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Tribuna:

Calidad de la democracia

Ayer, cuando el siglo iba apenas mediado y Sartre tenía vara alta en París, el marxismo era el marco irrebasable del saber; hoy, cuando el siglo se acerca a su fin y no queda en el café de Flore ni la sombra de Simone, la democracia es el horizonte irrebasable de la política. Así han ido las cosas y reconocerlo es la primera exigencia para hablar de lo que pueda ocurrir mañana. La democracia es el fin de los sujetos colectivos y, con ellos, de las utopías de liberación y de los hombres-faro que guían a la humanidad. No hay proletariado a la conquista del Palacio de Invierno en las democracias; tampoco hay grandes timoneles. Algunos nostálgicos todavía lamentan hoy que todos esos sujetos hayan hecho mutis por el foro y los lloran por el empobrecimiento radical de la vida política que su ausencia nos ha dejado.Tienen razón: votar es un ritual bastante prosaico, que exige una decisión desprovista por completo de heroísmo _y de la que en ningún caso se va a derivar un cambio en nuestras vidas. Ningún utópico proyecto de hombre nuevo ha avanzado nunca ni un milímetro por el hecho de salir de casa un domingo, acercarse a un colegio electoral y depositar una papeleta en una urna. Pero, cuando se recuerda que los sujetos erigidos en cabezas del pueblo, vanguardias del proletariado y caudillos de la nación han sembrado de cadáveres los caminos de Europa, habría que ser menos pesimistas respecto a la ocupación de su lugar por la nada excitante cola de ciudadanos en un colegio electoral. Ha costado tanta sangre descubrir el único procedimiento para cambiar de Gobierno sin derramarla que renunciar al ejercicio del derecho de voto, y hacer de esa renuncia un principio político, significa ignorar que el valor de la democracia radica no tanto en las urnas, sino en todo lo que hace obligada su existencia como último tramo de un proceso competitivo de distribución del poder político.

Pues para que las urnas valgan se necesitan, al menos, dos requisitos: unos ciudadanos libres y autónomos, que no buscan en el grupo el refugio de sus impotencias, y unos políticos que compitan abierta, no fraudulenta o engañosamente, por el poder. Es ahí donde nos jugamos en cada elección no desde luego la existencia de la democracia, hoy indiscutida, sino su calidad. Y es de calidad de la democracia de lo que nada quieren saber los líderes que piden el voto, pero huyen de una directa confrontación, personal y programática, con sus competidores. No hay democracia de calidad si no hay ciudadanos que deliberan y juzgan con espíritu crítico la marcha de los asuntos públicos; no la hay tampoco si quienes luchan por el voto hurtan a esos ciudadanos la posibilidad misma de debate al sustituirlo por la arenga ante fieles más o menos fervorosos o por el recitado de fichas elaboradas por asesores de imagen y repetidas una y otra vez, con idéntica gestualidad, ante periodistas más o menos complacientes.

Los líderes políticos han perdido en esta campaña una ocasión de oro para arrancar el debate público de esa mezcla de histrionismo y vacuidad, con el váyase / que vienen y con los montones de tertulias y columnas que han llenado de ruido y furia las radios y la prensa durante estos tres años. Ahora, cuando sólo queda lamentar la ausencia de los debates cara a cara que exigían los duros conflictos políticos a los que la sociedad española se ha enfrentado desde las últimas elecciones, es el turno de: los ciudadanos autónomos que deciden libremente sobre la distribución del poder político para los próximos cuatro años. Eso es lo que cuenta. Lo demás, si el voto va a este o aquel candidato, o a ninguno, tiene sólo una importancia relativa: nadie permanecerá ahí sin nuestro consentimiento más de cuatro años y nadie podrá conducirnos en tan poco tiempo, por fortuna, a ese paraíso 1 danone de mañanas cantarinas, cielos radiantes, niños bondadosos y familias felices con el que todos ellos nos amenazan en sus campañas electorales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 1996