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Reportaje:

Un domingo entre escoceses

Dragones, tambores, cometas y saltimbanquis, en el ecuador del festival de Edimburgo

ENVIADO ESPECIALSi alguien desea un curso acelerado sobre los escoceses, una de las razas sobre las que circulan más leyendas -dicen que crean la música más melancólica y el licor de más amplio espectro-, entonces puede acercarse el tercer domingo de agosto a Holyrood Park, en Edimburgo.

Allí se reúnen varias docenas de miles, y se libran al muy pacífico ejercicio de la música, el teatro más primitivo, el de la plaza, y hasta la gimnasia de saltimbanquis, de magos y bailarines. Es también una oportunidad para conocer cierto tipo de color verde, que sólo se da en los prados de estas tierras y que adquiere tonos nunca vistos a medida que les va pasando la tarde por encima. Este domingo se llama The Fringe Sunday y marca el ecuador del festival de Edimburgo.

El domingo pasado, alguien ondeaba en la puerta una bandera negra, y dos hombres vestidos de reglamento con uniformes de mujer policía indicaban con cortesía los caminos más prudentes entre la muchedumbre.

Ya se escuchaban las gaitas y, pese a la brisa que a todos daba un aire vikingo, con el cabello al viento, se olía vagamente a patata frita.

Pronto se impuso el sonido negro de numerosos tam-tam, bongós de músicos solitarios, cencerros de una escuela londinense de samba -había que ver a rubios con turbante y pelirrojas con vistosos vestidos de mulata de carnaval, baterías de varios conjuntos (le algo que llaman rock duro, aunque el nombre no los define lo suficiente, y los tambores andinos de un grupo peruano que, ya tarde, logró reunir a bastantes, quizá porque la quena suena ca.si tanto a montaña triste como la gaita.

Este domingo se distingue de otros en que se desarrolla al pie de una colina muy pendiente, de color cambiante entre el ocre invierno y un verde tragedia, por la que trepan los más valientes Mediada la tarde, sólo unos cuantos, y la. muchedumbre siente sus miradas quietas.

Es inevitable también observar, por encima de los centinelas, la juerga de las nubes. Fue una tarde alegre y melancólica, por ese orden, dispersada ya sobre las seis por pequeñas duchas que parecían los avisos de un teatro. El telón se alzó sin casi advertirlo para permitir al barítono Claudio Desderi dirigir Il maestro di capella, de Cimarrosa (1749-1801), una obra revolucionarla sin saberlo, que consigue su gracia con los errores de una orquesta dirigida por un cantante.

Y para permitir, sobre todo, que Elisabeth Söderström viviera uno de los grandes momentos del festival de Edimburgo, al mantener, en La voice humaine, texto de Jean Cocteau, con música de Poulenc, la última conversacíón telefónica con el amante que la abandona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de agosto de 1992