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Tribuna:

Escritores

Las casetas de la Feria del Libro se dividen en dos: las que tienen bicho dentro y las que no lo tienen. Cada año que pasa el espectáculo se vuelve más siniestro. Ese bicho es escritor y se le puede ver sentado detrás de una barricada de libros en la caseta bajo un cartel que anuncia su propio nombre. Está allí para firmar sus obras. Mientras el río de la gente discurre por el recinto de la feria los altavoces van repitiendo la lista de todos los escritores que en ese momento compiten entre sí frente al público. Hoy los escritores se dividen en tres: los que firman mucho, los que firman poco y los que no firman nada. La crueldad del mercado ha añadido una prueba más al alma lacerada de los creadores. Antes los celos, el odio o la frustración eran un asunto privado que el escritor cocía en la intimidad. Sólo los libros luchaban ferozmente entre ellos por sobrevivir en la mesa de novedades. Pero ahora al escritor se le obliga a acudir en persona cada año en companía de sus colegas resentidos, envidiosos o envidiados a medir el éxito o el fracaso directamente ante los lectores, libreros y edito res. Ya no existen escritores de culto, aquellos cuya gloria consistía en tener unos devotos reducidos y fanáticos. Hoy el que no vende no existe y esta durísima ley se establece en una competición física cada año. Dispépsicos, ansiosos y angustiados, los escritores esperan el veredicto del público y éste ejerce sobre ellos un juicio sumarísimo: a unos los rodea con calor, a otros los deja en una soledad miserable. Cualquiera puede ver el rostro resplandeciente de los triunfadores; cual quiera puede descubrir el resentimiento en la mirada de los que no firman un solo ejemplar. Éstos no están pensando en Faulkner o en James Joyce sino en la estupidez oportunista que tendrán que es cribir la próxima vez para tener frente a la caseta una cola como la que en ese momento se extiende ante un supuesto cretino o un advenedizo que ha elaborado un bodrio político, culinario, deportivo o televisivo. ¿Habrá que acuchillar a alguien para tener éxito? Ése es el próximo paso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de junio de 1995