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Tribuna:

Un "gruyère", una tarta barata

Las obras de la plaza de Oriente -emprendidas el lunes y reanudadas ayer- han nacido para la polémica. Eduardo Mangada se expresa en este artículo contra el proyecto, desde su experiencia de ex responsable del urbanismo madrileño.

En la pared, frente a mi mesa, he pinchado hace días la imagen propuesta por Miguel Oriol, amigo y compañero de profesión, para la remodelación de la plaza de Oriente. La repulsión intelectual y estética que me produce tal imagen, mezcla de tarta de barata pastelería y queso de Gruyère, se repite cada vez que alzo los ojos, incluso en una benevolente actitud de corregir el primer y rotundo rechazo.La prensa y la radio transmiten retazos de declaraciones que anuncian maniobras dilatorias para no decir si o no a tal iniciativa apoyada con estusiasmo por el equipo de gobierno municipal.

Un programa de calas arqueológicas parece ser el escudo y la excusa para no pronunciarse sobre algo que se filtra subliminalmente como inevitable. Conozco el mezquino poder del trámite y la póliza para entorpecer un proyecto o, más triste aún, para esconder, bajo un expedíente pulcramente encarpetado, la renuncia a la responsabilidad de saber elegir. No, no son los presumibles valores de viejas piedras escondidas bajo la actual plaza de Oriente los que pueden fundamentar un rechazo o justificar una componenda ante una intervención como la que se nos propone. Es una cultura urbana que entiende que una plaza es, en esencia, un plano, una explanada (un campo veneciano o square londinense) inserta en la trama viaria, soporte y escenario de la vida ciudadana (a veces gozosa, otras siniestra), soporte espacial de un conjunto edificado y espacio tensionado en una relación de hitos arquitectónicos. Pero nunca un agujero cruzado por pasillos y amueblado con míseros jarrones, sean éstos de laurel o madroño. Es, en definitiva, una elemental sensibilidad estética de costosas calas en busca de un viejo muro.

Ayer pude ver, ya instaladas y rotuladas, las vallas que acotan las zonas de prospección y tuve la sensación de que eran el anuncio del futuro agujero, al que venía a facilitarse parte del tajo.

Y, cómo no, al superficial discurso de cosmética urbana que declama innecesariamente el ennoblecimiento del Palacio Real, doblemente ya noble por su fábrica y su función, se une la argumentación mecanicista de un tráfico más fluido y un gran aparcamiento trufado de un centro comercial. ¡Más túneles, más trincheras! ¡Esto es la guerra!

Zafiedad estética

Con este doble argumento se suman zafiedad estética y equivocación funcional. No es proliferando indiscriminadamente más canales circulatorios (al sol o a la sombra) ni excitando la facilidad de aparcamiento como se resuelven los problemas de tráfico. Próximos a la plaza de Oriente existen dos buenos ejemplos de ingeniería viaria: el paso a distinto nivel de la cuesta de San Vicente y el viaducto. Ambos coherentes con los flujos centro-periferia y sensibles a los condicionantes morfológicos, cuales son las vaguadas que modulan la cornisa de los Austrias. Pero esta lógica se acaba aquí, y el túnel propuesto supone una perturbación del sistema viario, bastante bien articulado y, por tanto, una operación equivocada. A menos que lo secundario, el centro comercial, sea el motor y fin de la operación proyectada.

Si queremos confluir con Europa, miremos lo mejor que Europa puede enseñarnos y aprendamos de los errores cometidos. El Palacio Real en Bruselas, Copenhague o Viena no pierde su nobleza cuando es visto. desde el autobús o el tranvía que transita-frente a sus paredes. Al contrario, es el palacio el que dignifica este trasiego de personas, ofreciendo un referente noble en el entendimiento de la ciudad. La pirámide del Louvre viene a enaltecer espacial y funcionalmente el cuadrilátero del hoy museo y ayer palacio. No así el marasmo del Trou de les Halles o la lumperizada Sergels Torg, en Estocolmo.

Si queremos ennoblecer Madrid, creemos nuevos espacios' afirmando la línea de actuación iniciada en Atocha, pero no repitamos errores como la plaza de Chamberí o de Felipe II. No malgastemos el dinero en romper lo que ya es digno. Limpiar, fijar y dar esplendor a la plaza de Oriente, tal como manda la Academia, debe ser guía, en primer lugar, para los académicos. ¡Y el teatro de la ópera sin acabar!

La ciudad como materia de debate es objeto apasionante y escuela de democracia. El silencio de los corderos se transforma en llanto ante la irresponsabilidad ciudadana.

Eduardo Mangada es arquitecto y urbanista, miembro del PSOE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de junio de 1992

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