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Entrevista:

Dario Fo: "Si el teatro vale, indigna"

El mítico creador escénico italiano participa en Madrid en el homenaje a Lecoq

Considerado uno de los grandes talentos del teatro de todo el siglo XX, el italiano Dario Fo se encuentra desde ayer en Madrid para participar en el curso-homenaje a Jacques Lecoq que esta semana celebra el Teatro de la Abadía, que dirige José Luis Gómez. A sus 71 años, el autor, actor, director, escenógrafo y figurinista confiesa encontrarse en el mismo lugar en el que se situó hace casi cuarenta años cuando decidió hacer un teatro que favoreciera procesos revolucionarios. "Si el teatro vale, indigna", comentó ayer durante una entrevista con este periódico.

"El oficio de actor es el oficio de ladrón", subraya el autor de Muerte accidental de un anarquista, la obra más representada de Fo en todo el mundo. "He sido un gran ladrón de tiempos, de ritmos, de ideas, de soluciones, de máquinas, pienso robarme hasta la jubilación porque quiero morirme encima de un escenario, algo que todo gran actor desea fervientemente... Estamos en la única profesión donde vida, muerte y escenario son elementos de un mismo discurso", señala.Fo está convencido de que, a pesar de haber sufrido un grave derrame cerebral hace dos años, hoy puede subirse a un escenario gracias a su gran y extraordinaria voluntad de resistir y no abandonarse: "Mi salvación ha sido no tener el consuelo de ningún dios, tan sólo cuento con mi familia, mis amigos y no puedo recurrir a ningún santo, el único consuelo que tenemos los ateos es el don de la conciencia", algo que para Fo no es otra cosa que saber que forma parte de algo que se mueve y puede dejar huellas en la memoria de los otros: "Si uno deja algo a los demás, se es eterno", sostiene. El actor estuvo un tiempo, tras el accidente cerebral, con la memoria y la visión de un ojo perdidas.

Arquitecto y licenciado en Bellas Artes, Fo llegó al teatro a través de la escenografía y el figurinismo. Más tarde, un amigo le invitó a subirse a un escenario y se quedó enganchado a él. A partir de ahí creó también todo aquello que quería decir y, junto con su mujer, la actriz Franca Rame, lo ha expresado con numerosas compañías creadas por ambos a lo largo de más de cuarenta años.

Lucha obrera y estudiantil

La pareja ha sido uno de los máximos ejemplos escénicos de un teatro político, en el que los objetivos pasaban por ponerse al servicio de la lucha obrera y estudiantil sin dejar de mostrar una diversión pura y lúcida. "Se puede hacer teatro cómico sin tomar posición, pero estamos ante una bufonada, un divertimento vacío; nosotros lo que hacemos es sátira y, para que surja, necesita como base principal la indignación que provoca la tragedia y sus diferentes formas..., miseria, falta de libertad, de felicidad, opresión", comenta.Una indignación que, a veces, ha provocado su persona, no sólo a grupos de extrema derecha, sino también a gobiernos conservadores, como el de Estados Unidos, que en 1980 le prohibió la entrada a pesar del movimiento internacional de protesta -al que se sumaron Arthur Miller, Martin Scorsese y numerosos intelectuales que suscitó la medida.

Los gobernantes de su propio país tampoco se salvan de la dura crítica de Fo: "El lunes que viene me ofrecen un homenaje todos esos hombres de Estado que por primera vez se interesan por mi teatro y mi persona. Voy a ir a la cueva del lobo porque quiero verle la cara, tengo curiosidad por saber cómo son", afirma.

"La función social del teatro no puede ser otra que hablar de los problemas de toda la sociedad, pero sobre todo debe suscitar una atención acerca de las dificultades y los vergonzantes desastres que ocurren entre nosotros", cuenta el creador de Misterio buffo; "lo extraño es que son muy pocos los intelectuales que se interesan por ellos, que toman posición y se indignan, porque el teatro que vale es aquél que pone por delante algo que indigna. Hoy tenemos un teatro que propone extraordinarias elegancias, que se preocupa por grandes autores antiguos, pero no propone la vida ni la desesperación de los otros. Son intelectuales no comprometidos y su teatro no arriesga".

Dario Fo creó en 1969 un grupo en cuyos estatutos se recogía como objetivo "ponerse al servicio de las fuerzas revolucionarias, no para reformar el Estado burgués con una política oportunista, sino para favorecer el crecimiento de un verdadero proceso revolucionario que lleve a la clase obrera al poder". Hoy confiesa no haberse distanciado de aquello: "No hay que ceder, aunque los que firmaron con nosotros aquello han huido y hoy los desastres son otros". El creador añade: "Hay una gran confusión, se teme nombrar la palabra obrero, hoy se ha olvidado la idea de la defensa de la colectividad y lo más grave es la falta de solidaridad".

Nacido en el seno de una familia obrera, el teatro de Darío Fo se ha convertido en su arma: "En nuestro teatro siempre se da un juego de equilibrios, siempre situamos una parte contra otra parte, confrontando y admitiendo incluso los errores, hacemos un teatro de riesgo y compromiso, frente al teatro que se hace hoy que es de intereses". Un teatro, el de Fo, que ha abandonado en numerosas ocasiones los cómodos escenarios, para acudir a centros obreros y estudiantiles.

Su último trabajo como autor gira en torno a una pieza, que sitúa en la Baja Edad Media, en la que sus protagonistas son un juez implacable y un diablo con tetas, que termina humanizándose. "Algo que yo no he conseguido", comenta con ironía, "porque de mí no se conoce el hombre, sólo el diablo que llevo dentro, siempre monto desastres donde voy".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 1997