Un centenar de científicos denuncia en París las consecuencias de una incontrolada manipulación de genes
Conseguir una rosa con pétalos azul-begonia ha costado 2.700 millones de pesetas, lograr cerdos con mucha menos grasa y más carne ha significado crear una raza que sufre diabetes, alimentar las vacas con piensos de origen animal parece estar en el origen de la crisis de las vacas locas. Los tres casos tienen que ver con las modificaciones recientes en el ciclo vital de los organismos vivos. Ayer, en París, un grupo de científicos hizo público un llamamiento en el que proclama "la necesidad de una moratoria en la diseminación de organismos genéticamente modificados (OGM) en el medio ambiente".Para Jean Marie Pelt, presidente del Instituto Europeo de Ecología, "hoy nadie puede preveer las toxicidades, las invasiones competitivas o cualquier otra consecuencia inesperada de las plantas transgénicas". Según él existen intereses políticos y económicos que han llevado a potenciar "una biología molecular extrañamente reduccionista, imaginada menos como ingeniería que como manipulación o bricolaje genético". Noventa y un biólogos, antropólogos, médicos, botánicos, ecólogos, biomatemáticos o agrónomos de todos el mundo -19 de ellos españoles- firman dicho llamamiento.
En el texto se critica a unos poderes públicos que no han sabido "valorar, vigilar y reglamentar correctamente la ingeniería genética y sus aplicaciones" pero sobre todo el "reduccionismo genético" que lleva a olvidarse de las interacciones complejas entre el gen y lo que le rodea", prescindiendo de que "los genomas de todos los tipos de organismos son fluctuantes y de que "el traslado de un gen a un organismo extraño supone desestabilizar los mecanismos de control protectores del gen en cuestión".
Para Jean Francois Leroy, profesor del Museo de Historia Natural de París, en Europa, en los gobiernos nacionales pero también en Bruselas, "se escucha muy poco a los científicos independientes y mucho a los expertos. Y a estos últimos se les coopta, es decir, se les escoge porque nos dicen lo que queremos oír".
Pelt recordó que "se tardó 30 años en admitir que el DDT podía ser perjudicial para el hombre. Ahora confiemos en que los científicos británicos que evocan la hipótesis de 500.000 personas contaminadas por las vacas locas se equivoquen".
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