Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Evitar otra guerra

EL FANTASMA más terrible, el de la reanudación de la guerra civil, vuelve a planear estos días sobre una Nicaragua que en los setenta vivió una revolución insurgente contra la dictadura de Somoza, y en los ochenta, un enfrentamiento fratricida entre contras y sandinistas. La nueva era de reconciliación y reconstrucción abierta por la victoria de Violeta Chamorro en las elecciones del 25 de febrero de 199ó ha quedado en entredicho en este verano caliente. Ya a finales de julio se registró una virulenta batalla callejera en Estelí, donde el Ejército reprimió a sangre y fuego la revuelta de un, heterogéneo grupo de ex combatientes.Los dos secuestros masivos que se dilucidan ahora, uno de ellos obra de recontras y el otro de un comando sandinista, parecen una inmersión en el túnel del tiempo, un retroceso hacia las épocas más negras de una contienda civil que parecía enterrada por las urnas. "La Unión Nacional Opositora, el Frente Sandinista y el Gobierno estamos unidos", ha dicho Violeta Chamorro en un mensaje a la nación. "No habrá más guerras". Ojalá sea así. Aunque esta crisis se resuelva sin sangre, nada garantiza que, de no hallarse una solución al conflicto de fondo, no se produzcan otros estallidos.

Uno de los grupos exige la dimisión del jefe del Ejército, Humberto Ortega -que ya lo era en la época revolucionaria, con su hermano Daniel en la jefatura del Estado-, y del ministro de la Presidencia, Antonio Lacayo. Este último es considerado por la oposición concentrada en la UNO, comenzando por el vicepresidente, Virgilio Godoy, y por el ex presidente del Parlamento Alfredo César (ambos, actualmente en manos de un comando sandinista que exige la liberación de los otros rehenes), como el traidor que, tras las elecciones, marginó a los ganadores y pactó con los sandinistas. Elemento básico del compromiso fue que el general Ortega conservara su puesto al frente del Ejército.

En los tres últimos años, este régimen híbrido, que no hizo tabla rasa del pasado, pero que emprendió un ambicioso programa de liberalización económica, ha logrado que las Fuerzas Armadas reduzcan drásticamente sus efectivos, que decenas de miles de fusiles sean destruidos, que la mayoría de los nicaragüenses se reencuentren en el objetivo común de la reconstrucción... y que fermente la frustración y el desencanto entre ex combatientes de uno y otro bando, porque no recibieron ni tierra ni trabajo. También entre líderes políticos, porque el cambio era excesivo o raquítico. Y, finalmente, entre políticos marginados, como Godoy y César, porque un acuerdo bajo la mesa les escamoteó su porción de la tarta del poder.

La presente crisis refleja que el conflicto social, político e ideológico que enfrentó a contras y sandinistas en los ochenta no está superado. Para evitar un nuevo estallido hace falta un gran esfuerzo que permita llegar a un nuevo pacto, lo que exige pragmatismo, flexibilidad y, tal vez, el sacrificio personal de algunos de los líderes que hoy están en la picota. Cualquier cosa antes que una nueva guerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de agosto de 1993