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Los niños de la selva

Y pensar que creí saberlo todo sobre excursiones selváticas. He estado en la selva madre, la selva hija, la selva prima e, incluso, la selva amazónica. Pero jamás se me ocurrió que, para ir a cualquier selva, tendría que dejar tras de mí, a modo de señas de identidad, estupideces de firma (ejemplo: un cinturón con iniciales) que permitiera a los enanillos del bosque localizarme, cual gnomo hermano, en caso de temblor de pámpanos, o diluvio. Sin embargo, ellos (José María Aznar y Ana Botella, los ellos por antonomasia), acaban de darnos una gran lección en la selva colombiana. Sin duda, no se han perdido (what a lastima!), gracias a que llevaban, sujetando sus gráciles talles, respectivos cinturones con las siglas AB (ella) y JMA (él), que hicieron que no se quedaran perdidos, canijos y desorientados, bajo el temblor de la quentia tropical.Mero paréntesis, u omisión (por piedad) sobre el conjunto que lució Ana Botella el día que se vistió de Ifigenia en Aúride (o Desideria en Estambul) para llenar de estupor a los papagayos y sembrar de espanto las orillitas del Orinoco. Falda campera escarlata, chalequillo a juego y camiseta blanca. Hasta aquí, muy bien, sobre todo porque la Segunda Dama lucía, sobre el hombro derecho, una especie de pañuelo Chanel para tapar divanes, a modo de poncho upper class. Además, considero que, en plan sencillo, el collarón fantasía y los pendientes talla sonotone quedaban ideales para lucir entre los indios.

El único problema es que, conocedora precaria y solamente viajada por las humedades de la sierra de Madrid, creyó que podía visitar la selva calzada con alpargatas, del mismo color, eso sí, que la falda, el chalequillo y los mofletes grabados al Guttenberg. Bien, no tengo nada contra el uso de la alpargata, también llamada en catalán esperdenya. Pero, ¿sabía ella que el esparto de la suela empapa? Y empapa, y empapa, pero que mucho empapa. En fin, que me acordé de Groucho Marx (perdónenme todos por sacar a colación semejante apellido, que parece un verbo sobre la libertad), y de lo que le dice el galán del mostacho y el frac a Margaret Dumont en una de sus reencarnaciones cinematográficas (¿Una noche en la ópera, o Una noche en la selva?). O sea: "Querida, ¿recuerdas cuando bebí champán en tu zapato... unos dos litros y medio?". Hay gente que nunca estará a la altura de las circunstancias.

La verdad es que, esta semana, carezco de un amplio abanico de temáticas. Sin embargo, ¿cómo no penar ante el dolor que experimentan algunas de nuestras grandes mujeres de la Historia? Algunos que se creen conservadores, como el querido y candescente Mario Vargas Llosa (el padre, no jodamos, porque el hijillo no existe: gran escritor es el padre, a quien admiro y no dejo de leer, ideologías aparte), sólo son palentólogos, y se quejan de que las progresistas apoyamos a Clinton y a su (¿está seguro?) Hillary porque ambos son demócratas. ¡Ay!, ¡no me toque las criadillas, mi cuate!

Ojalá empapelen a Bill, no porque le guste que se la mamen sino porque: a) lo hizo en horas de oficina, pagado por los contribuyentes; b) obligó a esperar el fin de su desahogo a Yasir Arafat, con el consiguiente desafuero para los territorios ocupados; y ni siquiera se corrió, y c) es el típico estúpido ciencuentón lleno de hipocresía. De paso, que destituyan también a Hillary, esa hiena con lentillas, la mujer lamentable que ha montado un negocio con su primer novio para, algún día, sacarle provecho a su propia inversión de mamadas. Me da asco el bombardeador de farmacias sudanesas.

Dicho todo lo cual, daría mi caspa de este año, y la del año que viene, por que alguien, algo o incluso cualquiera, me regalara un cinturón con una chapa con las iniciales, como las de los Segundos por antonomasia, para saber quién soy, y cómo soy, aunque sea en la selva.

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