Entrevista:

"Toda mi obra es un rechazo al culto del héroe"

Ahora, 25 años después de El graduado, Hoffman interpreta de nuevo a un protagonista muy poco heroico en una película titulada paradójicamente Héroe. Es Bernie LaPlante, un pequeño delincuente que a regañadientes salva a los supervivientes de un avión siniestrado. La película trata algo bastante importante en nuestra edad electrónica: ¿qué sucede cuando la imagen, manipulada por los medios de comunicación, de un hombre valiente y atractivo contrasta con el hecho de que se trata de un ladrón cuyo coraje personal encubre a un personaje vulgar?

Hoffman capitaliza de nuevo una imagen que no se ajusta a una leyenda de la pantalla. Dustin dista mucho de ser atractivo en el personaje de LaPlante, y le da un aire que recuerda al Ratso de Cowboy de medianoche. Pero su dilatada carrera le permite hoy tener la suficiente experiencia para no necesitar tener aspecto de estrella y realmente serlo.

Dustin Hoffman ganó premios de la Academia de Hollywood por su interpretación del padre solitario de Kramer contra Kramer y del inteligente autista de El hombre de la lluvia, y sorprendió al público con su interpretación del infeliz Willy Loman, que le valió un premio Tony, en Muerte de un viajante.

En Héroe, dirigido por Stephen Frears, el actor explora la franja que separa la fantasía romántica del heroísmo cotidiano y la a veces poco amable realidad.

Jeanne Wolf. ¿Le gustó Bernie LaPlante cuando leyó el guión de Héroe?

Dustin Hoffman. En realidad, no. Fue la historia la que me atrajo. Crecí en una época de héroes ficticios como John Wayne y de héroes reales como los combatientes de la II Guerra Mundial. Luego me fascinó la forma en que la televisión convirtió en héroe al presidente Kennedy. En la imagen eran todos más grandes que en la vida real. Me gustó la idea de que, en la película, Andy García, que tiene la pinta de un perfecto héroe público, sea un fraude.

J. W. Mucha gente podría sentirse molesta con la película, al dar condición heroica a una persona que no tiene pinta ni vida heroicas.

D. H. Me gusta que no todo sea blanco o negro. Por eso siempre me han atraído los personajes antiheroicos. Creo en los personajes tridimensionales. Ese es el motivo de que los actores digan que los papeles de malos son los más atractivos, porque la verdad es que los malos son más complejos y parecen más humanos que los buenos. Estos, al menos si son del todo buenos, son gente irreal.

J. W. ¿Fue agradable interpretar a Bernie LaPlante?

D. H. Lo encontré fascinante, pero no estaba seguro de que fuera para mí. Tuve que esforzarme para ver el personaje. De hecho, durante las primeras semanas de rodaje pensé que no lo había captado del todo. Si uno es actor, ése no es un sentimiento agradable. En Kramer contra Kramer o Maraton man, creo que estaba más próximo a interpretarme a mí mismo. Sabía que tenía que encontrar algo distinto para Berni, pero al principio me resultaba demasiado torvo y deprimido.

J. W. ¿Qué le dio finalmente la clave para Bernie?

D. H. Adopté una postura que creí acertada para él, y procede de un chiste que me vino de pronto a la memoria. Es un chiste sucio sobre Donald Trump. No sé si debo contarlo.

J. W. Quizá podría darnos una versión revisada.

D. H. Parece ser que Donald Trump se encontraba en la cumbre de su poder y prestigio y entró en un ascensor junto con una joven hermosísima. Ella empieza a decir emocionada: "Cielos, eres DonaldTrump. Eres mi ídolo. Te encuentro tan sexy y excitante". Naturalmente, Trump se siente complacidísimo. Entonces ella prosigue: "No puedo creer que esté a tu lado. Seguramente no vuelvo a tener una ocasión como ésta. ¿Podría hacerte una fellatio?". Entonces Trump se la queda mirando y dice: "¿Y eso qué tiene que ver conmigo?". Ése es Bernie LaPlante, siempre ve las cosas en relación a sí mismo, y a veces uno no puede dejar de sonreír por la forma en que lo hace. No es exactamente que se le ame, pero tampoco se le odia.

J. W. ¿Qué hay en usted que le permite interpretar tan bien tipos desagradables?

D. H. Alguien me dijo en una ocasión: "Usted interpreta muy bien a los ladrones. ¿Fue ladrón alguna vez?". La respuesta, desde luego, es que no, pero sé lo que es robar. Me encanta llevarme el jabón de un hotel. Me llevé un albornoz del hotel sin pagarlo en una ocasión. Una vez le eché el ojo a la radio de mi habitación, pero no la cogí, aunque la idea estaba allí. Simplemente adopto ese pensamiento y lo incorporo a mi actuación. Creo que muchos de nosotros somos lo que no queremos demostrar que somos. Quizá cuando interpreto un papel muestro cosas de mí mismo que no quiero admitir.

J. W. Se le ha alabado y criticado por perfeccionista.

D. H. Es irónico. Parece que vivimos en una cultura que considera un crimen el llamado perfeccionismo. ¿Por qué tiene que haber algo malo en que alguien se preocupe por lo que hace?

J. W. ¿Conserva esa pasión profesional en la vida privada?

D. H. Bueno, ha puesto el dedo en la llaga. Tengo seis hijos y no me preocupa lo que hagan. Lo que espero es que se apasionen con lo que hagan, que tengan una vida apasionada, que amen lo que hagan. Me siento afortunado por haber encontrado el trabajo de mi vida cuando solamente tenía 18 años. Entonces amaba la actuación, y ese amor no ha disminuido desde que comencé a trabajar. Me da pena la gente que se siente atrapada en nuestro mundo tecnológico. Para mí eso es una perspectiva terrible: tener que trabajar en algo simplemente por ganarse la vida.

J. W. ¿Pero no paga un precio por su pasión?

D. H. Sí. En el cine se trabaja a contrarreloj, luchando contra el tiempo. Es como pintar un cuadro en la vía del tren, a sabiendas de que el tren se acerca. Se oye el tren que se va aproximando y se pinta cada vez más rápido. Entonces, aunque no se esté satisfecho con el cuadro, se coge y se sale de la vía justo antes de que pase el tren. Eso es lo que ocurre al hacer una película. Yo juego dentro de esas reglas y no retraso la filmación. Pero a veces fantaseo sobre cómo trabajaría si fuese un pintor o un escultor. Cuando se encuentran en un momento de baja creatividad, se paran y toman una taza de café o salen a dar un paseo. Quizá vuelven al día siguiente y empiezan todo de nuevo. Una vez le pregunté a un escultor amigo mío que cómo sabía que había terminado una obra. "Está acabada cuando me aburre", me dijo. En HolIywood no se trabaja así.

J. W. Dada su entrega a su carrera, ¿no tiene que hacer concesiones en su vida privada, pasar menos tiempo con su familia de lo que le gustaría?

D. H. Mi esposa y yo hicimos un trato cuando nos casamos. Acordamos que no dejaríamos que mi trabajo nos separara. Así, a pesar de todas las películas que hice en los 12 años de matrimonio, nunca estuvimos separados como familia más de dos semanas. Tenemos la suerte de ser gitanos ricos. Podemos viajar todos juntos adonde esté trabajando. Desde que nacieron he tenido a mis hijos conmigo en el lugar de rodaje. Dos de ellos me vieron vestido de mujer cuando hice Tootsie.

J. W. Este es su segundo matrimonio. ¿Qué aprendió del primero?

D. H. Creo que el error del primero fue un compromiso de una relación al 50%. No creo que el matrimonio sea al 50%. Sube y baja. Mire, no niego que, si uno está comprometido con su trabajo, no haya que ceder algo ocasionalmente, pero cuando estoy con mi mujer y mis hijos intento estar con ellos plenamente, con exclusión de todo lo demás.

J. W. A medida que va haciendo películas, creando personajes memorables, ¿con qué frecuencia tiene la sensación de que se está repitiendo en un papel?

D. H. Sir Lawrence Olivier me dijo en una ocasión, y hablaba de sí mismo: "Dustin, en mí hay cuatro o cinco personajes". No sé puede seguir sorprendiendo indefinidamente al público. He hecho películas durante 25 años. No sé si sigo teniendo el mismo interés que hace unos años. Intento mantener el interés y eso me ayuda a mantenerme interesado. Uno acaba repitiéndose fatalmente.

J. W. ¿Es eso malo?

D. H. Lo es para un actor que está pendiente de algunos críticos. Piense en los compositores, pintores y escritores. Si toma una obra de Hemingway, ¿no le es familiar? ¿Ha de sorprenderse uno porque está escrita por él y a su manera? Si se mira un cuadro de Picasso inmediatamente se reconoce. ¿Por qué es malo, entonces, que los actores tengan un sello, un estilo individual que haga reconocible su forma de actuar?

® Traducción de Leopoldo Rodríguez Regueira. © New York Times.

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