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49º FESTIVAL DE BERLÍN

Meryl Streep borda una magistral agonía en un filme rutinario y cobarde

La gran Brenda Bethlyn y una vivísima comedia danesa dejan en ridículo a Bruce Willis

ENVIADO ESPECIALOne true thing sería un filme insignificante, además de cobarde, si no ocupase su centro Meryl Streep, que construye el aterrador crescendo de una agonía por cáncer de mama con precisión y gradualidad de un genio de su oficio. Aspira a un oscar, que puede ser el tercero. También tiene un oscar Brenda Bethlyn, y aspira justamente a otro por Little voice. Ambas actrices y la vivísima comedia danesa Mifune pusieron ayer en evidencia el ridículo trabajo de Bruce Willis, dirigido por Alan Rudolph, en la soporífera modernez Desayuno de campeones.

El triángulo que, dirigido por Mark Herman, componen en Little voice Michael Caine y Brenda Bethlyn con la sorprendente y no menos superdotada Jane Horrocks es un arrollador alarde de refinada escuela interpretativa británica. Acaricia lo perfecto. La película no concursa, está refugiada en los pequeños debates de buen cine que llenan el Panorama, cuyos criterios selectivos son mucho más inteligentes y están menos contaminados por el negocio y la política que los de la Sección Oficial.Pero las cámaras de televisión y las salvas de fogonazos de los fotógrafos no están en el humilde Atelier, sino en la explanada que se abre ante la enorme boca del Zoo Palast, que se traga todas las luces y todos los sapos. Luces fueron ayer Meryl Streep, ya en poder de la plena madurez, y los extraordinarios y desconocidos intérpretes de Mifune, una comedia negra danesa dirigida por Soren Kragh-Jacobsen, miembro del movimiento Dogma, que capitanea Lars von Trier. Y sapos los que trajeron el renombrado discípulo de Robert Altman, amanerado y cursi donde los haya, Alan Rudolph, y su estrella Bruce Willis, que esta vez se ha pasado del mamporro y tentetieso a la posturita y el matiz, por lo que hace el ridículo con tanta contundencia como el Titanic hizo agua cuando se hundió.

Pero hay una diferencia: a Bruce Willis, aunque su gracia es de plomo, no hay quien lo hunda. Parece que se beneficia de no se sabe qué don de insumergible estrella de laboratorio, apagada, insulsa y de corcho. Un puro sapo estético que levanta por las calles donde pasa vociferantes adoquines admirados ante su prodigiosa nulidad, algo menos solemne que la de su socio en el negocio de hamburguesas, Sylvester Stallone, pero no mucho. Dios y Jack Valenti los crean y ellos se juntan. Se entiende que el redicho Alan Rudolph, que va de poeta floral, lo haya enrolado para protagonizar Desayuno de campeones, porque a Willis le hace falta con urgencia el perfume del prestigio, aunque huela a lila.

Pero no es esto lo peor, porque lo intolerable es que Rudolph, además de al necesitado adoquín, haya enrolado también nada menos que a Nick Nolte, Barbara Hershey y Albert Finney, tres talentos enormes, recios y curtidos que prestan su antiguo vigor a tamaña endeblez. Woody Allen diagnosticó el mal hace poco: "En cuanto hablas con una estrella de una película en la que no hay efectos especiales y pueden interpretar de verdad, corre detrás de ti para que le des un papel y te paga por interpretarlo".

Rudolph hizo hace tres años Afterglow, una sencilla obra sobre el dolor humano, y vive de las rentas, por lo que ha podido embaucar a estos tres grandes y severos rostros en una película donde, para mayor desgracia, abundan los efectos (o efectitos) especiales. Eso sí, tan mal hechos que en la pantalla parece pegatinas puestas por el proyeccionista para distraer el aburrimiento en la desolación de su cabina.

El gran cine lo trajo ayer aquí Meryl Streep: ella sola, sin ayuda de la insatisfactoria One true thing -una película cobarde que inicialmente promete afrontar el supremo problema, eternamente pendiente, de la eutanasia, y finalmente se escaquea y echa balones fuera de manera indecente ni de su director, Carl Franklin-. Y, sobre todo, lo trajeron Soren Kragh-Jacobsen y los cuatro intérpretes de Mifune, que son gloriosos, divertidos, vitales, arrolladores y que galvanizan en estado de gracia la pantalla y sus invisibles tentáculos sobre la sala. Hermosa, dura, adorable comedia oscura, a ratos negra, procedente del movimiento danés Dogma, a cuyos miembros se tomó cuando empezaron por fantasmas tontorrones y lo cierto es que se están moviendo con astucia de linces y poniéndose las botas.

Lo que cuenta la película es incontable. Pura imagen llena de palabras vivas como ascuas, que queman y, no obstante, hacen volar la sonrisa y a veces la carcajada rompedora. Las graciosas barbaridades que nos hace compartir crean esa airada comodidad que sólo proporciona el espectáculo de la inteligencia. Y nos da, en homenaje al fundador de Dogma, un idiota libre y fraternal que juega a ser nombre: Toshiro Mifune (el genial séptimo samurái de Akira Kurosawa), a quien esta pequeña obra maestra danesa ofrece un tributo risueño y enamorado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de febrero de 1999