiento de la República. Habría que preguntarse si también fue obligado a escribir todo eso y a ocupar su enjundioso cargo en Tabacalera.

Hace poco le exhumaron un viejo artículo de loas a Franco a un prestigioso columnista que se caracteriza por ser en apariencia muy exigente consigo mismo y sobre todo con los demás. Presume de aguafiestas y de no morderse la lengua, y en efecto no lo hace. Ni siquiera como yo en este escrito, en el que me abstengo de mencionar los nombres, aun a riesgo de parecer nebuloso o medroso (antes prefiero ésas que otras acusaciones posibles). Él no es medroso ni nebuloso, a menudo dice: "Fulano de Tal, lo recuerdo, lo conozco, hizo esto y aquello durante la dictadura o la guerra". Ahora le han devuelto la moneda, y entre quienes lo han hecho hay un sujeto que fue director del periódico más franquista de todos, Arriba, y presidente de un sindicato vertical de ese régimen, y que a su vez quita importancia a tanta entrega. Lo sorprendente y lamentable es que el columnista hoy expuesto se haya mostrado extraordinariamente autoindulgente a la hora de justificarse. Tras citar él mismo -ahora, ya- párrafos de su desenterrada pieza de 1944 ("la figura egregia del Caudillo Franco", "el mensaje recto de destino y enderezador de Historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y la mano del Generalísimo"), añade [la cursiva, mía]: "Suave para lo que estaba pasando: para su capacidad de crimen: y mi situación. Eso sí, sobreviví. No morí en pie..., no mataron a mi padre: viví de rodillas. Luego, me levanté". Y en otra ocasión ha agregado: "Lo que deseaba, y deseo, es sobrevivir, y a veces hay que cambiar el gesto para seguir adelante, uno tiene que plegarse a ciertas condiciones y personas". Sin duda no le faltará razón pero luego iré con eso. Un ejemplo más, hace sólo semanas. Un muy premiado novelista se dignaba responder en una entrevista a una pregunta sobre su actividad como censor en los años cuarenta. No se limitó a bufar esta vez, contestó: "Me hice censor para poder comer, para tener un mínimo sueldo... Entonces no había una perra para nadie". Habría que preguntarse en este caso si fue también para poder comer por lo que en 1937, en plena Guerra Civil, se ofreció como delator de sus conocidos madrileños a las autoridades franquistas, o si fue para tener un mínimo sueldo por lo que se dejó condecorar por ese régimen en los años cuarenta, o en los cincuenta "subvencionar" por un dictador suramericano y escribió una novela para él.

Los que hemos nacido después de la Guerra Civil y de la primera y más dura posguerra no tendríamos, en principio, apenas autoridad para juzgar lo que escribieron o hicieron quienes padecieron ambas plagas a edades ya responsables. Ninguno podemos saber a ciencia cierta cómo habríamos obrado en aquellas circunstancias, acaso habríamos incurrido en bajezas mayores, quién sabe. Lo malo para estas personas, lo malo para el filósofo, y el columnista, y el novelista, es lo mismo que es malo para el joven autor del volumen de artículos reseñado, a saber: que hay y hubo otros que no hicieron lo que hicieron ellos, en las mismas circunstancias. Y eso es lo inadmisible: lo ofensivo es que, para justificarse ellos, intenten pasar por buena la idea de que "otra cosa no se podía hacer"; o de que "se pringó todo el mundo"; o de que quien más quien menos se veía "obligado" a actuar en contra de sus convicciones y su voluntad. Luego ellos, al fin y al cabo, son como los demás.

El problema es ése: que no son como los demás. Los hubo infinitamente peores, y mejores que éstos sí son ellos. Pero también los hubo de otra pasta, y a ésos no se los puede ofender. Hubo quien no tuvo un cargo ni un puesto ni trabajo alguno precisamente para que no pudieran "obligarlo" a nada bajo la amenaza de quitárselos; hubo quien no entró en la Universidad porque ni siquiera se le permitió o porque no quiso jurar fidelidad a los principios del Movimiento, como era preceptivo; hubo quien jamás pudo volver a ejercer su profesión, de abogado, de médico, de arquitecto, de periodista; hubo quien no tuvo para comer, ni tan siquiera un mínimo sueldo, y no estuvo dispuesto a censurar y así conseguirlo; y para quien efectiva y literalmente no hubo una perra, y así lo pasó peor que el que se las sacó con argucia; hubo también quien no se puso de rodillas -quizá ni pudo elegir-, ni se plegó a ciertas condiciones y personas, quien no se prestó a escribir ninguna loa a Franco y a su cerebro y su mano, ni siquiera algo "suave", porque le estaba prohibido publicar nada en la prensa; hubo quien se quedó en la cárcel y quien se exilió para no regresar; hubo quien vivió aquí en el llamado "exilio interior", sin levantarse nunca; hubo quien vio cómo mataban a sus familiares. Y hubo quien fue fusilado o asesinado sin más, y ya no pudo seguir adelante ni hacer nada por sobrevivir, ni puede decir ahora nada para explicarse ni justificarse. Eso es lo malo. Que no sólo los hay peores con los que compararse, como parecen pretender estos autoindulgentes de hoy. Por mucho que intenten y les convenga olvidarse, también los hubo mejores. O simplemente -y vuelvo a las palabras en desuso, antiguas- más rectos, o más dignos, o más resistentes, o más orgullosos, o más escépticos, o más asqueados, o más derrotados, no sé: aquéllos a los que no quedaron acaso fuerzas ni ánimo para desear más nada, ni sobrevivir. Que sobreviva su memoria al menos, que no se borre su triste y languideciente o pasada existencia, por incómoda que resulte a los vivos o supervivientes que hacia ese espejo mejor, sin azogue y espectral y resquebrajado, nunca quieren ni se dignan mirar.

Javier Marías es escritor.

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