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TRIBUNA

Queridísimo Simenon, mi querido Fellini...

El creador de Maigret y el director de La dolce vita mantuvieron durante veinte años una jugosa correspondencia

Fueron 20 años de correspondencia entre los dos creadores. El novelista belga Georges Simenon le escribía, cargado de sabios consejos, a su "querido, gigantesco amigo Fellini". Y el italiano, 17 años menor, le hablaba sobre la "exasperante sensación" de no haberse preocupado nunca por otro que no fuese Federico Fellini. Y elogiaba la capacidad del escritor para haberse interesado por esos "hombrecillos" que el narcisismo felliniano nunca tuvo en cuenta. Y Simenon lo tranquilizaba: "Puede estar tranquilo, porque los otros son siempre yo". En las últimas cartas, los papeles se invierten y es Fellini quien anima a Simenon cuando se queja de que ni se puede mejorar al mundo ni al hombre con el arte.

Uno era minimalista; el otro, barroco; el belga escribía a mano, en una letra minúscula, casi indescifrable, mientras que el italiano lo hacía a máquina porque "con el lápiz y la pluma" sólo sabía hacer " esos pequeños dibujos pornográficos"; uno era carissimo, mientras que el otro recibía el tratamiento de mon cher. Entre Simenon y Fellini, entre el novelista belga francófono y el cineasta de Rímini, existió una larga historia de amistad que comienza en 1960, cuando el escritor era presidente del jurado del Festival de Cannes que premia La dolce vita. Luego, esa amistad se convierte en un flujo de correspondencia ininterrumpida entre 1969 y 1989, que ahora aparece convertida en un librito de 95 páginas. Son 20 años de carteo entre dos artistas que tienen muy poco en común, excepto la admiración mutua. Además comparten ciertos rasgos de carácter, como una gran capacidad de trabajo apenas tamizada por la tendencia a la depresión, el odio por la sociedad contemporánea, la nostalgia de la infancia y un entusiasmo compartido ante la mujer.

Georges Simenon decía de sí mismo que hacía "piezas de mosaico", unas novelas-baldosas que, puestas una junto a otra, acababan por ofrecer algo así como una imagen de conjunto. "Usted, en cambio, ha pintado frescos", le escribía a su "querido, gigantesco amigo Fellini". Éste elogiaba al inventor del comisario Maigret porque había sabido "interesarse por los problemas" de esos que Simenon denominaba hombrecillos, mientras Fellini reconocía " la exasperante sensación" de no haberse preocupado nunca por otro que no fuese él mismo. Simenon, no en vano 17 años mayor que Fellini, le quitaba importancia al narcisismo felliniano: "¡Puede estar tranquilo, porque los otros son siempre yo!".

El secreto de esa larga admiración mutua no sólo debe descansar en la valía de sus respectivas obras, sino también en el hecho de que el uno era espectador, y el otro, lector, pero nunca entremezclaron sus papeles. Ni Simenon quiso ser adaptado por Fellini ni éste se lo propuso, pero tampoco nunca el novelista intentó inventar personajes exuberantes, próximos a las distintas variaciones de I vitelloni.

La vanidad donjuanesca hubiese podido enfrentarles, pero la edad les protegió de la rivalidad. Cuando Simenon decía haber poseído 10.000 mujeres si contaba desde los 13 años y medio, y entre las cuales incluía a 8.000 prostitutas, eso era para concluir que su carrera de Casanova había sido un fracaso: "No es porque buscamos el contacto humano, que lo encontramos. Lo que de verdad se encuentra es el vacío". No otra cosa hallaba al final Donald Sutherland de Fellini encarnando al caballero Giacomo Casanova, ese "playboy de provincias que lleva la contabilidad estadística de sus amores".

En esos 20 años de amistad epistolar hubo pocos encuentros. En un caso, porque Fellini emprende el viaje, pero el azar le conduce a un hotel que le recuerda el hospital del Dr. Mabuse; en otro, porque el rodaje se avanza; en otro, porque se retrasa o simplemente porque se complica. Para Simenon, viajar ya no era un placer, y él esperaba en su Lausana de adopción, escribiendo un diario porque ya no tenía fuerzas para seguir creando personajes. En 1977 se encuentran de nuevo frente a frente y Simenon, después de calificar al Papa de chantajista, se muestra escéptico respecto a la posibilidad de mejorar no el mundo, sino el hombre. Fellini coincide con él, pero cree que hay espejismos que ayudan a vivir: "Usted y yo sólo hemos contado fracasos. Todas las novelas de Simenon son la historia de un fracaso. Y las películas de Fellini, ¿acaso son otra cosa? Pero lo que yo quiero decirle es que cuando se cierra uno de sus libros, incluso si acaba mal, y, en general, acaban mal, se ha hallado en él una energía nueva. Creo que el arte es eso, esa posibilidad de transformar el fracaso en victoria; la tristeza, en felicidad. El arte es el milagro..."

Mi queridísimo Simenon:

Voy a contarle otra cosa para indicarle qué enriquecedor ha sido, para mí, el encuentro con su imaginación y su creatividad. Un pequeño sueño que tuve hace dos años, antes de empezar Casanova. Atravesaba una época negra. Inercia, desánimo, marasmo, odio hacia esta película, la sensación de que me había metido en un buen jaleo, noches enteras discutiendo, soñando despierto sobre la manera de escabullirme de mis compromisos sin causar demasiados estragos. ¿Qué tengo yo que ver con Casanova?, me decía. ¿Qué sé yo del siglo XVIII? Nunca he podido soportar los grabados amanerados ni las pelucas blancas. Además, ¿cómo voy a arreglármelas para rodar una película en un idioma que no es el mío? Consultas con los abogados, kilómetros de papeles escritos, y luego rotos, con el fin de intentar ablandar al productor, rabietas tremendas contra los que pretendían tranquilizarme. Me sentía prisionero, encadenado, condenado a hacer una película profundamente ajena a mi temperamento, mi imaginación, un personaje que no me pertenecía, que no me era simpático...Total, una noche sueño que me despierto a causa del repiqueteo constante de una máquina de escribir. Me doy cuenta de que me he quedado dormido en un enorme jardín humedecido por el rocío, con grandes plantas cargadas de hojas de color verde intenso. Al fondo, en el centro del césped, hay una construcción en forma de torre. El ruido de la máquina procede de allí. Me acerco y ya no se oye ningún ruido. Me alzo sobre las puntas de los pies, me asomo por una ventana circular y descubro una habitación, encalada como una celda, en la que está un hombre, un monje, que hace algo que no puedo ver porque me da la espalda. Está sentado, y a sus pies, en el suelo, hay una decena de niños y niñas muy simpáticos, que ríen, bromean, le tocan las sandalias, el cordón de su sayal. Al final, el hombre se da la vuelta: es Simenon. De su mentón cuelga una barbita blanca, pero me doy cuenta enseguida de que es un postizo, una barba de disfraz. Asombrado, incluso un poco decepcionado, no hallo ninguna explicación hasta que oigo, a mi lado, una voz que me dice: "Es falsa". Por supuesto que es falsa. No es un anciano. Al contrario, es muy joven. Mucho más joven que antes. "¿Y qué hace?", pregunto. "Pinta su nueva novela. ¿Lo ves? Ya ha pintado más de la mitad. Es una novela magnífica sobre Neptuno". La voz se desvanece y esta vez me despierto de verdad. No quiero enzarzarme en explicaciones más o menos procedentes (olvido decirle que, en esa época, entre mis motivos de depresión se encontraba la desagradable conciencia de haber franqueado la barrera de los 55 años y empezar a deslizarme inexorablemente hacia los sesenta), pero lo que es indudable es que, a la mañana siguiente, sentí que mi tensión disminuía, la película me parecía menos detestable y me puse a trabajar. Hice la película. ¿La dificultad del inglés? Si, en mi sueño, Simenon podía incluso "pintar" sus novelas, ¿por qué no podía yo rodar una película en una lengua que no es la mía? ¿Y el hecho de que el personaje me fuera ajeno? ¿Esa lejanía que sentía respecto a Casanova? Sí, es verdad, era un personaje que me resultaba extraño, que sentía muy alejado, pero, al mismo tiempo, era un personaje que vivía profundamente dentro de mí, exactamente como Neptuno, dios de los abismos marinos. En resumen, mi queridísimo amigo: Simenon, señor de la vida y la creatividad, pertenece a la mitología onírica e interviene como un santón para hacer milagros. Perdone esta verborrea deslavazada y gracias de todo corazón. Buena suerte. Su Federico Fellini. Via Margutta, 110, Roma.Federico Fellini

Mi querido Fellini:

He sentido gran emoción al recibir su carta. Por un momento confié en verle en Suiza, pero comprendo muy bien sus reacciones y su huida. Todo lo que me dice me conmueve profundamente, porque, a pesar de mis setenta y tres años y medio, todavía me considero y me siento un chiquillo. Usted es probablemente, en el mundo, la persona con la que siento unos vínculos más estrechos en el terreno de la creación. En un prefacio intenté decirlo, aunque torpemente. Me gustaría que comprenda usted hasta qué punto me siento próximo, no sólo como artista, si es que puedo emplear esa palabra que no me agrada, sino como hombre y como creador. Tanto usted como yo seguimos siendo, y confío en que seguiremos siendo hasta el final, niños grandes que obedecen a impulsos internos y, con frecuencia, inexplicables, más que a reglas que no poseen significado para mí ni para usted. Todavía menos para usted que para mí, debido a lo que conservo de mi infancia, cuando era un niño amable y obediente, como con una especie de timidez. Usted, en cambio es un lanzado. Yo intento serlo desde hace algunos años, es decir, desde que dejé de escribir novelas, pero es posible que ahora, como un carnero enfurecido, esté exagerando, sin encontrar el justo medio. El sueño que me cuenta se parece a alguno de los míos, pero casi me inquieta haber desempeñado un papel tan importante en él y haber participado, aunque sea mínimamente, en su creación del Casanova. Yo también conozco momentos en los que no hay más que vacío, y en cien ocasiones he sentido la tentación de no escribir más. En mi opinión, es algo relacionado, tanto para usted como para mí, con el hecho de experimentar periodos de depresión en los que nos sentimos, por así decir, inútiles y vacíos. Por fortuna, usted, sobre todo usted, se recupera siempre y, cuanto más hundido se siente en un momento, más arriba vuelve a subir. Creo, sin querer hacer de crítico ni analista, que se trata de algo totalmente natural, y estoy dispuesto a jurar que le ocurría con frecuencia a alguien como Miguel Ángel o Leonardo da Vinci. Le admiro desde sus primeras películas, pero lo que más admiro es que se haya deshecho de todas las obligaciones, todos los tabúes, todas las normas. En el mundo del cine actual, usted es único, y en el fondo de su alma lo sabe. Y precisamente el hecho de no tener igual es la razón de que, en ocasiones, se sienta solo y sin confianza en sí mismo. Mi querido Fellini, siga regalándonos obras maestras, contra viento y marea, con su profunda intuición, mientras otros nos fabrican películas a medida. Espero que algún día volvamos a encontrarnos, de corazón a corazón, porque le considero personalmente como un hermano. Y por eso le envío un abrazo fraternal. Y también a Giulietta. Fielmente suyo, tanto en el afecto como en relación con su obra.Georges Simenon

Querido Fellini, hermano:

Probablemente debería escribir "hijo mío", dada nuestra diferencia de edad. Pero, como puede comprender, empleo la palabra "hermano" en otro sentido. Hay dos hombres a los que doy ese nombre, y el otro es, por el contrario, mayor que yo; me refiero a Jean Renoir, al que conocí antes de 1930, cuando todavía luchábamos, mano a mano, por lo que entonces se llamaba el cine de vanguardia, una lucha que, en varias ocasiones, supuso que nos llevaran a la comisaría. Si me permito establecer un paralelismo entre él y usted es, en primer lugar, porque, por muy lejos que nos encontremos desde el punto de vista geográfico, nunca he tenido la impresión de que nuestras relaciones puedan sufrir por ello, igual que me ocurre con Renoir, que vive desde hace años en California.Entre ustedes dos y yo existe un vínculo sobre el que, tal vez, exagero, pero en el que creo sinceramente. En dos formas artísticas diferentes, perseguimos el mismo objetivo: un conocimiento más íntimo del hombre, por no decir de la humanidad. Y lo hacemos de una misma forma, que podríamos denominar anti-intelectual. Creo que ya le he dicho que usted es, como yo, un instintivo, y lo que ha ido registrando de forma involuntaria desde la infancia, lo que sigue registrando de forma involuntaria en la actualidad, lo presenta con una fuerza que hace que sus obras sean universales. A menor escala, lo mismo me ocurre a mí. Y lo mismo le ha ocurrido, toda su vida, a Jean Renoir. Somos una especie de esponjas que absorbemos la vida sin saberlo, y que luego la devolvemos transformada, sin ser conscientes del trabajo de alquimista que se ha producido en nuestro interior. En nosotros, es una cuestión relacionada con la magia. Usted es el más grande de nosotros tres. Pero sé, por experiencia, cuántas angustias implica esta forma de crear, cuántos desánimos y, al final, cuántas satisfacciones y cuánto alivio. Gracias por su estupenda carta del 30 de octubre. Le siento muy cercano, a pesar de la distancia, pero me regocijo de que una ocasión cualquiera pueda reunirnos. Entonces podré expresarle mejor mi admiración, mi afecto y mi agradecimiento de amigo a Giulietta, que le ayuda a llevar la carga de una creación perpetua.Su fiel Georges Simenon

Mi querido Simenon:

Y yo, ¿qué he hecho durante todo este tiempo? He hecho una película corta; se llama Prova d"orchestra, y en él he querido contar la atmósfera, la confusión, los intentos, los esfuerzos de un grupo de músicos para lograr reproducir ese momento de armonía prodigiosa que es la expresión musical. Desde luego, junto a los músicos hay un director de orquesta que comprende, en la difícil dialéctica de esa relación, que el objetivo común, que debería ser hacer música, queda reprimido, apartado, desconocido, ignorado. En esta obrita, como es natural, también suceden otras cosas; pero lo que no creía haber incluido, y nunca tuve intención de incluir, son los significados, las ideas, la "simbología" que han desencadenado las encendidas polémicas alimentadas por políticos, ministros, periodistas, sociólogos, sindicalistas, incluso los empresarios... un barullo para el que no estaba preparado y que me desorienta y me intimida. Acabé por huir y he vuelto a refugiarme aquí, en Cinecittà, donde he regresado a la preparación de La ciudad de las mujeres, una película que estaba ya en marcha desde el año pasado y que había interrumpido exactamente durante el periodo navideño.Intento volver al trabajo, sin demasiadas energías. ¡Qué film tan extraño! O, mejor dicho, ¡qué extraño lo que me ocurre con este film! Es la primera vez que me siento tan inerte, tan vacío, como un desconocido en relación con un proyecto que debo llevar a cabo. Y, a su vez, la película se me muestra indiferente e inaccesible, encerrada en su naturaleza opaca y compacta. Nos menospreciamos mutuamente. Evitamos encontrarnos. Mientras tanto, en los estudios, se van construyendo los decorados día a día, mis colaboradores se afanan con su fervor habitual mientras que yo tengo, sin cesar, la sensación de ocuparme de algo con un despego y una tranquilidad irresponsables, como si lo hiciera por cuenta de otro, alguien que va a arreglar todo cuando venga, que quizá decida, de forma expeditiva, que no se hace la película; al menos, eso es lo que deseo y aguardo.En cualquier caso, el único sentimiento que tengo la impresión de experimentar respecto a toda esta historia es la curiosidad de saber cómo y quién va a terminar esta película. Desde luego, no yo. Con esto acabo, no quiero aburrirle más con mis jeremiadas de costumbre. Para las fiestas de Navidad, Giulietta y yo hemos pensado pasar unos días en casa de los Keel, en Zurich. Aprovechando la ocasión, si le apetece, iremos a verles a ustedes, y estaremos algún tiempo en su compañía. Dele mis mejores recuerdos a Thérèse; le envío un abrazo afectuoso, mi querido amigo de siempre,Su Federico Fellini

Mi querido Fellini:

Me piden que añada mi débil voz a las numerosas, incluso oficiales, que, del Lincoln Center de Nueva York a Venecia, en todo el mundo, reconocen por fin tu genio. Un término que no me agrada, porque es demasiado vago y se utiliza para demasiada gente. Por mi humilde parte, a quien me pregunte qué es un creador (¡ésa es la palabra genuina!), le responderé sin dudarlo: fíjese en Fellini. Porque eres tú el prototipo de los creadores. Nunca has imitado a nadie. Nunca has seguido ninguna moda. Nunca has adaptado la obra de ningún novelista, un poeta o un guionista titulado. Ni has seguido -todavía menos- los consejos "acuciantes" de los productores ni has tenido en cuenta los gustos cambiantes del público.Tus películas son todas distintas, porque responden a tus preocupaciones, tus angustias, tus obsesiones del momento. Porque, como todos los creadores, en todas las artes, lo que expresas, tal vez sin saberlo, son tus obsesiones, a veces dolorosas. Un creador no es jamás un hombre tranquilo. Estoy seguro de que tú, cuando trabajas, no sabes a dónde te va a llevar tu exorcismo. Y por eso, en mi opinión, eres tan grande, el prototipo, como he dicho, del creador para el que crear es una necesidad nunca satisfecha y siempre urgente.¿Estás de acuerdo conmigo? ¿Me equivoco? En todo caso, puedes estar seguro de mi viejo y fiel afecto y de mi admiración. Me deslizo entre la multitud que te rodea para darte un abrazo de hermano, Georges Simenon

Querido Simenon:

He recibido con enorme retraso tu telegrama de felicitación (¡me parece que los correos que llevaban el correo a caballo en 1800 eran más rápidos!), que me ha alegrado y, al mismo tiempo, me ha hecho sentirme culpable porque hace mucho tiempo que no te escribo, y el vínculo que conservo contigo existe sólo en la imaginación, en el sentimiento y en la relectura de alguno de tus libros, cosa que se produce con frecuencia. En la edición de Adelphi he leído L"homme qui regardait passer les trains, que no conocía y que me ha parecido muy hermoso. Bravo, gran Simenon, nunca dejas de sorprenderme, de ser el estímulo más extraordinario y poderoso para vencer todas las dudas y seguir trabajando, haciendo, enredando, aceptando con alegría y resignación las cosas tal como son. He terminado otra pequeña película y quería hablarte de ella, cosa que haré en una próxima carta que deseo escribirte sin que pase tanto tiempo. Te envío un abrazo muy afectuoso, querido amigo, y los mejores deseos de Giulietta para ti y para Thérèse.FraternalmenteTu amigoFederico Fellini

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de enero de 1999

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