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TRIBUNA

El Prado, ganador

Frente a las críticas sobre el fracaso del concurso de ideas para la ampliación del Prado, declarado desierto, el autor defiende este debate abierto sobre el futuro del museo

Un jurado internacional con mayoría de arquitectos de contrastada categoría profesional -Hans Hollein, de Austria; Herman Hertzberger, de Holanda; Dan Eytan, de Israel; Rogelio Salmona, de Colombia; Marío Botta, de Suiza; Francesco Venezia, de Italia; Krzysztof Chwalibog, de Polonia; Pedro Ramírez Vázquez, de México, y Luis Rodríguez Avial, de España -ha resuelto el concurso internacional de ideas organizado por el Gobierno español, con la aprobación del Congreso de los Diputados de España, para la futura ampliación del Museo del Prado.El Ministerio de Cultura, de acuerdo con el Patronato del Museo, convocantes de este concurso, redactó sus bases de conformidad con el Reglamento para Concursos de Arquitectura aprobado por la Asamblea General de la Unesco. El concurso fue desarrollado exclusivamente con el carácter de concurso de ideas y estudios previos, en dos fases.

La primera, abierta a todos los arquitectos del mundo, fue planteada con importantes limitaciones en lo que se refiere a la presentación de los trabajos a fin de evitar, en lo posible, mayores gastos a los concursantes. Los trabajos debían presentarse en un máximo de seis paneles, sin estar permitida en ningún caso la presentación de maquetas.

Para la segunda fase, a la que sólo podían acceder un máximo de 10 concursantes seleccionados en la fase anterior, se exigió por el jurado un mayor detalle, aunque manteniéndose dentro del margen establecido de estudios previos, incrementando el número máximo de paneles a ocho e incluyendo la presentación obligada de una maqueta. Para hacer frente a los gastos de esta segunda fase, los concursantes contaban con una aportación económica de dos millones de pesetas cada uno como premio a su selección, cantidad que se incrementó finalmente, a solicitud del jurado, hasta un total de cuatro millones de pesetas para hacer frente a los gastos ocasionados por la realización de dicha maqueta.

El jurado internacional, cuya composición fue conocida por todos incluso con anterioridad a la publicación de las bases, debía conceder los premios establecidos entre los 10 trabajos seleccionados. Premios, por otra parte, con una dotación económica a mi entender insuficiente; por ello, solicité a las autoridades ministeriales de entonces su revisión. Petición que no fue atendida.

La resolución obtenida por el jurado, tras una deliberaciones tan extensas como imparciales, ha causado frustración en la opinión pública y, también, desde luego, en los propios concursantes. Aquellos que por una u otra razón hemos sido parte del jurado tampoco nos hemos sentido satisfechos al no haber podido conceder el primer premio de una convocatoria de tanta trascendencia, dados la ilusión y esfuerzo que muchos profesionales han puesto en la tarea, así como la lógica expectación que el concurso había provocado en España y en todo el mundo.

Ya es sabido, puesto que representantes del Ministerio de Cultura -convocante del concurso- lo han puntualizado en diferentes declaraciones públicas, que la posibilidad de que el primer premio no se concediera estaba claramente contenida en la convocatoria, desde el momento en que para su adjudicación se requería el voto favorable de dos tercios de los miembros presentes del jurado. Así quedó establecido en las bases cuando se decidió por los organismos oficiales acudir a este tipo de concurso. Era, por tanto, una hipótesis posible y legítima, si bien no la más deseable, que no llegara a producirse ese consenso. Ocurrió, pues, que el jurado seleccionó dos propuestas como las mejores de entre las 10 finalistas, pero sin que ninguna alcanzase la mayoría cualificada de votos, lo que automáticamente produjo la adjudicación de los dos accésit previstos. Sin esa cláusula de garantía, el resultado del concurso posiblemente habría sido distinto y habríamos obtenido un ganador. Debo puntualizar, además, que este resultado fue ratificado de forma unánime por todos los miembros del jurado.

Expuestos marco y desarrollo del concurso, debo afirmar que no son serias algunas de las reacciones que, movidas sin duda por aquella compartida frustración, han resumido su opinión sobre el resultado en términos tales como "confusión" o "fracaso", e incluso con términos tan duros como "fraude" o "estafa". Pese a ciertas insistencias e interesadas insinuaciones anteriores a la resolución final, la verdad es que ahora nadie cuestiona la rectitud y fiabilidad del procedimiento utilizado. Ya no se habla de "previsibles o comprensibles manipulaciones", ni tan siquiera de "evidentes preferencias" político-profesionales... El concurso ha resultado ser -en los tiempos que corren- serio y fiable en cuanto a las garantías de objetividad e igualdad, y no está de más resaltarlo así públicamente, al tiempo que se reflexiona sobre las posibles causas -otras- de aquella frustración.

Por mi condición de miembro del jurado, elegí reservar mis criterios en polémica tan sensible por el colectivo profesional que me honro en presidir. Ahora, sin embargo, transcurrido un tiempo de reflexión suficiente y en un clima algo más sereno, ya puedo expresarme, y quiero hacer referencia a un aspecto de la cuestión que me interesa especialmente.

En mi opinión, dejando aparte la posible inmadurez en que se encontraba y se viene encontrando desde hace por lo menos un siglo, el tipo de museo que queremos sea el Prado, lo cierto es que no me parece justo hablar por ello de inutilidad o fracaso del concurso. Al contrario, pienso que esta abundante confrontación de ideas abierta y pública ha de ser una ayuda decisiva para avanzar hacia el planteamiento correcto del problema. Primero, porque ha permitido vencer la inercia en asunto tan comprometido como es asegurar el futuro de esta pieza esencial de nuestro' patrimonio histórico; segundo, por el inestimable esfuerzo de descarte que puede y debe resultar de un análisis sistemático del conjunto de las propuestas relativas a este problema, que es especialmente complejo, y no solamente desde el punto de vista arquitectónico.

Esa posible inmadurez a la que me refería debió ser precisamente la que influyó para buscar una solución o una aproximación a la misma a través de un concurso de ideas, convocando para ello a todos los arquitectos. La respuesta masiva dada por esta profesión -han trabajado cerca de 500 equipos de 56 países- debe ser cuanto menos reconocida por todos. No conozco ninguna otra profesión capaz de realizar un esfuerzo intelectual y económico parecido, aunque se trate de una joya única e irrepetible como es el Museo del Prado, tanto por su selecta colección pictórica como por el valor arquitectónico de los edificios que la albergan y el espacio urbano en que se encuentra.

En este orden de cosas, no quisiera silenciar mi preocupación ante ciertas opiniones atribuidas a los medios oficiales responsables, que, al parecer, serían partidarias de aparcar las dos propuestas distinguidas por el jurado del concurso, ignorando por completo a sus autores. Creo, por el contrario, que la solución que finalmente se adopte deberá tomar en cuenta inexcusablemente las aportaciones previstas de unos profesionales que han acreditado su mérito y capacidad, en concurrencia limpia y abierta y que merecen el reconocimiento de todos cuantos hemos intervenido en este proceso, empezando por la propia Administración convocante.

Yo me complazco en manifestarlo desde estas líneas, reiterando en nombre de las organizaciones. profesionales española e internacional que presido, nuestra más sincera y cordial felicitación por su buen hacer a los arquitectos Alberto Martínez Castillo y Beatriz Matos Castaño, de Madrid, y Jean Pierre Dürig y Philippe Rami, de Suiza.

En esta cuestión de pura justicia o, si se prefiere, de elemental coherencia: una cosa es que ninguna de las soluciones presentadas haya llegado a obtener el quórum cualificado exigido por las bases y otra muy distinta el que se prescinda pura y simplemente del criterio selectivo de un jurado plural internacional muy cualificado, formulado tras el exhaustivo cotejo de centenares de propuestas. Entiendo que eso sería una arbitrariedad injustificable y debo reconocer que no estoy seguro de que tal propósito, aparcar las propuestas ganadoras, se hubiera llegado siquiera a plantear si los dos trabajos distinguidos con los accésit, en lugar de pertenecer a arquitectos jóvenes y, por ello, sin gran proyección pública, hubiesen concernido a alguno de los nombres resonantes en el campo profesional.

Y si acaso lo que subyace por algunas de las opiniones vertidas es la mayor o mejor adecuación de la fórmula de selección utilizada -independientemerte o no del programa del concurso fijado por su promotor frente a otros posibles procedimientos más restringidos o de asignación directa, como quiera que todas las opiniones son en principio válidas, quiero manifestar que la mía, a título personal, y en este caso, sigue siendo favorable al concurso en grado de ideas -no de proyectos- y en convocatoria abierta e internacional; tanto más precisamente cuanto que se trataba de plantear soluciones para un problema muy singular y tan rígidamente condicionado como insuficientemente definido.

El tiempo ha de aclarar con prontitud estas expectativas, situando la experiencia en sus justos términos. Entretanto cabe recomendar a cuantos sientan interés por este asunto que acudan a la exposición pública de todos los trabajos presentados, que hoy jueves será inaugurada por el Ministerio de Educación y Cultura en la sede del Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad Universitaria de Madrid.

Jaime Duró Pifarré es presidente del Consejo de Colegios de Arquitectos de España y de la Unión Intemacional de Arquitectos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de octubre de 1996

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