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53º FESTIVAL DE CANNES

Ripstein y Egoyan elevan el nivel de calidad con dos películas de formidable dificultad

David Mamet logra una magistral filmación del drama de Rattigan "El chico de los Winslow"

ENVIADO ESPECIALEl mexicano Arturo Ripstein y el canadiense Atom Egoyan, con El coronel no tiene quien le escriba y El viaje de Felicia, respectivamente, elevaron ayer el listón de las calidades con poderosos, difíciles y refinados trabajos de escritura y puesta en escena llenos de inteligencia y precisión. Ambas películas alcanzan una intensidad dramática y una continuidad emocional que rozan la maestría que, fuera del concurso, reconocemos también en la versión de David Mamet del célebre drama de Terence Rattigan El chico de los Winslow.

Si en la primera semana concursaron sólo cuatro películas de fuste -Wonderland , de Michael Winterbottom; Kadosh, de Amos Gitai; Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar, y El emperador y el asesino, de Chen Kaige, a la que los franceses añadirán una quinta, El tiempo reencontrado, de Raúl Ruiz-, desde ayer, primer día de la segunda semana, hay dos más que no merecen irse de aquí como vinieron, sino con alguna condecoración bajo su título, porque ambas son hazañas cinematográficas, adaptaciones magistrales de relatos novelescos formalmente complejos, sobre todo en lo relativo a la combinación de tiempos narrativos.La novela El viaje de Felicia, de William Trevor, en la que se basa el filme de Egoyan, se mueve sobre tres tiempos, y El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, discurre a caballo entre dos. Esto obliga habitualmente a los escritores y directores de películas a acudir al recurso de la rememoración subjetiva, el llamado flash back, una vieja convención llena de peligro de arritmias y de amenazas de agujeros de la rutina y la antigualla. Pero en sus versiones filmadas que vimos ayer, esta ranciedad formal ha sido sorteada con endiablado ingenio en el caso de Egoyan y con severa autoexigencia en el de Ripstein. Estamos ante dos modelos de recreación cinematográfica de dificultosos entramados de tiempos novelescos, en las antípodas de la traducción a la pantalla al por mayor de novelas y noveluchas, que es una de las pestes que asaltan al cine actual.

Sugerencias elípticas

Ripstein acepta el riesgo del magnífico guión de Paz Alicia Garcíadiego y renuncia con él a visualizar el tiempo pasado que se agita dentro, y que detiene, el tiempo presente del relato de García Márquez. Convierte a la imagen del ayer en una zona oculta, pero perceptible como tal imagen oculta, a través de infalibles sugerencias elípticas. Carga la prueba de fuerza en un claroscuro de su estilo tenebrista y, narrando con cámara exterior, jamás subjetiva, todo el entramado de los sucesos en ahora, hace gravitar enteramente este ahora sobre el antes, un antes que gradualmente se va convirtiendo en ahora o en un signo indispensable para entender qué ocurre en la pantalla.

Pasado y presente se funden, sin un solo flash back, en un único tiempo, creado por la formidable capacidad de absorción que tienen los encuadres móviles de los largos y enrevesados planos secuenciales que caracterizan a los trazados escénicos de este gran cineasta mexicano. El cine devora a la novela, la engulle sin dejar rastro de ella mediante una mutación en su naturaleza, en su sustancia literaria, que queda diluida en la formalización del tiempo cinematográfico inspirado en ella. Y surge la paradoja: nunca la literatura de García Márquez tuvo tan alto grado de existencia cinematográfica como en este Coronel, de donde ha sido arrancada y barrida con toda fidelidad.

Egoyan, para desembarazarse del mismo lastre novelesco de la rememoración -tan natural y ligada a la narrativa literaria-, emplea armas y argucias opuestas a las de Ripstein: en El viaje de Felicia no funde en uno los tres tiempos relatados por la novela de William Trevor, sino que por el contrario acentúa las fronteras entre ellos, haciendo tres tipos de filmación y creando tres puntos de vista, uno para cada tiempo, lo que permite hacerlos reconocibles inmediatamente y luego encadenarlos, combinarlos y coordinarlos sobre un bastidor o una estructura musical ritualizada, de orden casi ceremonial, que nos deja entrar en cada tiempo sin esfuerzo de entrada y sin tener que retroceder o avanzar una vez y otra hacia él. De principio a fin del metraje estamos situados simultáneamente en los tres tiempos en que los sucesos suceden. Unidad secuencial para la fragmentación temporal. Misteriosa lectura rectilínea de una línea quebrada.

Se trata de dos películas complejas e importantes, dos prodigios de ingenio para resolver una de las más delicadas curvaturas de la articulación del lenguaje cinematográfico. Son obras completamente distintas en estilo y en proceso formalizador. Pero hay algo que las enlaza: no son películas despóticas ni predigeridas, de las que se ven pasivamente, sino que requieren un esfuerzo de participación del espectador, que así ve crecer su libertad frente a la pantalla donde se proyectan. Sus alquimias de lenguaje no son oscurantistas ni impiden su transparencia ni obstaculizan su empuje y su capacidad de arrastre. Son gran cine, ágil y nítido por fuera, pero atestado de elaboración interior.

Además, la interpretación de Bob Hoskins en El viaje de Felicia es eminente, pero la de Marisa Paredes en El coronel no tiene quien le escriba no va a la zaga del maestro inglés. Y si al gozo de asistir a la primera proyección pública de estas extraordinarias obras unimos el que proporciona contemplar la recreación por David Mamet de la geometría escénica con que Terence Rattigan dibujó para siempre el célebre caso de El chico de los Winslow, ayer fue aquí un día de cine completo e insuperable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de mayo de 1999