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Editorial:

Religión sin alternativa

LOS OBISPOS se han apresurado a plantear al nuevo Gobierno la cuestión de la asignatura de "Religión y su alternativa". Y conviene subrayar esta expresión literal empleada por el secretario general de la Conferencia Episcopal porque puede ayudar a clarificar el debate. Los acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede obligan al primero a garantizar la enseñanza de la Religión y Moral Católicas en todos los centros educativos; establecen que tal asignatura ha de tener la misma consideración que las restantes materias "fundamentales" de los correspondientes planes de estudios; dejan fuera de toda duda que esta enseñanza ha de impartirse únicamente a quienes voluntariamente la demanden y también que la decisión de recibir o no esta enseñanza en modo alguno ha de ser motivo de discriminación. Ni más ni menos. Desde luego nada, absolutamente nada, sobre una "actividad" o "asignatura alternativa" a la de Religión. Quizás los obispos querrían ampliar a toda España lo que ocurre en Cataluña, donde la Religión es optativa -y, si no se opta por ella, hay que elegir otra asignatura voluntaria- y evaluable. Que ya se dé en Cataluña, sin embargo, no es razón suficiente. Pero si los acuerdos con el Vaticano nada dicen -y es razonable que así sea- sobre lo que debe hacer el alumno que no quiere clase de Religión, los ríos de tinta y las idas y venidas a los tribunales con el asunto de la alternativa sobran. El derecho de unos a ejercer la libertad de elección no puede convertirse en un deber para otros.Tampoco tiene nada que ver con este asunto la reivindicación, legítima, general y actual, de que es preciso no abandonar la educación en valores. Ninguna religión debe apropiarse en exclusiva de los valores humanos. Quienes conocen la historia de las religiones lo saben muy bien. Pues sólo la tolerancia podría situarse en el centro de esos valores humanos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de junio de 1996