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Rifles de madera y palos con pinchos

La máquina militar mexicana retomó los municipios conquistados por los campesinos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), Altamirano, Oxchue, Ocosingo y Las Margaritas. Con rumbo a la selva Lacandona y con numerosas bajas, según testimonios de los lugareños, los rebeldes fueron obligados a replegarse, en medio de muestras de repudio de la población de Ocosingo y Altamirano, en donde muchos ciudadanos denunciaron saqueos y destrozos. En las calles había rebeldes muertos, uno con el tiro de gracia y otro, bocabajo, con las manos juntas, atadas a la espalda.Durante el recorrido por Ocosingo, Altamirano y Oxchuc se pudo comprobar que no fueron pocos los guerrilleros que, frente a los bien armados elementos del Ejército, defendieron sus posiciones con rifles de madera, palos y garrotes con un clavo en la punta. En Ocosingo, un indio pertrechado con un rifle de madera pintada fue encontrado agonizando en una barricada de ladrillos.

La seguridad mostrada por los guerrilleros en los días pasados contrastó con el terror que revelaban los rostros de once hombres aprehendidos por la población de Oxchuc. Los rebeldes fueron severamente golpeados, maniatados y exhibidos en el centro del pueblo.

De Altamirano, el principal bastión del Ejército Zapatista, los rebeldes huyeron después de que aviones y helicópteros del Ejército mexicano sobrevolaran la población y abrieran fuego, según declararon algunos habitantes del lugar. Las posiciones en torno a Ocosingo eran defendidas por los zapatistas, muchos de ellos armados con rifles de madera pintados como rifles. Tras la ocupación del Ejército mexicano, las calles habían regresado ayer a la normalidad.

Algunas versiones señalan que el hospital local, que había sido tomado para atender a los heridos rebeldes, fue desalojado rápidamente: los zapatistas insurgentes se llevaron tanto a los heridos como a los muertos.

En el mercado de Altamirano, cinco zapatistas yacían con las manos a la espalda y varios con un tiro de gracia en la cabeza.

Copyright La Jornada

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de enero de 1994