La "guerra" de Chirac
LA INSISTENCIA francesa en proseguir con su programa de pruebas nucleares se ilustró el domingo con una nueva demostración de nacionalismo retórico, tan corto en contenido como largo en chulería. Un comando de preparadísimos militares franceses abordó, el indefenso barco de Greenpeace Rainbow Warrior II en aguas del atolón de Mururoa, donde trataba de entorpecer la continuaron de las experiencias atómicas.El buque de la organización ecologista es cierto que se había adentrado en la zona de exclusión proclamada por Francia en tomo al atolón, y que París obraba dentro de la legalidad, según una versión convencional del derecho del mar, para poner fin al merodeo. Pero la fuerza empleada para reducir a ese tábano que le ha salido a la grandeur fue a todas luces excesiva. La soberbia nuclear francesa ha llevado a la utilización de gases lacrimógenos, asalto al abordaje con varios heridos, si bien de menor gravedad, y un fenomenal escándalo intemacional, en el que no sólo se conmueve el ecologismo, sino también Estados ribereños, como Australia y Nueva Zelanda, más buena parte de, la opinión pública mundial.
Todo ello parece un precio bastante alto a pagar para demostrar que la Francia neogaullista del presidente. Chirac tiene su propia política de defensa y que no se somete a convenciones generales, por m as que éstas reciban el apoyo de la mayor parte de la humanidad. Con la reanudación de su programa nuclear, Francia hace caso omiso de la moratoria sobre este tipo de pruebas que observan voluntariamente las grandes potencias, como Estados Unidos y Rusia, y que cumplía también desde 1993 el antecesor de Chirac en el Elíseo, el socialista François Mitterrand.
Es inevitable pensar también que tras un comienzo no especialmente auspicioso del mandato presidencial, con serias críticas contra la probidad. de su primer ministro, Alain Juppé, y una dificultad evidente de cuadrar el círculo de las promesas económicas, Chirac elige ahora la huida hacia adelante del nacionalismo para consumo interior. Y ni siquiera parece que ello sea tan exitoso, puesto que. el líder del partido socialista, Lionel Jospin, representa a una fracción notable de la opinión cuando condena las pruebas nucleares.
Greenpeacel cuyas acciones no siempre han sido modelo de prudencia al exponer vidas propias y ajenas en sus acciones, se ha convertido, en cualquier caso, en un lobby de la conciencia universal contra la destrucción de la naturaleza, el juego mal avisado con el átomo y, en general, el desprecio al patrimonio de todos: la vida del mundo. Pero las actividades corsarias de la organización no hacen sino revelar la insuficiencia de los acuerdos internacionales sobre protección del medio ambiente; la necesidad de que actúe la iniciativa privada, como es el caso de Greenpeace, resulta el sucedáneo inevitable de la falta de un concierto internacional lo más amplio y respetado posible.
Sabemos que tiene mucho de utópico esperar que los Estados regulen determinados campos de su actividad que; ridículamente aún, convierten en expresión de su soberanía. Baste el ejemplo del Rainbow Warrior I, que hace 10 años fue hundido por otro comando francés con la pérdida de la vida de un fotógrafo portugués. Los culpables de su muerte. no sólo se hallan hoy en libertad sin que jamás se haya procedido contra ellos en Francia, sino que, con altanería sin igual, París elige este décimo aniversario para repetir una expedición contra su buque sucesor. Greenpeace no puede ser, por tanto, la auténtica solución del problema, sino la prueba de que la comunidad internacional ha renunciado virtualmente a combatir el crimen ecológico.
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