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Antiterrorismo y normalización política en Euskadi

El objetivo de la lucha antiterrorista es la desaparición del terrorismo etarra y del vandalismo que inunda nuestras fiestas con una persistencia digna de mejor causa o de cualquier otro conflicto que se manifieste fuera de los cauces democráticos.Evidentemente, el protagonismo de la lucha contra este tipo de actos -asesinatos, secuestros, extorsiones y demás- corresponde principalmente a la policía, tanto a la Ertzaintza como a las fuerzas de seguridad del Estado. El papel de los ciudadanos vascos se centra fundamentalmente en la protesta pacifista, tras cada muerte violenta, y en mantener la presencia cívica en la calle frente a la presión callejera de los violentos. Con ello se propicia el aislamiento político y social de HB mientras no condene la violencia terrorista.

Otra cuestión, sin embargo, es la normalización política. La normalización política en Euskadi implica, como mínimo, que los 200.000 votantes de HB, que se sitúan fuera y en contra del sistema democrático y autonómico, se incorporen al juego democrático dejando de apoyar la violencia etarra. Sería deseable que los vascos fuéramos capaces también de consensuar un común denominador político que implicara la clarificación del orden político que queremos como pueblo, en el marco de una Euskadi autogobernada dentro de una España democrática. Pero, siendo realistas, quizá debiéramos conformamos, por ahora, aunque sea sólo como condición previa para metas más ambiciosas, con lograr que todos los proyectos del país se contrasten de un modo democrático y no violento.

Evidentemente, existe una relación entre ambos procesos. Cuanto más débil esté ETA, más posibilidades hay de que HB pueda incorporarse al juego democrático. Y viceversa, cuánto más participe la coalición radical en las instituciones democráticas, la legitimación de la violencia será más débil y más fácil para ETA poner punto final a su lucha.

Pero no podemos descartar que haya contradicciones entre la eficacia antiterrorista y la generación de un ambiente de diálogo que posibilite la necesaria reflexión para facilitar la incorporación de HB a la democracia. El cierre de Egin y el boicoteo desde las instituciones a medios de comunicación en euskera situados en la órbita del abertzalismo radical quizá tengan alguna eficacia en la lucha antiterrorista. Francamente, lo ignoro. Pero pueden resultar contraproducentes para la normalización política. Porque no hacen sino confirmar los prejuicios del electorado de HB en el sentido de que la democracia española acosa al euskera, impide la libertad de expresión y no concede las mismas oportunidades a todas las opciones.

El protagonismo y la responsabilidad de la lucha por la normalización política corresponde, lógicamente, a los partidos políticos vascos, así como a los movimientos pacifistas, sindicatos, etcétera. Su objetivo compartido es lograr articular y vertebrar una sociedad democrática donde se puedan contrastar todas las ideas y proyectos políticos sin recurrir a la violencia.

Desde la detención de la cúpula etarra en Bidart, la situación política vasca se caracteriza por la existencia de estos dos procesos, complementarios y relativamente contradictorios. Hasta entonces aparecían imbricados tan estrechamente que parecían uno solo. Pero ya forman un círculo vicioso del que no resulta fácil salir.

A ETA se le exige la declaración de una tregua para que haya diálogo. ETA no declara la tregua mientras no sepa qué se va a negociar. No se sabrá qué se negocia mientras no se declare la tregua que posibilita el diálogo. Círculo vicioso que no se resuelve dando palos de ciego y diciendo una cosa distinta en cada telediario, como hacemos no pocos líderes vascos, sino afrontando con rigor y audacia una salida democrática.

ETA tiene que declarar una tregua para facilitar una salida dialogada. No se puede hablar con los terroristas ni con HB mientras sigan asesinando, o intentándolo, como recientemente en Madrid. No se pide que HB declare una tregua, sería absurdo; sino que la coalición abertzale la exija a ETA, sumándose así a movimientos pacifistas de su entomo, como Elkarri.

Sólo así se podrá conseguir un ambiente propicio para desarrollar el diálogo y la negociación entre todas las fuerzas políticas, incluida H.B, que permita a los vascos lograr la plena convivencia democrática y la normalización política.

La experiencia de la interminable transición vasca nos demuestra que las fuerzas políticas se han ido incorporando a un proceso constituyente, y que precisamente su integración es lo que ha legitimado el proceso ante sus propios electores. Primero fueron las fuerzas de ámbito estatal las que impulsaron el proceso constituyente que culminó en 1978. Fuerzas democráticas como el PNV y Euskadiko Ezkerra quedaron al margen. Pero el proceso autonómico, que no va contra la Constitución, sino todo lo contrario, permitió la incorporación de estos partidos, haciendo que la interpretación de la autonomía fuera más ajustada a las necesidades de Euskadi.

El proceso político de la actual legislatura incluye -según el programa de los partidos más importantes- cuestiones tan fundamentales como el cierre del proceso autonómico, la reforma del Senado para adaptarlo al Estado autonómico y resolver las disfunciones del mismo, la presencia de las comunidades autónomas en Europa, etcétera.

¿Por qué no podemos aprovechar los partidos vascos esta circunstancia política para convertirla en la tercera fase del proceso constituyente de Euskadi, una fase a la que pueda incorporarse HB, y lograr así la plena normalización de Euskadi y la convivencia democrática entre los vascos? Este proceso no sólo no va en contra del Pacto de Ajuria Enea, sino que representa la puesta en práctica de su punto décimo.

El terrorismo en Euskadi y desde Euskadi ha sido una amenaza, quizá la mayor, contra la democracia española. Y hoy, cuando ya no lo es, sigue siendo la rémora principal para la convivencia democrática entre los vascos. Por eso, no sólo el fin del terrorismo debe significar el afianzamiento de la democracia y de la convivencia en Euskadi, sino que quizá el medio decisivo para su final sea precisamente más democracia. 0 dicho de otro modo, una democracia en la que entren todos, incluso los que, nominalmente, han apoyado el terrorismo.

Mario Onaindía es vicepresidente del PSEEE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 01 de febrero de 1994.

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