Lujo en La Vaguada

La inclusión del ballet dentro del ciclo de Ibermúsica es un hallazgo anunciado, o al menos esperado, por parte del público balletómano, y es además una oportunidad de acercar Madrid al circuito, hasta hoy lejano, de las grandes ofertas de danza. El problema que siempre surge entonces es el de la carencia de espacios. El nuevo teatro del barrio del Pilar parece que puede albergar, aunque sin holguras, a compañías de estructura media. ¡Qué sueño dorado, hoy por hoy imposible, de que este nuevo espacio o similar fuera de verdad el teatro para la danza que Madrid necesita tanto! Los Ballets de Montecarlo han cumplido su papel dentro de un ciclo musical de altura con un primer programa equilibrado, elegante y con una calidad de baile que, sin ser brillante, es eficaz.Abrieron con una difícil pieza de Balanchine, Violín concerto que es geometría pura, más de líneas que de planos, más de segmentos definidos que de prolongaciones infinitas. Corresponde a una etapa de ruptura del gran coreógrafo georgiano donde la sutil referencia musical al folclor en el cuarto movimiento encuentra eco en una secuencia eslava sencillamente genial. Nicolas Mousin, a pesar de sus errores juveniles, desplegó su brillante presencia. En general, los chicos están mejor que las muchachas en esta compañía, al menos en el terreno protagonista.
Les Ballets de Monte-Carlo
Violín, concerto: Balanchine, Stravinski; Chaikovski pas de deux: Balanchine, Chaikovski; Adagio: MahnIer Neumeier; Tema y variaciones: Balanchine ,Chaikoski. Orquesta Filarmonía de Cracovia. Director: David Garforth. Teatro de Madrid, 11 de noviembre.
En el archifamoso Chaikovski pas de deux, Paola Cantalupo, de azul bebé, hizo ciertos aportes de cosecha propia que no son admisibles en una coreografía tan conocida y respetada. Jean-Charles Gil, siempre caballero,. musical y correcto, posee un elegante don de escena y atiende a la bailarina con mimo. El conoce el estilo, y lo hace a la europea, pero sin desdibujar.
Amor incomprendido
La pieza de Neumeier es un duro y depresivo, aunque hermoso, cuadro del maestro de danza y su torturado universo de amor incomprendido. El mentor solo ante los elementos y el juicio sumario de sus discípulos, a merced de un viento solano que se acompaña de un ambiente solar en declive. El ballet es triste, pero maduro, de ideas en lo técnico y en la esencia. Frederic Olivieri dio muestras aquí de que su talento y su fama histriónica están más que justificadas. Acompañado de Mousin, que es su álter ego o su deseo, o incluso su ángel de la guarda, baila bellísimos momentos de soledad y de búsqueda en el salón vacío que es también el espacio abierto, sin horizonte claro y con la asistencia del miedo.Cerró el programa Tema y variaciones. Otra vez Olivieri salvó la pieza, que es piedra de tropiezo y escollo prácticamente insalvable. Joelle Boulogne no puede hacer este ballet, no es su registronatural, y falla su energía y su control en esos engañosos cambios de tempo que tanto abundan en la pieza. La producción de Montecarlo es muy buena, con unos decorados soñados como por el propio coreógrafo, bellos y sobrios trajes y además la discreta presencia del conjunto en unas combinaciones difíciles.


























































