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Aznar apuesta todo a la mayoría casi absoluta

Una victoria sin escaños suficientes para gobernar en solitario sería un fracaso para los populares

José María Aznar se prepara para ganar las elecciones generales, pero no puede hacerlo "de cualquier manera" como él mismo ha confesado durante las dos semanas de campaña. En 1993 salió derrotado y logró, al mismo, tiempo, un gran éxito político al dejar al Partido Popular por encima de los ocho millones de votos. Si hoy obtuviera la victoria con una cifra (le diputados insuficiente para gobernar en solitario, habría ganado, pero también habría fracasado. Toda su estrategia de los últimos tires años está orientada al mismo objetivo, una mayoría absoluta o, al menos, suficiente para gobernar en minoría pero con estabilidad. El aspirante a La Moncloa hizo ayer vida normal. Jugó una partida de paddle, degustó una mariscada enviada desde Galicia por un amigo, cenó con Mario Vargas Llosa y se fue al teatro. Una jornada de descanso tras recorrer España de extremo a extremo y de mar a mar.

Su mensaje, sintético, giró en torno a un puñado de grandes asuntos. Acuerdo social para crear empleo, reforma fiscal, austeridad en el gasto público y contención del déficit y el endeudamiento, garantía de las pensiones y de los sistemas gratuitos y universales de salud y educación -en estos dos últimos casos con mayor libertad de elección del ciudadano- y mayor energía y dureza frente a la amenaza del terrorismo.De forma plenamente consciente, y como ya hizo en 1993, el candidato eludió cualquier compromiso o promesa concreta sobre creación de puestos de trabajo e hizo de esta negativa un argumento más de su campaña. Es sabido que Aznar considera una irresponsabilidad, y el origen de una actitud que cree poco respetuosa hacia los electores, la mención por Felipe González en 1982 de los ya famosos 800.000 puestos de trabajo. Él insiste en que son las pequeñas y medianas empresas las que crean empleo y en que debe ofrecérseles, por tanto, el marco económico y fiscal que les permita hacerlo.

Esta distancia que trata de marcar siempre frente a González es la segunda gran vertiente de su campaña. Para el candidato de los populares, casi más importante que la letra de su programa es la música, la diferencia de talantes y de actitudes. Frente a un presidente del Gobierno encerrado en La Moncloa, Aznar promete celebrar Consejos de Ministros en las islas Canarias, asegura en Euskadi y Cataluña que se le verá mucho por allí si forma Gobierno y programa con 364 días de adelanto una nueva celebración de su cumpleaños en Murcia para 1997.

Aznar cree que González se ha escudado en sus colaboradores para eludir responsabilidades en la lucha antiterrorista. Él promete que "jamás" se parapetará detrás de nadie y que asumirá personalmente la máxima responsabilidad". Si la corrupción es uno de los más evidentes motivos de hartazgo de la sociedad española, el líder del PP combate la idea de que se trata de una consecuencia del sistema, explica la acumulación de escándalos porque hay políticos corruptos en el campo socialista y llega, en los dos últimos días de la campaña, a la única afirmación sobre sí mismo que se le conoce desde la tribuna: "Sólo. soy un hombre honrado con un proyecto para España", dijo en el estadio de Mestalla, en Valencia. "Soy un hombre honrado y sereno", afirmó en el Palacio de Deportes de la Comunidad, en Madrid.

El tercer ingrediente de la campaña del candidato popular, un hombre que iba para inspector de Hacienda y que ocupa la presidencia del PP desde hace sólo seis años, es la clave que conduce al objetivo inicial, la reclamación de la "mayoría suficiente". Su actitud de oposición frontal y enérgica, tan criticada como eficaz a la hora de ponerle donde está, al borde de la victoria, no ha excluido a los partidos nacionalistas catalán y vasco, cuya vocación dominante en el campo parlamentario es completar y condicionar mayorías y servir de bisagra entre socialistas y populares.

Aznar no quiere saber nada de bisagras. Ni, mucho menos, de mayorías "condicionadas o presionadas". Ha contribuido más que nadie a estigmatizar la fórmula de colaboración externa de Convergència i Unió con el PSOE, a riesgo en algunos momentos de alentar un anticatalanismo visceral y mesetario. Sin mayoría suficiente, sólo le quedaría la improbable vía de un acuerdo de coalición o de legislatura con alguna de esas fuerzas, el calvario de un Gobierno en minoría zarandeado desde una oposición más amplia que la propia base parlamentaria del Gobierno o la convocatoria de elecciones anticipadas.

Por eso, su apuesta necesita la mayoría absoluta o sus más inmediatas cercanías. Ha prometido, precisamente en Cataluña, que aun con la mayoría estará abierto siempre al diálogo y al acuerdo. Ha asegurado, con la mirada puesta en Jordi Pujol, que un Gobierno presidido por él será siempre leal a las instituciones autónomas de Cataluña, de acuerdo con el espíritu constitucional y estatutario. A lo que aspira está bastante claro, a dialogar y pactar, pero teniendo siempre él en la mano, y no los otros, la batuta de la orquesta. Y que se note.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 1996