Una misa, un mitin, un desmán
Pasionaria es la Virgen María; su hijo Rubén es Cristo; lo digo ya para soltar de una vez el eje de la obra y descargarme del tormento de este equívoco que lamento. No está solo: hay una misa negra -con su macho cabrío, su mujercita desnuda-, una misa laboral -dice el autor-, con maquinarias y chispas de torno; una misa vasca: aizkolaris, dantzaris, txalapartaris; esposados, fusilados por personajes de atuendo equívoco.El sentido de la revolución permanente que va de Jesús revolucionario hasta, en el ánimo de los autores y sin duda de muchas personas, la rebeldía vasca. Todo se funde en el discurso final de Pasionaria; es el de una revolución general y constante: las plusvalías inmensas del capital mientras los niños mueren de hambre y la esperanza de que el comunismo haya perdido una batalla en la Unión Soviética, pero mantiene su vigencia y ha de venir.
Pasionaria, ¡no pasarán!
Pasionaria, ¡no pasarán!, de Ignacio Amestoy Eguiguren y Salvador Távora Triano. Intérpretes: Ana Lucía Billate, Pedro Luke, Izaskun Asua, Maiken Beitia, Javier Sáez de la Fuente, Patxi Fernández, Xabler Urresti, Patm Laborda, Asier Elósegi, José Vicente Ramos, Juan José Macho. Escenografia y dirección de Salvador Távora, para el Teatro Gasteiz. Teatro Albéniz, 9 de diciembre.
Confusión
Otros obtendrán otras conclusiones, porque reina en la obra una gran confusión, una espantosa confusión de dos mentes apasionadas y emotivas, Ignacio Amestoy y Salvador Távora, cada uno con su imaginería propia: Távora, con la marinera, Amestoy, con los rebeldes vascos: tienen derecho, y la libertad de expresión les concede, también, el de mezclarlos con Pasionaria, como la Internacional con el Hator, hator y con el Aleluya de Hándel en una espléndida y atronadora banda sonora que, con humos, olores, luces y una lujosa imaginería, vestida y desnuda, tienden al embrujo.No cundió: hubo espectadores que se fueron, y más que esperaron el final para expresar su desacuerdo; hasta gritos feministas por lo que parecía un acto de machismo: el orín del Salvador Ruben-Macho Cabrío sobre el torso desnudo de una mujer, aunque sólo es un acto conocido de las misas negras, aunque no entiendo -tampoco- qué hace ahí: quizá demostrar audacia. En el patio de butacas, un público también confuso: con rostros trabajados de viejos militantes.
Algunos, satisfechos porque, dentro de toda la refinada barbarie, pueden encontrar un homenaje a Pasionaria (merece más, merece otros) y por la Internacional explotada mientras en escena se abrazaban los dos cálidos personajes, Távora y Amestoy, culpables del desmán. (Los actores son inocentes. Ana Lucía Billate destaca en el mitin de Pasionaria).


























































