Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Veinte años desatados

Avanzaba la geriatría, impulsada vigorosamente como tantas otras ramas de la medicina, por el yernísimo marqués de Villaverde. Y ahí resiste todavía la clínica Incosol por si hicieran falta pruebas. Pero crecía el desconsuelo de los adictos ante los deterioros apreciables que la edad causaba en el Generalísimo. Franco no se muere nunca, decía aquel funcionario y censor ejemplar Serrano Castilla que como delegado de Información y Turismo atendía al Caudillo cuando se acercaba a los cotos asturianos con su caña y sus botas para entregarse a esa práctica tan democrática -el río nos iguala a todos, ha dicho certero el vicepresidente Álvarez Cascos- de la pesca del salmón. Parecía haberse conjurado el inexistente peligro de que Franco se retirara en vida pero la cuestión abierta entre sus adictos era la de qué sería de ellos si acertaban a sobrevivirle. Pensaban haber descubierto el Movimiento continuo con aquella interpolación del preámbulo donde sus principios se proclamaban por su propia naturaleza permanentes e inalterables. Pero el régimen llevaba anillada idéntica fecha de caducidad que aquella en la que hubiera de concluir la vida de su Caudillo.Fue entonces, en el cerro de Garabitas, donde sus fieles se habían congregado para conmemorar alguna efemérides redonda cuando advirtiendo en sus ojos suplicantes la argustiosa solicitud de alguna prenda de continuidad, Franco les dijo aquello de "todo quedará atado y bien atado bajo la guardia fiel de nuestro ejército". Así que el fundador del régimen nunca quiso confiar la perennidad del artefacto a la voluntaria aceptación de sus compatriotas y prefirió ofrecer la garantía de la fuerza. Por eso los entregaba atados y bien atados bajo la guardia fiel de un ejército que consideraba suyo. Pero ese nuestro, propio del plural mayestático que, utilizaba en esas ocasiones, fue a medio plazo el principal error de cálculo franquista. Porque después de muchas exaltaciones contradictorias, el ejército optó por el cambio de lealtades. Dejó de ser el ejército de Franco y prefirió convertirse en el ejército de España, garante del ejercicio de su soberanía, y al servicio de su defensa. Los ejércitos abandonaron el odioso papel sobreañadido de guardián de las esencias del Movimiento y todos quedamos desatados de esa ortopedia en la que algunos hicieron su agosto. La fidelidad debería en adelante extenderse hacia sus compatriotas reconciliados por la Constitución, la guardia que cumplirían dejaba de tener el sentido de una imposición para formar parte de la defensa de unos valores compartidos.Así que ahora que de casi todo hace veinte años, como señalaba Jaime Gil de Biedma, también se cumplen casi dos décadas del nuevo papel de las Fuerzas Armadas. Sus desfiles a partir de 1977 no pudieron seguir siendo los desfiles de la victoria porque no podía seguir invocándose como victoria la de la guerra civil obtenida sobre otros compatriotas, que suponía para un amplísimo sector de los españoles el recuerdo de la humillación y de la derrota. De ahí la propuesta que en el diario EL PAÍS hiciera un colega para construir un nuevo orgullo que pudiera invocarse por el conjunto de la sociedad española sin demérito para ningún compatriota. El problema que tuvimos en los años de la transición fue que las Fuerzas Armadas no formaban parte de la defensa sino de la amenaza nacional. En efecto, las dos amenazas principales en cuanto se puso en marcha la transición fueron el terrorismo y el golpismo. Y esos peligros gozaban de complicidades en círculos concéntricos porque en algunos sectores de la izquierda costaba romper con los etarras compañeros del combate antifranquista y en la derecha todavía permanecían algunas ambigüedades sobre el recurso a las Fuerzas Armadas, entre cuyos profesionales tardaba además en prender el compromiso con la Constitución, considerada excéntrica a la formación que se les había dado al enfundarse el uniforme. Durante muchos años se halagó a las Fuerzas Armadas proclamando su comportamiento ejemplar con la democracia, pero mucho antes fue la naciente democracia la que se comportó ejemplarmente con los ejércitos. La interacción funcionó salvo visibles excepciones.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción