Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
47º FESTIVAL DE BERLIN

La Berlinale deja de ser escaparate de Hollywood

El danés Bille August abre un concurso muy esperanzador a causa de su variedad

Financiada con dinero sueco, alemán, danés y británico, Smilla o el amor a la nieve no es un europuding (emplasto sin identidad) gracias a la gran profesionalidad de su director, el danés Bille August, y de la guionista, Ann Biderman, que adapta con claridad y orden el complicadísimo argumento de la novela de Peter Hoeg (La señorita Smilla y su especial percepción de la nieve, editada en España por Tusquets). Resultado brillante, pero epidérmico de la película que abrió anoche una Berlínale que, tras largos años de sometimiento, ha aprovechado el desastre en que está desembocando el declive de Hollywood y su circo de efectos especiales para acabar con el abrumador protagonismo californiano en este gran escaparate alemán, que así abre un camino de retorno a su identidad perdida.

, ENVIADO ESPECIAL

En la anterior Berlinale, hicimos un recuento de las consecuencias de la política de conversión de este festival en un ensayo general o un precalentamiento de la ceremonia de los oscars, y el resultado fue la presencia aquí nada menos que de veinticinco nombres y títulos oscarizables. Y, peor aún, tan desmesurado número invitaba al optimismo, pues en la edición anterior eran veintiocho que se repartían los mejores días, horas y pantallas del escaparate.Este año hay también abundante cine de procedencia estadounidense, pero diluido en un conjunto variado y homogeneizado, que sobre el papel es muy esperanzador aunque luego, en las pantallas, descienda a la decepción. En cuanto giro, el de esta Berlinale es tan evidente que seguro que no se producen, como en años anteriores, autofelicitaciones de portavoces y mandamases de las cúpulas de Hollywood por su dominio de esta caja de resonancias de al cance mundial.

Moritz de Hadeln, relojero político de este tinglado, esta vez afirma a las claras lo que durante años su diplomacia ha callado, y dice que el Festival Internacional de Cine de Berlín "no es en absoluto una máquina tragaperras. Desde la selección de películas siempre nos negamos a elegir una que con venga a nuestro libro de cuentas, de la misma manera que nos negamos a presentar una película porque su agente nos prometa la presencia de este o de aquel actor. Queremos ver nuestras salas llenas, pero nos negamos a someter nuestra selección a un sistema de taquillaje. Por este motivo, distribuidores y productores nos temen. Este es un oficio en el que no se hacen amigos". Nada que añadir, salvo saludar al señor De Hadeln con un chapeau y recordarle que lo que acaba de decir siga diciéndolo en 1998, ya que no lo dijo hace 10 años, que es la fecha en que Cannes se desprendió de la colonización californiana y Berlín tomó el relevo en la pleitesía.

Estrellas

Para redondear el portazo, una anécdota que probablemente no tiene que ver con el fondo de este asunto, pero que está alborotando aquí los gallineros del glamour: estrellones que tenían anunciada su presencia -se pronuncian con todos los acentos los nombres de Winona Ryder, Sandra Bullock, Diane Keaton, Daniel Day Lewis y Jack Nicholson- han rechazado la credencial y ahora dicen (aunque luego se desdigan) que no vienen. Por lo visto alegan como coartada de su deserción solidaridad con la iglesia, culto, secta, o lo que sea, de la Cienciología, que a su parecer está maltratada en Alemania y eso les colma el vaso de su santa indignación. Angelitos como estos, que se apuntan a un bombardeo con tal de que les vean las alas y que ahora les sale un ramalazo franciscano cuando les echan de comer en el plato de todos.Pero por suerte llegaron ayer a Berlín Bille August y Julia Ormond para cubrirles la ausencia. El director y la heroína de Smilla o el amor a la nieve son gente, con eso que sólo existe cuando no se percibe y que llamamos elegancia. Por desgracia, su película no está a la altura de su persona. Julia Ormond ha hecho mejores interpretaciones y Bille August ha dirigido -recordemos Pelle el conquistador y Las buenas intenciones, pero olvidemos La casa de los espíritus- películas mucho mejores.

Smilla o el amor a la nieve intenta aglutinar en dos horas demasiadas cosas y argumentalmente lo consigue, pero a costa de enunciarlas sin ahondar lo más mínimo en cada una de ellas. Y es que aunar en una misma (trepidante y divertida) aventura a Albert Einstein y a 007, ecología y thriller, enigma policiaco y beatitud mística, psicología y cosmología, ficción científica y melodrama, capitalismo salvaje y amor maternal, misterio de laboratorio y amistad infantil, espionaje y lírica, es un juego de contradicciones demasiado difícil de llevar, incluso para un escandinavo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de febrero de 1997