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Preguntas de cajón

En el largo trecho ya: recorrido de este siglo, la humanidad no había asistido al advenimiento de un nuevo año con tanto de sasosiego como en la apertura de este bendito 94. Ni siquiera los grandes enfrentamientos bélicos del pasado provocaron tanta turbación. ¿Cómo hacer hoy conjeturas sobre guerras de galaxias cuando los grandes ce rebros mundiales no han podido hallar solución a una guerra terrestre y en miniatura como la que se libra en los antiguos do minios, otrora calmos, de Josip Broz, alias Tito? En la procelosa transición del año viejo al Año Nuevo, serbios, croatas y musulmanes se han encargado de demostrar que cualquier tregua convenida por los mandamases es sólo una quimera para los mandamenos. Mientras en la singularidad de los templos sonaban los villancicos (o sus equivalencias), en la pluralidad de los frentes sonaban y resonaban las sacrílegas metrallas.La gente, la sufrida y no resignada gente de los tres mundos, pero sobre todo la del tercero, espera que el nuevo año le traiga respuestas. A su angustia, a su hambre, a su sed, a su miseria, a sus plagas, a su indefensión. El optimismo de las clases altas se basa en el crecimiento de su particular renta per cápita, pero, en cambio, el pesimismo de las capas indigentes no figura en la plantilla de los ideólogos del sistema. Los menesterosos no ingresan al Walhalla de los magníficos.

Es cierto que el mundo ha cambiado con una celeridad vertiginosa. El desarrollo de las ciencias duras, las computadoras multimedia, las industrias bélicas, la cobardía moral y la hipocresía cosmopolita ha sido verdaderamente impresionante. No obstante, si queremos respuestas válidas de ese mundo otro que, casi sin previo aviso, ha desbaratado todos los pronósticos, las expectativas y hasta los horóscopos, no es lógico que las reclamemos con las consabidas preguntas de siempre. Tal vez sería interesante organizar simposios sobre un renovado arte de preguntar, un arte que extrajera las nuevas interrogantes no de las antiguas necesidades, sino de las vigentes y perentorias.

Preguntar, por ejemplo, cuándo y en qué circunstancias se prevé que los pueblos se cansen de morir. Porque en algún momento se. cansarán, no cabe duda. (El Comandante Marcos, líder de la guerrilla zapatista que se ha alzado en México contra la injusticia del sistema, ha dicho que "en todo caso, tendrán la oportunidad de morir combatiendo y no de diarrea, como mueren normalmente los indios de Chiapas").

Preguntar, por ejemplo, quién o quiénes proporcionan a los distintos bandos las sofisticadas armas que asuelan la antigua Yugoslavia. Preguntar, por ejemplo, hasta cuándo durará la destrucción sistemática de la Amazonia y otros pulmones de la humanidad. Preguntar, por ejemplo, hasta dónde permitirá el género humano, no como entidad abstracta, sino como corporación concreta, que diariamente mueran de hambre 40.000 niños en el Tercer Mundo. Preguntar, por ejemplo, por cuánto tiempo la ceguera de los grandes capitales impedirá la asunción de medidas que frenen el deterioro de la capa de ozono. Preguntar, por ejemplo, hasta cuándo se tolerará la libre eliminación de especies del reino animal (ballenas, delfines, elefantes, hipopótamos, pingüinos, cachalotes, etcétera) que se hallan en grave peligro de extinción.

En las postrimerías de 1993, la opinión pública norteamericana fue sacudida por dos revelaciones de origen oficial. A pesar de todos los compromisos contraídos con otras potencias, Estados Unidos efectuó, hasta hace sólo tres años, nada menos que 204 explosiones nucleares secretas. La pertinente derivación es aún más aterradora: en los años cuarenta y cincuenta, al parecer por iniciativa de la NASA, casi medio centenar de niños con atraso mental fueron obligados a ingerir alimentos radiactivos contaminados, y más de 700 mujeres pobres y embarazadas fueron expuestas a radiaciones de alto riesgo, sin que esas personas o sus familias tuvieran conocimiento del peligro que afrontaban. En las cárceles de Washington y Oregón, 131 presos también recibieron ese tipo de radiaciones. Todo ello con el fin, groseramente experimental, de evaluar los llamados efectos residuales. (Pata más detalles sobre ese repugnante desdén científico, ver el reciente artículo de José Manuel Calvo en EL PAÍS, de Madrid, y nota informativa en Página 12, de Buenos Aires, 29 de diciembre de 1993). Por su parte, The New York Times (28 de diciembre de 1993) dejó constancia de que, en 1950, el profesor Joseph Hamilton, biólogo de la Atomic Enerzy Commission, había advertido que "ensayos de este tipo podrían provocar fuertes críticas, pues recuerdan a BucherIwald". Pocos días después, el presidente Clinton, al expresar su disposición a indemnizar a las víctimas de aquella inmoralidad empírica, reconoció que los damnificados ascendían por lo menos a 800.

Curiosamente, esta restauración del espanto vuelve de pronto casi verosímil una sofisticada versión que circuló hace algún tiempo en los aledaños de la perversión científica y que en su momento fue tímidamente desmentida en alguna discreta nota al pie de página: que la mayor plaga del siglo XX, o sea, el sida, pudo tener su origen en una poco severa y nunca confesada experiencia de laboratorio, llevada a cabo precisamente en Estados Unidos. Si hoy el Gobierno norteamericano, al hacerse públicos ciertos inquietantes documentos secretos, se ve obligado a admitir que hombres de ciencia llevaron a cabo deletéreos experimentos, con visto bueno oficial y total desprecio por la vida de sus compatriotas (pobres, por supuesto), ¿es, después de todo, tan increíble que otros científicos, con paralelo desparpajo, hayan tratado de solucionar, a través del sida, el grave problema de la superpoblación mundial? Probablemente, la jurada respuesta oficial será siempre un no rotundo y escandalizado, pero un poder militarmente omnímodo, que no vaciló en enterrar vivos a derrotados soldados iraquíes ("la guerra siempre es un infierno", dijo desde su paraíso pentagonal el general de turno), no inspira demasiada confianza cuando jura, ya sea sobre la Biblia o sobre el Readers Digest. Así pues, en este pantanoso campo de conjeturas y desmentidas, tal vez cabría formular una tímida. interrogante: ¿por qué no se profundiza un poquito más en el origen y las causas del sida? ¿O habrá que esperar a que, dentro de 20 o 30 años, tomen estado público otros alarmantes documentos secretos?

Aún queda espacio para la formulación de una pregunta estrictamente laboral. La desocupación o el paro se extienden inexorablemente por los tres mundos, incluso por el primero. El desarrollo de la técnica, la infórmática y la robotización, así como la creación de mercados comunes, con sus correspondientes conversiones industriales, han provocado la cesantía de millones de trabajadores. Como es obvio, hay múltiples (y atendibles) argumentos para defender los renovados adelantos técnicos, así como el establecimiento de mercados comunitarios, que en ocasiones ayudan a compensar los desequilibrios de las balanzas comerciales. Pero un hecho es innegable: los desocupados se han vuelto legión, y la carencia de trabajo (por más seguros de paro que, en algunos países, intenten remediarla) es un elemento distorsionante de la vida social; una reja inexpugnable qué impide acceder al futuro; una amputación de la esperanza.

Nuestro cajón está lleno de preguntas. De preguntas de cajón, claro. Y una de ellas, acaso la que exige respuesta más urgente, es ésta: ¿qué solución le encuentran al problema del paro creciente, a la desocupación masiva, los decididores de la economía y la política mundiales? ¿Cómo embretar a ese fantasma que se va extendiendo en los cinco continentes? El trabajo es un hábito. (un buen hábito, después de todo) y el hombre o la mujer que lo pierden se enfrentan a un vacío, y además, a una penuria económica. Hace muchos años, nos ilusionaron pronosticando que la informá-

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tica y la robotización (que entonces eran sólo formas de la utopía) reducirían las horas de trabajo; en consecuencia, el obrero o el empleado tendrían más tiempo libre para el ocio creador, para el disfrute de la cultura, para la reflexión, para el deporte. Pero hasta ahora, y en lo que va de siglo, la robotización, que está todavía en sus albores, no ha servido. para reducir horarios, sino jornales. O sea, que de ocio creador o disfrute de la cultura, nada. Sólo angustia, preocupación y tedio. De no sobrevenir un verdadero terremoto en las estructuras económicas y los silogismos sociales, de no comparecer algún iluminado (aunque sea a neón) con bastante coraje como para decir ¡no va más!, con suficiente poder de convicción como para no ser asesinado, esta azorada humanidad, aunque todavía no tenga conciencia de ello, se encamina inexorablemente hacia el suicidio. Ya no como suerte individual, sino como destino colectivo, somos cada vez más mortales y menos inmortales.

Dice Jean Baudríllard en su último libro (La ilusión del fin): "Anteponemos a la huida hacia adelante el apocalipsis retrospectivo, y el revisionismo a todos los niveles: todas nuestras sociedades se han vuelto revisionistas, lo replantean todo limando asperezas, blanquean sus crímenes políticos, sus escándalos; lamen sus heridas, alimentan su final. La celebración y la conmemoración en sí mismas no son más que la forma suave del canibalismo necrófago, la forma homeopática del asesinato con guante de seda. Ésa es la tarea de los herederos, cuyo resentimiento hacia el muerto no tiene fin".

Precisamente, ese revisionismo a ultranza, esa búsqueda atolondrada de lo flamante, ese fundamentalismo del arrepentimiento, esa inhumación (sin honras) de todo el pasado, sólo sirve para instalar un presente frívolo, de una fragilidad aterradora, sin sustancia y, lo que es mucho más grave, sin futuro. Hay quienes elevan la basura (ideológica, artística, científica) a la categoría de vanguardia. Pero la basura fue, siempre retaguardia, antología de. escombros, pobre vestigio. Por lúcidas o acuciantes que sean las preguntas recién nacidas, las nuevas respuestas no vendrán de la basura. De la cochambre sólo sale pestilencia, hipocresía, mezquindad. Y una última pregunta, la del estribo: ¿cómo no va a heder ese presente/basura si allí aguardan, para ser reciclados, los crímenes políticos, las corrupciones descomunales, la podredumbre de la tortura? Después de todo, quizá no haya otra solución que elaborar las nuevas respuestas con barro humano. Que no es basura.

Mario Benedetti es escritor uruguayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 17 de enero de 1994.

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