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Tribuna:CRÓNICAS

La noche interrumpida

La noche. Esta noche la gente sabe que es jueves como siempre en Bogotá. Las salas de baile se van a cerrar en seguida, a la una en punto, cuando aún en tierras de calor húmedo o por lo menos sureño casi todo acaba de comenzar. Pero la noche ha de interrumpirse; ya no sólo lo dice la autoridad, que lo dejó escrito, sino que lo saben los bailarines, los comensales y los rezagados. El alcalde que inventó en Bogotá esta manera de cortar la noche hizo esta ley municipal hace cuatro años; él cree que se llama Antanas Mokus, porque eso es lo que dice su pasaporte de origen griego, pero la gente le llama, como venganza, Antanakos Mostroculus. Antanakos puede adjudicarse un récord: antes en Bogotá moría muchísima gente después de la una de la madrugada; por el alcohol y por el tráfico, por esa violencia acumulada; ahora la cifra se ha mediado. Se ha interrumpido la noche, se ha demediado la muerte. Dicen los bogotanos, "es posible que ahora no haya tanta estadística en los hospitales nocturnos: es que se mueren más temprano".La alegría paradójica. La matanza mayor, la más paradójica, es la que se produjo por la alegría. Un bogotano de Barranca lo explica: "Murieron de alegría, pero no fueron tantos como los que se producen por la violencia estúpida un fin de semana: lo que ocurre es que murieron en una noche notoria, y eso los hace superconocidos. Los otros son muertos anónimos, gente que ya no asusta a nadie". Aquellos fueron los muertos de la noche del 5 de septiembre de 1993, cuando Colombia venció 0-5 a Argentina en Buenos Aires. Fue tan increíble esta superación de la historia -dijo Maradona antes del encuentro : "Pasará lo de siempre, lo que dice la historia: Argentina arriba, Colombia abajo". Y al día siguiente titularon los periódicos: "Maradona, cero en historia"- que la gente no pudo con la felicidad y se mató entre sí para siempre, la vida no vale nada: más de 100 muertos de alegría, qué horror, se dice todavía contra el muro infeliz del episodio. Aún hoy la gente ve los vídeos como si no se hubiera disputado el partido. Pues bien: el cineasta Sergio Cabrera ha utilizado ese encuentro memorable para explicar en una película la posible realidad paradójica de Colombia. ¿El tema?

El tema. Como siempre que hay guerras incomprensibles, Sergio Cabrera ha utilizado la terrible tragedia de Colombia para decir qué pasa cuando es imposible explicarlo. En este caso, se trata de dos bandos, la guerrilla y el Ejército: hacen un alto en el camino de su propia matanza, poco después de una gran batalla; en medio de la refriega han quedado inservibles los dos televisores con que cuentan ambos bandos, y esa noche es cuando se disputa el memorable encuentro que luego habría de ser del 0-5. Los jefes de los contendientes se ponen de acuerdo, y recomponen uno de los aparatos, y en torno a él tienen el acuerdo provisional de ser felices. Mientras dura la película -Golpe de estadio- ya en el cine, la gente rememora el triunfo como si se estuviera produciendo otra vez, y aunque aquí es difícil escuchar de dónde es cada uno, pues se miran en silencio y de reojo desde hace muchas décadas, comparten la alegría, son felices. Después acaba el partido y vuelven a la guerra, mascando chicle ajeno, quizá, o nada, mascando nada.

La historia. Terrible historia la de los países divididos; lo padecimos, y es inolvidable: esta guerra civil no se produce en tiempos extraños: son de nuestro tiempo los odios que mantienen colombianos entre sí, y por mucha tregua que haya esto es violencia y se ve, en las ciudades y en los rostros golpeados por años de pobreza y de violencia, de violenta pobreza. Cuando el alcalde cerró la ciudad de Bogotá puso sobre la mesa un símbolo terrible. ¿La violencia es de la noche? Desde el cielo se ve Colombia como una unidad misteriosa; está dividida en dos a ras de tierra, y en cada una de las mitades figura un cuchillo igual, la misma mano que lo empuña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de febrero de 1999