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Tribuna:

La melancolía en BarcelonaRAFAEL ARGULLOL

De la misma manera que exigen tiempo a sus interlocutores -oyentes, lectores, espectadores-, las grandes obras artísticas se resisten a la interpretación. Es más: ante el eterno problema que plantea las condiciones que deben reunir las obras maestras quizá estos atributos, la exigencia de tiempo y la resistencia a la interpretación, sean los más decisivos. Por mucho que nos aproximemos a ellas siempre hay una distancia insalvable que nos separa de su núcleo. Siempre estamos demasiado lejos. Harían falta diversas vidas, y aun así percibimos, con cierta ansiedad, que no llegaríamos a cerrar el círculo. Como compensación, la aventura que nos proponen es ilimitada. Por mucho que nos hablen de relativismo cultural -y de "indiferenciación artística"-, estas obras son reconocibles incluso por ojos y oídos tan fulminantemente consumidores como los nuestros. Es verdad que estamos acostumbrados a deslizarnos por una superficie plana en la que todo se iguala, con independencia de su valor, y que somos suficientemente cínicos -o estúpidos o inseguros- como para no alzarnos contra este igualitarismo de la producción, quizá por miedo a ser tachados de selectivos. En la esfera del arte estos cinismo y temor, a las dosis elevadas que hemos ingerido, nos han llevado a una encrucijada en cierto modo nihilista, pese a la apariencia democrática: al negar la diferenciación creativa hemos arrasado la profundidad y el placer del arte, sea en aras de la facilidad, sea en función del espectáculo. Como en tantos otros aspectos, no somos viajeros sino turistas. Y, sin embargo, es absolutamente seguro que la obra maestra necesita viajeros puesto que, de lo contrario, permanece secreta o tan desoladoramente plana y vulgar como la mirada adocenada de quien la contempla o el oído de quien la escucha. Esta es la trampa y el castigo de un tipo de cultura como la nuestra: creemos que vemos y que oímos, e informamos a los otros que hemos visto y que hemos oído, pero nuestra situación es la de aquel turista para el que da lo mismo estar en Túnez, en el Caribe o en Madagascar porque en todos los lugares el hotel es el mismo, con iguales animadores y similares diversiones. Como es sabido, la clave es que el producto (viajes, exposiciones, museos) sea fácil, accesible y, especialmente, acumulativo. La obra maestra es difícil, casi inaccesible y recia a la acumulación puesto que nos obliga una y otra vez a volver a ella. Lejos de hacernos coleccionistas, nos hace mendigos conscientes de nuestra modesta situación. En buena lógica deberíamos permanecer un tiempo ilimitado ante ella y aun así nos faltarían varios universos por descubrir. Nos hace operar de manera inversa a como estamos habituados: mientras en lo que consideramos nuestro mundo actual podemos recorrer todos los lugares, encontrándonos siempre en el mismo lugar, la obra maestra nos obliga a no movernos para trasladarnos a los confines de conocimiento. Por eso nos subyuga. Quien, escéptico, quiera hacer la prueba tiene estos días la oportunidad única de visitar La Pedrera y en horario propicio para acercarse a una obra que, como pocas, reúne con enorme pureza las características de la maestría: La melancolía de Durero, el grabado ante el que es imposible permanecer, con toda probabilidad, la vida entera sin que disminuya nuestra fascinación y nuestro asombro. Una obra, por otra parte, que diluye fulgurantemente el supuesto antagonismo entre saber y sensibilidad porque, magnífica paradoja, la sorpresa y el goce aumentan al mismo ritmo en que lo hacen nuestros conocimientos acerca del enigmático grabado. Que La melancolía (1514) esté flanqueado por San Jerónimo en su celda (1514) y El caballero, la muerte y el diablo (1513) -reuniendo sus tres Meisterstiche pertenecientes a la colección de la Biblioteca Nacional de Francia- constituye un acertado testimonio del destino artístico férreamente coherente de Durero. Entre la sabiduría del santo y la entereza del héroe se alza la tensa espera del artista. Quizá por eso el grabado se ha podido considerar el autorretrato espiritual del propio pintor alemán. Como es sabido, pocas obras en la historia del arte occidental han sido sometidas a tantas tentativas de interpretación, desde los comentarios suscitados en su propia época -Durero tuvo una gran difusión como grabador- hasta el más reciente y erudito, publicado por Panofski, Klibanski y Saxl en 1964 bajo el título Saturno y la melancolía. También constante ha sido su presencia en la literatura, en especial vinculada al motivo fáustico, con repetidas alusiones tanto a la obra de Goethe como a Doktor Faustus de Thomas Mann, donde reaparece el cuadro mágico que cuelga tras el ángel de Durero. El análisis de sus componentes iconográficos conduce, siempre, al nudo de tradiciones cruzadas que señalan el paso de la Edad Media al Renacimiento: el humanismo neoplatónico, el hermetismo, el esoterismo astrológico, la pasión por la geometría y la anatomía. Paralelamente, en el caudal inagotable de los símbolos integrados en La melancolía se ha visto, con razón, la síntesis de una determinada concepción de la creación artística -de enorme fortuna en el mundo moderno- que asociaba a los "nacidos bajo el signo de Saturno", a los melancólicos, con el genio creativo. Por los mismos años que Durero grababa esta obra, Miguel Ángel, en Roma, defendía iguales postulados en sus sonetos. Y de hecho, la posición del enigmático ángel del grabado, sentado con la cabeza apoyada en la mano, se repite en la tumba de Lorenzo el Magnífico en Florencia o en el Heráclito de la Escuela de Atenas de Rafael, difundiéndose ampliamente en el arte europeo hasta materializarse, de nuevo, en obras como El pensador de Rodin. Pero el poder de La melancolía estriba, precisamente, en el hecho de que la montaña de comentarios e interpretaciones que ha suscitado -sea como conjunto, sea en sus riquísimos detalles iconográficos- no aplasta su misterio, sino que lo incrementa. Y son este misterio, esta dificultad, esta resistencia los que convocan al aventurero a este viaje para el que nunca hay guías suficientes porque, gozosamente, nunca termina.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de septiembre de 1998