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Crítica:DANZA - VÍA 3
Crítica

Primeros pasos desde el sur

El bailarín y coreógrafo Javier Leyton (Sevilla, 1969) ha presentado en Madrid su primer gran trabajo en solitario, después de experiencias de carácter menor que le han dado una cierta preparación para asumir el todo coreográfico. Los cinco bailarines muestran una buena disposición y energías para interpretar la propuesta de Leyton, que se basa en una muy contemporánea disposición del grupo escénico sobre la que no cuenta una sola historia, sino que boceta varias de ellas. Los problemas se dan, de entrada, con la selección musical que por ambiciosa resulta inadecuada; se trata de un collage en el que se alternan canciones populares de diversas épocas con jazz y música barroca. El resultado es, más que ecléptico, desorientador, pues tales estilos musicales fuerzan a un cambio en los estilos de baile; es decir, cuando el espectador está entrando en determinada atmósfera el cambio musical le provoca una ruptura del hilo conductor interior.La poética del coreógrafo rebusca en un esquema que puede plantearse entre el grupo formado por cuatro bailarines y un solitario que se mantiene o es más mantenido al margen de la acción coral. Puede tratarse de simple segregación o de una especie de autoexilio, y en ambas posibilidades hay amargura: las danzas no suelen ser alegres, los fragmentos están hilvanados a partir de una profunda ansiedad, desamor y desecuentros.

Vía 3

Compañía de DanzaInterpretaciones de medio carácter. Dirección y coreografía: Javier Leyton. Luces: José María Fernández. Festival Madrid en Danza. Círculo de Bellas Artes, 25 de marzo.

El trabajo coreográfico tiene fuerza e iniciativa, aun notándose en estos primeros pasos las influencias ajenas, lo que en principio no es malo y debe ser agudamente trabajado en silencio y de puertas adentro hasta depurarlo. Así, el tiempo de trabajo junto a Ramón Oller se hace evidente en algún que otro chispazo pero sobre todo, a veces, las lecturas y el material obtenido pecan del trabajo estricto de taller.

Esto es hasta cierto punto natural, entendible; los procesos no es que deban desaparecer del resultado escénico, pero sí deben estar revestidos del empaque que les confiera el carácter de obra artística terminada, y toda la danza contemporánea está teñida de esta tónica y principio. Fueron especialmente emotivos la variación en solitario del propio Leyton y las escenas del principio y del final, que establecen una especie de movimiento circular donde los bailarines desnudan el cuerpo en la búsqueda de desnudar el espíritu junto al espectador.

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