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Crítica:TEATRO

Dios y Freud

Lo primero que, se le ocurrió a este joven (1960) escritor de filosofía y de música fue la neurastenia, el aburrimiento de Dios, y su necesidad de un psiquiatra: nadie mejor que el Dr. Freud. Así lo ha contado él. En la comedia que le salió dejo flotar el misterio: por miedo, por respeto, por, simple precaución, el visitante que se aparece a Freud en una noche trágica -los nazis han entrado en Viena- puede ser efectivamente él; o un loco escapado del manicomio; o el inconsciente de Freud proyectado en el sueño.Yo, me inclino a pensar que es una dialéctica interna del escritor, una división de su personalidad, de sus dudas digamos que metafísicas. Nada demasiado extraordinario: el viejo enfrentamiento entre la razón y la fe entre la ciencia y lo sobrenatural. Al final, el autor, viene a decir que, frente al absurdo, mejor el misterio. Hay, por tanto, otra dialéctica teatral y francesa. O esperando a Godot que nunca llega o recibiéndole de frac. Hay matices de grandeza y profundidad entre ambas tendencias.

El visitante

El visitante, de Eric-Emmanuel Schmitt, adaptación de Arteche. Intérpretes: Manuel Galiana, Ana Labordeta, Jesús Ruyman, Luis Merlo.Escenografia: Toni Cortés. Vestuario: Cornejo. Dirección: Ángel García Moreno. Teatro Fígaro.

Vestido de frac: como un ladrón de guante blanco -Raffles, Arsenio Lupin- o como un amante de opereta que se esconde del marido burlado que, en este caso, son los nazis. O de danzarín, como Fred Astaire en su época. De esto nace el tono de comedia que se desarrolla' dentro de un mundo trágico: una frivolidad, una ligereza. Una ironía, una broma posible.

La ironía de Dios, si fuera eso, no estaría mal: una especie de personaje de Bernard Shaw, o quizá de Wilde, por encima del bien y del mal (aunque no se excluye que, en vez de Dios, sea el Demonio; o, en el fondo, una misma divinidad partida). Esta ligereza, esta gracia, estas posibilidades de risa están en el texto original, y aún traspasan en la traducción de Arteche, pero no llegan a la representación, que resulta más bien solemne: así lo ha debido preferir el di rector Ángel Gárcía Moreno, o tal vez no ha percibido la ironía del texto, o no le ha convenido. En París puede ser conveniente resolverla con gracia y con un estilo de bulevar; aquí puede ser más conveniente impresionar al público por su capacidad para comprender la filosofía. Alguna vez se dice en el texto que hay en ella "un chiste judío"; entre Freud y Dios, viejos judíos, interpretados por un autor judío: no podría ser de otra manera. La profecía del Visitante sobre, lo que para nosotros es ya pasado y que, por lo tanto, nos podría resultar asombroso o escalofriarnos de misterio también está escrita con ironía, pero colocada aquí con solemnidad y pena.

Monólogo desesperado

En todo caso, aparición y diván parecen a los que somos demasiado humanos un pequeño episodio sin importancia dentro de lo que. sucede, que aparece como fondo de la obra -por lo menos, en esta versión- y que sin duda es lo importante: la noche en que la hija del profesor fue llevada a la Gestapo del Hotel Metropol de Viena (y salvada por el Embajador de los Estados Unidos y las cuentas en el extranjero de Freud, y no por ningún medio paranormal) mientras los nazis saqueaban las viviendas de los judíos y los arrastraban hacia un destino desconocido (el visitante puede describir ya los campos de concentración, las cámaras de gas): impresiona otra vez la recreación de la gran matanza y la desesperación en el monólogo de Ana Freud (bien dicho por Ana Labordeta) por la pasividad del pueblo expoliado.Es uno de los argumentos que después se han esgrimido para justificar la crueldad de los sucesos de Palestina, que siguen, ocurriendo hoy: no volver a repetir aquella pasividad. Aunque sea una falacia. En todo caso, es un apoyo fundamental de la obra de Schmitt, y probablemente ha conducido tanto a su éxito como la broma metafísica sobre temas no menos conocidos en la filosofía popular: si Dios existe, no se sabe por qué ha permitido Auschwitz (o el Zaire, o Albania, o lo que sea eh cada momento. Ahora no se culpa a Dios sino a la Unión Europea) y ello puede hacer variar el juicio acerca de su naturaleza y su omnipotencia.

El diálogo lo sostienen muy bien Manuel Galiana, que repite con estudio y arte la figura de Freud; y Merlo, en el dudoso visitante. Fueron muy aplaudidos todos, y la obra: el final del aburrimiento, probablemente, también fue acogido con alborozo por el público que había traspasado el largo acto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de marzo de 1997

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