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Crítica:OPERALA MAESTRANZA

Novillos para estofado

Los novillos eran muy malos para lo que se le exige a un toro en una plaza. Deben estar riquísimos en otra plaza, la de abastos, para estofado con patatas y zanahoria, porque la ausencia de bravura no supone falta de calidad en la mesa. Pero, para otra cosa no sirvieron los novillos de Alvaro Martínez Conradi, de origen santacoloma.A los novilleros, claro está, les tocó el peor plato, y comprobaron en sus ilusiones las negativas condiciones de sus oponentes. Pero, lejos de estar con dignidad en la Maestranza, ofrecieron un deplorable mitin a la hora de matar, y trataron, además, de aprovechar las palmas de los paisanos para intentar vueltas al ruedo inmerecidas.

Los novillos encerraban todo un compendio de defectos: mal presentados, flojos, mansos, sosos, parados, descastados y deslucidos; casi todos derrocharon genio y toparon -más que embestir- con la cara alta. El cuarto fue el único que embistió con nobleza a la muleta, pero sin convicción. En resumen, un auténtico derroche de bravura y nobleza que, en modo alguno sirvió para que los novilleros subieran un peldaño en sus respectivas carreras.

Quinta / Cobos, Peña, Joselu

Novillos de La Quinta, mal presentados, mansos, descastados. Juan Antonio Cobos: tres pinchazos -prinier aviso-, descabello, pinchazo -segundo aviso-, estocada perpendicular y cuatro descabellos (silencio); cuatro pinchazos (ovación). Alberto de la Peña: pinchazo, media, tres, descabellos -aviso- y cuatro descabellos (ovación); media tendida y tres descabellos (ovación). Joselu de la Macarena: cinco pinchazos y estocada (silencio); casi entera (ovación). Plaza de la Maestranza, Sevilla, 19 de junio. Menos de media entrada.

Wozzeck

De A. Berg. Producción de 1987, dirigida por José Carlos Plaza y Antoni Ros Marbá. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 20 de junio.

Encuentro soso

Juan Antonio Cobos se desilusionó con su primer novillo, que no le permitió el más mínimo lucimiento. A pesar del brindis a la concurrencia, su encuentro con el toro fue anodino y soso. Además, lo que se presumía que no pasaría a la historia, a punto estuvo de costarle un disgusto añadido. Aún debe estar el novillero pinchando y descabellando cual vulgar pinchauvas, con el peligro de que le devuelvan el novillo al corral. Afortunadamente, su actuación no pasará a la historia. El cuarto fue el único que embistió con cierta nobleza, y el novillero lo toreó mal.Alberto de la Peña protagonizó lo mejor de la tarde con el capote en el quinto. Toreó muy bien por verónicas y volvió a hacerlo en un quite. El novillo se paró después, y ahí acabó todo. A su primero lo persiguió por toda la plaza y lo mató mal. Alguien aplaudió y salió corriendo a saludar.

Joselu es el que tenía más partidarios de su barrio sevillano, La Macarena, y el que peor lote se llevó. Estuvo voluntarioso, pero nada pudo hacer ante sus novillos. Hizo una cosa: matar mal. A pesar de todo, también quiso dar la vuelta al ruedo en el sexto, pero alguien, con buen criterio, se lo impidió.

En 1987, el teatro de la Zarzuela presentó su producción de Wozzeck que revisa ahora. La célebre Anja Silja encarna a María, Jürgen Freier a Wozzeck, Graham Clark al Capitán y Michael Devlin al Doctor; asume la dirección Ros Marbá y se mantiene la escénica de José Carlos Plaza que utiliza los mismos decorados y trajes de Gerardo Vera y la coreografía de Taraborelli. El coro, dirigido entonces por José Perera, siempre recordado, estuvo en manos de Antonio Fauro.Wozzeck, estrenada en 1925 y basada en el drama de Büchner, sigue funcionando como ópera contemporánea, lo que equivale a que Berg y su público hubieran considerado contemporáneos a Simón Bocanegra, Orfeo en los infiernos o El barbero de Bagdad. Ello nos habla tanto del desfase de la operofilia como de la carga renovadora del dramaturgo alemán y el compositor vienés.

A pesar de que Wozzeck no sea cosa de todos los días, es evidente que alcanza muy notables niveles de naturalidad, fruto de quienes son conscientes de que no trabajan sobre novedades sino sobre una creación ya histórica. Sólo en un aspecto no se logra esa tónica la orquesta, excelentemente llevada por Ros Marbá, sonó demasiado áspera y una cosa es disonancia y otra distinta aspereza, sobre todo en una obra de tan fuerte impostación lírica.

El amargor está en el texto y en la forma admirable de su musicalización gracias a la cual el expresionismo naturalista de la escuela de Viena adquiere tintes mágicos. La visión de la desolada historia del soldado Wozzeck nos llegó a modo de un hermoso manifiesto transfigurado en hecho artístico. El público aplaudió decididamente a todos y no digo que salió contento pues Wozzeck, por sí misma, impide semejante reacción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de junio de 1994

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