FERIA DE SAN ISIDRO

Los nuevos partidarios

Bandoleros de pasiones se apropian de la leyenda del torero

Cuando Juan Belmonte o Rafael Gómez, El Gallo, paseaban por las calles de Madrid o Sevilla y ante ellos se cruzaba un aficionado que respetuosísimamente se destocaba para dejar paso al maestro bisbiseando con respeto el primer epíteto que desde lo más profundo de su admiración le brotaba en los labios, aquellos dioses del toreo se henchían de orgullo para murmurar, tras la sin cera sonrisa de agradecimiento: "Ahí va un partidario".Así era el toreo y ésa era una de sus reglas sagradas que, desde el respeto, mantuvieron generaciones enteras con veneración, ajenas a la contaminación de las sucesivas y más absolutistas modas. Sin embargo, hace 10 años paso lo peor: llegaron los modernos. Tránsfugas de usos y costumbres, bandoleros de pasiones ajenas, carroñeros de la tradición, que un buen día tropezaron de sopetón con una leyenda repleta de mitos y chorreante de liturgia para, tomándola al asalto, apropiársela. Un golpe de mano, jaleado porque había negocio que alumbró el nuevo partidismo. Un sucedáneo de secta cuyos miembros, ebrios de furtivismo desplazaron primero y confinaron en el desprecio después a quienes entonces, en el peor de los casos, se definían -lo hizo Jorge Laverón- como "el puñado pequeñito de incondicionales".

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Hasta San Isidro de 1985 esa modernez merodeaba por los cosos en silencio, agazapada. No tenían guru de grana y oro con personalidad suficiente como para elevarlo a sus altares, y carecían de valor para mezclarse con quienes guardaban con total fidelidad la esencia de la tauromaquía. De pronto, un 7 de junio, esos tipos asistieron al milagro del toreo del que sólo tenían noticias por la literatura: Antonio Chenel, Antoñete, se reveló frente a su destino ejecutando dos portentosas faenas pletóricas de arte para consolidarse (con el apoyo de otro histórico contagiado de aquél delirio y por nombre Curro Romero) como mito y leyenda. Nada nuevo para "el puñado pequeñito de incondicionales", pero un auténtico choque de efectos a la larga perniciosos para aquella turba de brillantina-gafas de concha-clavel en la solapa, que fuera de los toros sólo habían visto de lejos o en el cine.Aquellas gentes, el 8 de junio de 1985, comenzaron a arrasar la fiesta devastando metódicamente sus principios, su esencia. Tan dictatorial ha sido su revuelta, tal ha sido la expoliación y la rapacería, que "los nuevos partidarios" y sus acólitos infiltrados han alterado los parámetros del toreo: han impuesto toros que sólo lo son por fuera; toreros tan superficiales que han convertido en insulto el término maestro; y espectadores que no sólo gritan permanentemente, se supone que para que se sepa dónde están, sino que además berrean para pedir orejas sin importarles si han sido merecidas. " De eso se trata y para eso llevamos pañuelo", proclaman ellos con el aplauso de sus exegetas.

Son los nuevos partidarios que hoy, en mayoría, dominan y mandan. Por ello, urge que la afición se amotine y ponga las cosas en su sitio recuperando la pureza de la tauromaquia, y devolviendo su significado original al término "partidario" que, en la fiesta, no es sinónimo de secuaz, adicto, prosélito o adepto.

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