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Editorial:

Alemania y Europa

LA REUNIFICACIÓN de Alemania no cesa de revelar sorpresas, producir movimientos de larga duración, y, en definitiva, cambiar las coordenadas de las cosas más allá incluso de los tremendos problemas económicos que plantea, y de la nueva dimensión de primera potencia europea que confiere al nuevo y antiguo Estado germánico, cuya capital vuelve a ser Berlín.La desaparición de la RDA y su inclusión en esta nueva Gran Alemania ha provocado un realineamiento de los partidos políticos, que no es sino consecuencia de nuevos temores, o quizá antiguos, pero exacerbados ahora por lo que en el Oeste del país se considera, variadamente, una invasión, una carga, un engorro formado por los millones de alemanes del Este a los que hay que subsidiar, se dice, a los que hay que poner a trabajar, se asegura, con los que no se puede hacer carrera, se garantiza. Al mismo tiempo, la extensión del mapa electoral alemán a la antigua RDA presenta notables problemas que hacen que los grandes partidos se planteen su futuro político con nuevas preocupaciones.

Ésta es la génesis del enfrentamiento entre el partido gobernante, la CDU, que dirige el canciller Helmut Kohl, y su socio histórico, la CSU bávara, cuyo jefe es Edmund Stoiber. Sobre el papel, la disputa se centra en el grado de fe que cada uno de los dos líderes muestra sobre la viabilidad y ritmo de la Unión Europea. Kohl, comprometido con Francia y consigo mismo a proseguir un buen ritmo de creación continental, sostiene aún lo que otros momentos, otras esperanzas, le permitían afirmar con mayor convencimiento; Stoiber advierte, amonesta, pone en guardia, que lo primero es Alemania, y que sólo una vez resueltos los problemas de casa cabe hablar de ulteriores empresas europeas. Kohl le hace frente, pero también pide comprensión para sus exabruptos. En otras palabras, la CDU comprende que haya una gran agitación popular por el tema de la inmigración, interna, la de los ossies o antiguos ciudadanos de la Alemania Oriental, o externa, la del Tercer Mundo o de la Europa del Este, antaño comunista. La CDU se derechiza, dícese, en resumen, que para cortar el paso a los partidos de extrema derecha.

Y si la CDU se derechiza más o menos cuidadosamente, la CSU bávara expresa a través de Stoiber lo que es la preocupación de una buena parte de las capas medias y menos privilegiadas del país. Desde el punto de vista electoral, la CSU teme que la cláusula del 5% de votos nacionales necesarios para obtener representación en la Cámara se convierta, con la inclusión de la antigua RDA, en una barrera difícil de salvar. No significa ello que la CSU se transforme en expresión de una derecha profunda simplemente porque tema que mayores generosidades sean una rémora para sus aspiraciones electorales, sino, mucho peor, que su actitud ante Europa y su refugio en la idea de una fortaleza alemana responden al sentimiento de una parte del país que teme al futuro, que masculla ante los rostros de diverso color, que se encierra en sí misma cuando el otro se le aparece como figura ominosa.

¿Qué es mejor?, le cabrá preguntarse a más de un político alemán en esa tesitura, ¿tratar de ocupar el terreno del adversario, para negarle esa representatividad, o combatirle con otras armas, las de la razón, la generosidad, quizá hasta la utopía? Desde el punto de vista electoral, la respuesta es obvia. Desde otros ángulos, sólo cabe interrogarse sobre si el envilecimiento que supone adoptar las razones del rival no querrá decir en realidad que ellas ya habitan cómodamente entre nosotros.

El problema de los alemanes no es sólo la Unión Europea, sino el de ellos mismos, y con ellos, el de todos nosotros, en una Europa por largo tiempo acomodada a una segura prosperidad. El problema de Alemania es sólo una agudización de lo que ya nos visita a todos los demás. El problema de cuánto estamos dispuestos a pagar para seguir siendo como creíamos que éramos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de noviembre de 1993