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Elecciones 3 de Marzo

Sólo una participación muy alta "salvará" a González

La ausencia de un "cara a cara" con Aznar ha perjudicado al PSOE y a la campaña misma

Felipe González puso durante quince días al mal tiempo de las previsiones electorales la mejor, cara posible. Pero le falló una pieza clave: el cara a cara con José María Aznar. La suspensión del esperado duelo perjudicó a los socialistas, que, al partir como perdedores, no pudieron convertir el debate en el recurso para dar la vuelta a as encuestas como en 1993. Lo! líderes se evitaron, y eso también fue malo para la campaña misma, empobrecida respecto a la anterior. El PSOE sabía que su única esperanza estabá en repetir el milagro del 93. Según sus cálculos, sólo una elevada participación del electorado, hasta el 80%, evitará una holgada victoria del PP. Su estrategia se centró, pues, en movilizar a ese conjunto de progresistas que dudan entre el voto en blanco, IU y, en último lugar, el PSOE. Aznar también lo sabía y rehuyó la polémica. Además, las estadísticas juegan a su favor: ese porcentaje sólo se ha alcanzado en unas generales en 1982.

La campaña de Felipe González, como las de los demás candidatos a la presidencia, fue un monólogo. Su dedicación a la actividad electoral fue incluso superior a la de 1993 pero el líder del PSOE no pudo encontrar un recurso movilizador de envergadura como fue el del cambio sobre el cambio.El asunto no es baladí. Los socialistas tienen puesta su esperanza en una movilización total de lo que llaman "el bloque progresista". Con una participación inferior al 75%, el PSOE pasaría una noche muy amarga. De ahí hasta ese ansiado 80% todo será sufrir, pero se alejaría él temor a una mayoría absoluta de Aznar.

González sabía, en cualquier caso, que movilizar a ese sector como lo consiguió en las anteriores elecciones generales con elementos ilusionantes de cambio resultaría difícil. Entonces el único escándalo de entidad que había aflorado era el caso Filesa [presunta financiación ilegal del partido], y el compromiso del presidente del Gobierno de combatir la corrupción con una reforma legislativa -simbolizado, además, con la incorporación a sus listas de algunos jueces emblemáticos- dio cuerpo a aquella campaña.

En esta ocasión no podía escribir la misma historia por segunda vez. Para empezar, todos sus compromisos legislativos ya se habían cumplido. Necesitaba recursos nuevos. Lo intentó, de forma machacona y disciplinada en todos sus mítines, con la reivindicación del Estado de bienestar. Pero se convirtió, sobre todo, en un recurso más defensivo que reivindicativo. Fue una nueva versión, más argumentada, eso sí, del riesgo de que en España gobierne la derecha, que ya utilizó en el 93.

También lo intentó con la propuesta del reparto del trabajo, pero no deja de ser una idea aún confusa, pendiente de experimentación y de más que dudosa oportunidad en una campana.

Por lo demás, González actuó a su aire. Quiso, sobre todo, poner en valor su trabajo de 13 años, y dedicó mucho tiempo a intentar contrarrestar el debe de los escándalos que fracturaron la última legislatura. Rehuyó incluso los trazos gruesos; fueron el vídeo electoral del PSOE y los teloneros de los mítines los que corrieron con los ataques más encendidos contra Aznar y Anguita.

Su esforzada dedicación, mitin tras mitin, al balance de los 13 años de Gobierno la ha pagado hasta el último día con un poso de despedida, de final de etapa, al que han ayudado notoriamente los sondeos publicados durante la campaña. Todos dieron al PP amplia ventaja sobre el PSOE. Las invocaciones de González al progreso, a la autopista de las comunicaciones y al Plan Hidrológico Nacional fueron insuficientes para que los votantes vislumbrasen un proyecto de futuro, más allá de la continuidad.

El Felipe González que se presenta más convincente es el que invoca la bandera de la tolerancia. Cuando dice que cambiaría toda su labor de gobierno por que en España se consolidaran la paz y la tolerancia y se enterrara para siempre la tradición de enfrentamiento y absolutismo, se le cambia la voz. Entonces surge el González hombre de Estado, que emparenta con la tradición liberal azañista. Lo mismo le sucede cuando expresa su inquietud por no haberse resuelto del todo en España los enfrentamientos interterritoriales.

Fue en ese terreno donde atacó con más convicción y donde el PP y su entorno de apoyo se lo facilitaron, al final de la campana, con sus duras críticas al actor Antonio Banderas por dar su apoyo a González [el actor sufrió la acusación de- que apoyaba al PSOE a cambio de 200 millones que le pagaría la Junta de Andalucía por promocionar sus productos en Estado! Unidos, denuncia que resultó falsa porque Banderas cobrará sólo un jamón y un litro de aceite, como ha demostrado con un documento notarial].

En los últimos mítines de González no faltó una referencia a los ataques recibidos por el actor, encadenada con una reflexión sobre los "rebrotes de intolerancia". El caso Banderas se lo sirvió en bandeja. También arrastró una inesperada movilización del mundo artístico. Concha Velasco ha confesado que fue esa acusación falsa lo que la animó a apoyar al PSOE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 1996