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Editorial:

Karol y Fidel

NO HA habido choque de trenes, sino encuentro entre dos supervivientes que se saben en la última vuelta del camino. Fidel Castro es el superviviente de los sueños revolucionarios de la izquierda de los sesenta. Los sueños se esfumaron, pero Fidel resiste disfrazado de -guerrillero antiimperialista. Juan Pablo II es el superviviente de la revolución conservadora de los ochenta -aunque éste no sea- su- único perfil posible-, cuyos otros pilares fueron Thatcher y Reagan. Hoy hay un laborista en Downing Street y un demócrata -en dificultades- en la Casa Blanca. Sólo Wojtyla permanece. Pese al alejamiento ideológico y biográfico que tanto ha demorado su encuentro, diríase que entre estos dos hombres se ha producido ahora un sutil y recíproco reconocimiento. El factor humano ha sido seguramente decisivo en la forma como Juan Pablo 11 ha enfocado este viaje, que concluye hoy con una misa en la plaza de la Revolución, entre la imagen del Sagrado Corazón y el retrato del Che, y con la presencia del comandante Castro. El Papa ha dicho lo que de él se espera sobre la familia -el 66% de los matrimonios cubanos se separa-, el aborto, la educación. También ha lanzado mensajes políticos, pero lo ha hecho desde la moderación y la voluntad de diálogo: en la medida en que la Iglesia gane libertad en Cuba, ha venido a decir, será más fácil una salida gradual, moderada, a la falta de perspectivas de la revolución cubana. Y ha defendido el levantamiento del embargo norteamericano, argumentando que a quien más perjudica es a los pobres. El contraste no ha podido ser mayor entre su viaje a Nicaragua en 1983 y éste de hoy a Cuba. No sólo en la imagen del Papa, enérgica entonces y vacilante ahora, sino en el tono de los mensajes. Quince años atrás, en Nicaragua, Juan Pablo II criticó agriamente al régimen de los sandinistas, en el que participaban muchos católicos. Es inolvidable la escena del Papa abroncando al ministro-sacerdote Ernesto Cardenal, arrodillado ante él. La paradoja del momento era que el castrismo halagaba a esos teólogos de la liberación mientras que en Cuba misma evitaba cualquier aproximación a los creyentes. Ahora, el Papa ha preferido un enfoque indirecto y más suave. No ha hecho un llamamiento a la resistencia, como implícitamente hizo en Polonia, por ejemplo. Se ha limitado a pedir espacio para la Iglesia, en particular en materia de libertad de enseñanza. Sus referencias a la justicia social y la crítica a la sociedad de consumo -en un país en el que es su ausencia lo que preocupa- no habrán inquietado especialmente a las autoridades. También ha defendido los derechos humanos y pedido la liberación de presos políticos. Pero ni siquiera ha utilizado la palabra amnistía, de contenido más político. Castro ha prometido estudiar posibles indultos de disidentes. Lo mismo que respondió a Felipe González cuando le pidió la liberación de Gutiérrez Menoyo; Castro lo puso en libertad cuando le pareció conveniente. Es poco probable que el dictador cubano arriesgue un gesto significativo en ese terreno. Es difícil calibrar el efecto de la visita en la población. Ha acudido masivamente a las misas del Pontífice, pero también acude a los discursos de Fidel. El castrismo ha colaborado al eco local del viaje retransmitiendo a todo el país los actos, incluyendo alguna misa que no figuraba en la programación de la cadena nacional. Se dice que los llamamientos a la democracia y las invocaciones a la libertad política tienen escasa incidencia en el pueblo cubano, más preocupado por necesidades materiales perentorias. Después de 40 años de partido único, afirmar eso resulta casi cínico. Lo mismo se decía de los países del Este antes de 1989, pero ninguno aceptaría hoy una vuelta atrás. Castro y el Papa son dos voluntaristas natos, convencidos de que la fe mueve montañas y persuadidos de encarnar la verdad. Ambos tienen un fuerte componente populista. Castro, como otros muchos dictadores, ha utilizado la agresión exterior, magnificada, como palanca de un nacionalismo popular, de resistencia del débil frente al poderoso. Ello le ha permitido prolongar su liderazgo más allá de su fracaso como reformador social. Hay, sin embargo, una diferencia sustancial entre Castro y Wojtyla. El caribeño sabe que su régimen difícilmente le sobrevivirá, mientras que el Papa polaco encabeza una institución cuya característica esencial es la perdurabilidad. El verdadero efecto Wojtyla se haría sentir si Washington atendiera al llamamiento del Papa y, en contra de lo que puede ser el verdadero deseo del régimen castrista, lograra levantar, aunque fuera parcialmente el embargo comercial contra Cuba. El régimen castrista. ha aguantado muchas penurias, pero no es seguro que pudiera resistir la ausencia de enemigo exterior; ni siquiera un enemigo más moderado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de enero de 1998