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Tribuna:CRÓNICAS: JUAN CRUZ

Película sin subtítulos

Si José Luis López-Linares se hubiera llamado Ken Loach, pongo por caso, y en lugar de Javier Rioyo este madrileño inquieto, sabiondo y rápido se llamara con un nombre extranjero, ambos estarían ahora tocando los cielos de la fama cinematográfica española.Han hecho una película, Asaltar los cielos, sobre el asesino de Trotski, el español Ramón Mercader, como las hacían antes los extranjeros, con mucha documentación, bien elaborada, y con una enorme dosis de ironía, de cultura y de historia, y además con ilusión; la han estrenado a lo grande, con la presencia multiplicada de glorias del periodismo, las artes, la política y la literatura, incluso con algún descendiente de Trotski, en Madrid, y con la esposa del presidente de la Generalitat, en Barcelona, entre los que pasaron por la nómina de los estrenos oficiales, y sin embargo la cultura de la repetición no les ha tenido en cuenta: pocos hablan de la película y el cine está vacío.

La gente no está acostumbrada a que nombres españoles utilicen los instrumentos de la cultura para referirse a nuestra propia historia. En un acto sobre el libro La guerra de España, colección de ensayos españoles y extranjeros recogida por Edward Malefakis en tomo a la contienda civil, el historiador Juan Pablo Fusi señalaba esta semana que los ingleses están convencidos de que en este país nunca hemos sido capaces de hacer historia sobre aquel padecimiento fratricida. No es esperable tampoco en este país que dos españoles a los que uno ve en la calle, tomando café en la mesa de al lado, agarren un día la cámara y se dispongan seriamente a bucear en un suceso política y sentimentalmente tan cargado de significado como el asesinato de Trotski.

Rioyo y López Linares trabajaron en medio de otros trabajos, como se hace en España, y aun así alcanzaron una solidez extraordinaria. Y no sólo eso: fueron al fondo de un retrato sicológico que tiene el aire de una gran novela, el de la madre de Ramón Mercader, sobre cuya biografía inquietante pasan los más diversos compañeros de viaje, hasta conseguir un relieve en la película que valdría por sí mismo. Es una obra con drama y con ritmo, realizada con la franqueza y la melancolía de dos jóvenes artistas que alguna vez fueron compañeros de ida de los que creyeron, bajo el franquismo, en aquellos años de puzzle ideológico, que en efecto todo era posible y que era posible también asaltar los cielos.

Ha habido grandes directores extranjeros y grandes escritores o historiadores de otros países que se han enfrentado a sucesos españoles, o que nos afecten a nosotros, con lucidez y con distancia; también ha habido productos mediocres, libros y películas, que aquí han tenido cierta repercusión acaso sólo porque venían de otras miradas. La odiosa tentación de las comparaciones debe estar siempre fuera de nosotros, pero no me resisto a recordar la decepción que me produjeron algunas escenas de una película reciente sobre nuestra guerra, Tierra y libertad, precisamente de Ken Loach; esas escenas en las que se ponían de manifiesto las dificultades para socializar la tierra eran de una ingenuidad cinematográfica extraordinaria y hubieran bastado para descalificar el conjunto, o al menos eso es lo que me parece.

Entonces me surgió la duda: ¿Un producto cinematográfico similar hubiera sido recibido aquí con tanto saludo si el origen hubiera sido español? No es nacionalismo cultural, de nuevo: es rabia. Ocurre con el periodismo, con las artes, con la música, con el cine y con la vida: aquello que nos resulta cotidiano, lo que habla nuestra lengua y lo que tiene los apellidos propios se suele pasar de largo, como si los acontecimientos sólo fueran tales si van en versión original con subtítulos. Ojalá los cines que han tenido la osadía de acoger en sus salas esta hermosa película documental tengan todavía alguna paciencia hasta que la gente sepa que estos dos jóvenes españoles han hecho una historia que tenemos que ver.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de diciembre de 1996