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EL ADIÓS A DIANA (1961-1997)

La espina de la emoción

Diana ha puesto en cuestión las formas estereotipadas de los Windsor

ENVIADO ESPECIALAl fin la princesa de Gales descansa en paz y con ella numerosos ingleses que se han tomado este asunto muy a pecho. Ayer, en Kesington Road, a una pareja de Birmingham que había llegado a Londres hace tres días con el propósito de no perderse de ningún modo el cortejo, la procesión les cogió dormidos en la acera dentro de sus sacos. Ni el barullo de gentes, que no fue poco, logró sacarles de su postración.Las previsiones sobre los que habrían de concurrir al sepelio se elevaban, hasta ayer, de la mañana a la noche y, el viernes, saltaron desde los tres a los seis o los siete millones. Finalmente, el número real ha sido de dos millones. De una parte, los temores a quedar bloqueados han podido disuadir a muchos; de otra parte, el buen criterio de que las cosas se ven mejor por televisión y se viven, incluso más, ha recortado la cifra hasta las estimaciones del lunes.

Con todo, Londres, en cualquiera de sus barrios soportó ayer, a medida que el desfile concluía, un desagüe de gentes que atestó las aceras y formó largas colas en los puntos donde esperaban los autobuses de regreso. En una de las esquinas de Hyde Park, junto a Marble Arch, donde se habían instalado dos pantallas de televisión gigantes, se concentraron más de 50.000 personas. Sentadas en la superficie de césped presenciaron la retransmisión en uno de los actos de catarsis colectiva más confortadores y nítidos. Allí, unos junto a otros, lloraban y se abrazaban en una unidad imprevista.

Los ingleses están sorprendidos de ellos mismos. Se han asombrado, como todo el mundo, del explosivo efecto que ha causado la muerte de Lady Di sobre los medios de comunicación, pero se han sorprendido todavía más de la comunicación que ha despertado entre ellos. Y no, además, cualquier clase de comunicación sino aquélla, sentimental y explícita, de la que no han venido disfrutando mucho. Un columnista de The Times comentaba el jueves por la tarde en la BBC 1 que no le hubiera extrañado contemplar, en un país latino, esta efusión de flores y señales públicas de dolor pero lo consideraba insólito en el Reino Unido. Mario Vargas Llosa declaraba estos días en su casa de Londres que en los 36 años de relación con Inglaterra jamás había visto reaccionar a la gente con un entusiasmo parecido.

Los ingleses han sido educados para controlar sus emociones en público. Al contrario de lo que ocurre en nuestra cultura, donde derramar lágrimas en un entierro dignifica a quien lo hace, en Inglaterra dentro de la clase educada este comportamiento se ha tenido por inconveniente. Hace sólo 20 años, en los buenos colegios ingleses se reprendía al niño que amistosamente daba una palmada en la espalda de un compañero. En el arte de apagar las emociones, de guardar las formas y de servir al protocolo no hay nada más parecido a un chino que un inglés, y por lo que se ha visto, la gente ha empezado a hartarse de obedecer a estos patrones.

Entre unas 5.000 personas que se quedaron sentadas en la hierba de Hyde Park había un grupo de tres mujeres, una tía abuela, una madre y una hija que mordiendo unos sandwiches trataban de recuperarse del viaje nocturno que las había traído desde Cleveland. Las tres coincidían en el extraordinario cambio que estas manifestaciones populares han representado para Inglaterra y la madre, Eileen Eskelton, lo atribuía a la directa influencia de Diana. A su juicio, si los ingleses creían en lo apropiado de contener las emociones era porque su más alta y respetada institución, la corona, se conducía de este modo. Riendo, abrazando o llorando a la vista de todos, Diana habría inaugurado un modelo de conducta a la que se adherían de muy buena gana los ciudadanos.

Alan Farrel, un comerciante de 60 años que había acudido desde Exeter, quiso dejar claro que en el extranjero no se conoce a la Diana que adoran los ingleses. "Para el mundo", decía, "Diana ha sido una star que podía parar la circulación en Chicago. Para nosotros ha sido la persona que con su espontaneidad ha puesto en cuestión las formas estereotipadas de los Windsor. La monarquía deberá cambiar o sufrirá cada vez más la oposición del pueblo".

Cualquiera espera que este cambio se realice no mediante el príncipe Carlos sino de sus hijos Guillermo y de Enrique, que cuentan con la simpatía de la población. La monarquía ha de cambiar porque ha visto que el pueblo ha cambiado y ese cambio sería el primer milagro de Lady Di. Un milagro que en interpretación de una señora, Mrs. Hougland, proviene de "la fuerza de su debilidad". Es decir, de la timidez, la inseguridad y hasta los pecados de Diana capaces de procurarle una consistencia humana con la que descalificó a las "momias reales".¿Se prolongará esta victoria en el futuro? Nadie ve otro porvenir que no sea una pronta actualización y modernización de la realeza. Ahora han pasado por el aro de la bandera a media asta, del nuevo lenguaje sentimental de Isabel II en su alocución del viernes y hasta por el piano de Elton John. "Lo mejor de Diana", decía un empleado del metro en Marble Arch, "es que además de guapa y muy simpática era una persona normal. Alguien que se acercaba a todo el mundo, que estrechaba las manos, que tocaba a la gente". "Yo personalmente me siento hundido, destrozado", confesaba James, un jubilado de Londres. "Me siento igual que si hubiera muerto alguien de mi familia. Y esto es lo que creo que sienten la mayoría de las personas que se encuentran aquí".

Aquí, ese lugar era entonces a las dos de la tarde de ayer una extensión devastada cubierta por los residuos de la acampada, más un granel de cuerpos exhaustos, algunos dormidos dentro de los sacos, otros inmóviles y otros más recogiendo en una lenta retirada. Hoy ya no habrá nada por lo que pugnar y mañana regresará una semana ordinaria, extrañamente vacía sin la vida ni la liturgia para Diana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de septiembre de 1997

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