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Entrevista:

El neoexpresionista Anselm Kiefer muestra 50 obras en Madrid sobre la soledad y las estrellas

El artista considera la astrofísica como un recordatorio de la marginación humana

Este hombre con gafas, delgado, pulcramente vestido de hilo y algodón blanco, calzado con sandalias, podría ser un monje, un filósofo, un sabio. Pero Anselm Kiefer (Donaueschingen, Alemania, 1945) es un artista de nuestra época, irónico y provocativo, retórico, teatral, idealista y sumamente espiritual. El pintor alemán inaugura hoy una exposición en el palacio de Velázquez del Retiro madrileño, que supone su primera muestra en solitario en España. Kiefer confiesa su pasión por la filosofía y la astronomía y manifiesta : «Las estrellas nos recuerdan nuestra pequeñez y marginación».

Obsesionado por la naturaleza, por los mitos y tradiciones de la antigüedad, por la historia de los hombres y por el Universo, se enfrenta a la charla con toda la calma del mundo, como si un poco más allá no hubiera una legión de especialistas desembalando, arrastrando, montando e instalando su primera exposición antológica en España: medio centenar de obras monumentales que son un antídoto contra la vacuidad y el horror de la vida humana.Pregunta. En su obra se percibe una voluntad humanista.

Respuesta. Mi humanismo es automático.

P. Me cuesta creerlo. ¿Por qué le interesan la astrofísica, la astrología, la filosofía?

R. Porque es nuestra vida. Es poesía. Todo el mundo empieza preguntándose por su psicología; después, por la filosofía, por su pueblo, por la Tierra, por el Universo. Esto es lo natural. Pascal o Einstein son también filósofos.

P. Ellos intentaron cambiar el mundo. ¿Y usted?

R. Los marxistas pensaban que al artista le correspondía ese papel, pero yo soy más modesto. Yo reclamo las «apariciones», en un sentido fenomenológico. Me siento como un canal a través del que discurren las ideas. Intento comprender y comprenderme a mí mismo, pero no me pregunto qué puedo aportar a la sociedad, porque me parece poco fértil.

P. ¿Qué papel desempeña la tradición en su obra?

R. Creo que la historia es el futuro.

P. ¿No el pasado?

R. La historia no es algo que ya está hecho, es algo tan fluido como el nacimiento de las estrellas.

P. ¿Por qué está tan fascinado con las estrellas?

R. El interés no es sólo mío. Las estrellas están ahí y nos recuerdan constantemente nuestra pequeñez, nuestra marginación.

P. Una reflexión poética.

R. Las estrellas influyen en nuestro destino. La astronomía y la astrología, toda la astrofísica y la teoría del big-bang nos demuestran que a todo macrocosmos corresponde un microcosmos. El cosmos no es estable. Imagine un poco de ceniza. Esa ceniza se concentra y a causa de la gravedad se hace una reacción nuclear, estalla y de ahí nace un nuevo sol. Una estrella que brilla. Después se colapsa y muere, se convierte en un agujero negro y se acabó. Siempre es así: nacimiento, muerte, nacimiento... como sobre la Tierra. Igual que nosotros. En el macrocosmos y en el microcosmos. En el siglo XVII, Robert Fludd dijo que cada color y cada planta de la Tierra tienen como correspondencia una estrella en el cosmos. Es una frase muy bella.

P. Me sorprende el título Almacén de estrellas de uno de sus cuadros.

R. Se llama Almacén de estrellas y en él aparece una serie de números y letras que significan el nombre, el calor, la densidad o el tamaño de las diversas constelaciones. Lo tomé del catálogo de la NASA. Pero el cuadro tiene además otro título, Campamento bajo las estrellas, que se refiere a los nómadas y a la noche.

P. ¿Y esa gran caja llena de guisantes qué significa?

R. Se titula Leviatán y hace referencia a un episodio autobiográfico. En Alemania, en los años ochenta, el Estado decidió hacer un censo de todos los ciudadanos. Yo rehusé dar mis datos y entonces me amenazaron con multas y hasta con la cárcel. Fui a los tribunales y llegué hasta el Tribunal Supremo.

P. ¿Quién ganó?

R. No me dieron la razón, pero tampoco me cobraron las multas ni entré en la cárcel.

P. ¿Y los guisantes qué tienen que ver con esto?

R. En Alemania hay un proverbio sobre la estupidez de querer controlarlo todo. Como contar guisantes.

P. Usted compara al Estado con Leviatán, el monstruo marino que aparece en las Escrituras.

R. Así es. El filósofo Hobbes sostiene que el Estado es ambiguo: por un lado protege a sus hijos y por otro los devora.

P. Veinte años de soledad es otro de sus títulos sumamente sugestivos. Pero reconozca que la lista de los materiales con los que está hecha la obra es bastante llamativa: planchas de plomo del tejado de la catedral de Colonia, esperma...

R. Lo de las planchas de la catedral no tiene misterio: se cambiaron y yo las compré. No era cuestión de misticismo; la idea de tener ese material me atraía.

P. ¿Y lo del esperma?

R. Es mío. Es mi propio semen. Son pequeñas manchas, blancas, marrones, que aparecen sobre una treintena de libros blancos que forman parte de la obra.

P. ¿Qué ha querido decir?

R. Habla de la soledad, que es una palabra ambigua, al mismo tiempo triste y agradable. También tiene que ver con el lujo. Cada eyaculación son millones y millones de posibilidades desperdiciadas. Es el lujo total y es un sinónimo del arte. Porque cada obra significa otras muchas que no se han hecho.

P. ¿Por qué es tan irónico?

R. Porque la realidad es sumamente cruel. Si se toman las cosas en serio no se puede sobrevivir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de junio de 1998