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Tribuna:

¡Sálguese quien pueda!

La vena estoica que llevamos dentro ya está sacando chistes sobre el caos aéreo de Arias-Salgado. El español cuando sufre nunca sufre de verdad: se deja como válvula de escape un juego de palabras. Y así, el primer ciudadano airado pero chistoso que calificó a la compañía Iberia como salgos Arias ha quedado obsoleto, arrollado por el caudal de ocurrencias lingüísticas que las largas esperas dentro y fuera de los aviones inspiran a los viajeros. En el puente aéreo, los catalanes víctimas de los retrasos ya no están fotuts, sino salgados; salgados y descontentos. Otros usuarios del servicio aéreo usan el término de otra forma: el avión retrasado es un avión salgado, y cada día son más los que comprueban en su carne paciente la raíz etimológica del hecho de que nuestros aviones nunca salgan a su hora.Salgo poco de viaje últimamente, y una de estas tardes he estado leyendo Monstruario, el libro más novela de los que ha escrito su autor, Julián Ríos. Acostumbrados al derroche vertiginoso de equívocos verbales en varias lenguas que Ríos suele hacer, Monstruario podrá parecer a sus fieles un poco franciscano y hasta sedentario, aunque no falten los retruécanos: "cuchipandemónium de artistas", "eurekakarear". ¿Hay en la historia del pintor Mons un roman a Klee? Esa trastada semántica (leída antes, si no recuerdo mal, en Cabrera Infante, otro jugador malabar de las palabras) iniciaba el libro más conocido de Ríos, Larva. Cuando Larva estaba reciente en las librerías, dos queridos amigos escritores, como yo nada joyceanos de estirpe pero aficionados en la intimidad al retruécano y otros círculos viciosos, deambulaban conmigo en una cálida noche de agosto por el paseo de Recoletos. Los tres habíamos leído las copiosas reseñas aparecidas sobre el libro de Ríos, y Madrid estaba desierta y quieta. En un cuarto de hora, lo que se tarda en bajar a paso moderado desde la glorieta de Emilio Castelar hasta la terraza del café Teide, que aún existía, inventamos, espoleados por las paronomasias de Ríos, unas 20 variantes de conocidos títulos literarios a partir de la palabra larva; a la memoria me vienen ahora Juanita la larva, Adiós a las larvas, Doña Lárvara, Larvazul, La sombra del ciprés es alarvada; uno de nosotros tres, el más aficionado al teatro, sacó también La cantante larva; otro, muy hitchcockiano, Alarva en el expreso (con los años, su cinefilia le habría sugerido seguramente Larva letal), y el tercero, el gau del trío, propuso la expresión "salir del larvario". Lo pasamos estupendamente.

No es patrimonio exclusivo del ser español (sea lo que sea tal esencia) responder humorísticamente a la realidad, casi siempre empeñada en la seriedad de la tragedia. Cada pueblo tiene su gracia, y por eso se habla del humor inglés, del humor andaluz, del humor judío; algunos hasta dicen que hay humor alemán. Pero es muy propio de nuestro talante salir por peteneras ante la adversidad, así como no hay gente más dada que nosotros a hacer chufla de la pomposidad y la pretensión.

¿Nos hace eso mejores? Freud decía que el chiste tendencioso (género al que pertenecen los que ahora proliferan sobre el mal fario de Arias) produce en quien lo cuenta un placer que sin esa punta burlesca no habría manera de satisfacer; el impulso chistoso nace, pues, de una predisposición incumplida, una especie de deseo amoroso frustrado. Quizá por ello Freud cita esta divertida ingeniosidad de Jean Paul: "El chiste es el cura disfrazado que casa a toda pareja". Lo ideal sería que no hubiera discrepancias matrimoniales entre el hombre y el medio: poder salir a tiempo en tus vuelos, vivir la realidad sin los espejos deformantes del sarcasmo. Pero cuando esas relaciones de pareja se estropean, brota la gracia española. No seremos por el momento más puntuales, ni más valientes en exigir los derechos que nos corresponden, ni mejores en nuestro oficio, pero tendremos siempre en la boca un chiste para jodernos a nosotros mismos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de mayo de 1999